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“Cuba y su capital, La Habana” “Así era Cuba” (Video)

“La Habana… la elegante y jovial, la alegre y bullanguera, la cosmopolita y progresiva, sede del optimismo criollo, encanto del turista que puede y sabe serlo, embeleso y remanso dulce que huye del terror y de la miseria de otras patrias y otros lares, la que es siempre noble y siempre hidalga, hospitalaria siempre y servicial, como todo lo grande e importante de la historia cuenta con un ayer que ya es ido y que integra su Edad Antigua; con tiempos en que la vida se desliza entre romances y madrigales, galanes de media noche y de hadas con sus cuentos con los que se escriben las páginas de su Edad Media y con un presente de Edad Moderna en que el progreso y el adelanto la absorben tanto que es público y notorio testimonio del internacional consensus que es ella, la Meca del buen vivir, de la buena mesa y del adelanto.

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“En tres Estampas recorreré toda la gama habanera, adentrándome hoy en la

“EDAD ANTIGUA DE LA HABANA”

“Al pretender los historiadores escudriñar el origen y nacimiento de esta ciudad, se encuentran con la dificultad que presentan las contingencias de aquellos tiempos idos, que acabaron con archivos y documentos. Con todo han podido descubrir que La Habana se asentó primero en la desembocadura del Río Mayabeque, lugar que fue abandonado muy pronto para trasladarse a orillas del Río Casiguas, conocido hoy por «Chorrera de Almendares». Dada la presencia de enfermedades y otros inconvenientes sus moradores se fueron corriendo hacia el lugar que después se conoció con el nombre de Pueblo Viejo y que, según parece comprende el área que ocupan hoy la Catedral y sus contornos.

“Marcaba el calendario el año 1519 y era a la sazón Teniente Gobernador de la Isla don Diego Velázquez. El día 16 de noviembre, por indulto de la Silla Apostólica se celebró solemnemente la festividad de San Cristóbal, para evitar entorpecimientos en las fiestas de Santiago, Patrón de España y de la Isla. Fue entonces cuando para llevar a cabo la celebración de la Primera Misa y del Primer Cabildo se seleccionó una gran Ceiba debajo de la cual y como sirviendo de bóveda majestuosa se iniciaron las actividades eclesiásticas y civiles de la nueva agrupación humana. Corriendo el tiempo, en el año 1753 la Ceiba se esterilizó y siendo Gobernador Capitán General don Francisco Cagigal ordenó en 1755 que fuese cortada levantándose en el lugar una pirámide conmemorativa al mismo tiempo que se reemplazaba con otra ceiba que al morir más tarde fue sustituida por la que actualmente existe y que fue sembrada en 1828. Para perpetuar los hechos el General don Dionisio Vives el día 18 de mayo del mismo año 1828 inauguró él actual monumento conocido con el nombre de El Templete que, con sus severas líneas de estilo dórico, típico de los templos griegos, parece descubrir que en la mente de su autor se proyectaba la sombra del «Templo de Athenas en Egina». Adornan el interior de El Templete tres cuadros alegóricos. El central mide 6.69 metros de largo por 4.20 metros de alto y los dos laterales miden, cada uno, 3.43 metros de ancho por 4.20 metros de alto, habiendo ascendido el costo de los mismos, según las crónicas, a un total de 29,693 pesos con un real y medio. Avalora dichos cuadros la firma de su autor que es el pintor Juan Bautista Vermay, discípulo que fue del inmortal Goya y también contaba Medalla de Oro de París, entre sus trofeos.

“La bahía de La Habana fue desde luego con vertida en un puerto muy frecuentado y se conocía con el nombre de Puerto Carenas toda vez que por haber carenado en él con sus naves, en 1508, don Nicolás de Ovando, Gobernador de Haití, se le bautizó así. En su entrada de roca viva lucía el puerto un fanal o faro famoso por su nombre de El Morro, todo lo cual daba al puerto de La Habana que por su situación ventajosa y su significación recibiera, como dice José María de la Torre, «los dictados de llave del Nuevo Mundo y anteumbral de las Antillas».

“La Ciudad de La Habana, además se asentó sobre un terreno tan fértil que bien podía llamarse un paraíso, ya que en él abundaban las tunas y los hicacos, las uvas caletas y toda clase de árboles frutales típicos del trópico además de las enormes ceibas, las jaguas, anones, mamones, cedros y caobas por no citar más. Y entre su fauna, cuenta un viajero de la época, que «abundaban tanto los cangrejos que hacían un ruido como de tropa, cuando iban a la población de noche, en busca de los desperdicios».

“Esta es, a grandes rasgos, la sucinta historia del nacimiento de la que es hoy Sultana del Caribe y que internacionalmente se saluda como La Habana, Capital de la República de Cuba.

“EDAD MEDIA DE LA HABANA”

“Corría el año 1762 y la ciudad de La Habana era presa de intensa conmoción ante el ataque de los ingleses que se preparaban para el asalto… A partir de esta fecha se puede afirmar que el progreso de Cuba marcha firme y rápido, manifestándose principalmente en su capital ya que la ciudad, como dice el Conde de Rivero «había crecido mucho después de ser tomada por los ingleses y tenía muy buenos edificios públicos como la Casa de Gobierno o Palacio de los Capitanes Generales que aun hoy es uno de los mejores; la Intendencia, la primitiva Casa Consistorial, llamada de Armona; los teatros del «Diorama» y el «Principal»; los palacios de los marqueses de San Felipe y Santiago, Casa Calvo, Arcos y Casa Jústiz; los de los condes de Casa Bayona, Villalta, Lagunilla, Casa Montalvo y San Juan de Jaruco».

“El aspecto general de la ciudad era aquel que in mente nos traslada a los tiempos de los caballeros de capa y espada que, en las penumbras de la noche transitaban por las calles y las plazas en busca de un romance, de un idilio o de un lance amoroso llevando siempre la mano en la empuñadura de la espada dispuestos siempre a defender el honor de su dama y de su rey. La Condesa de Merlín así de bella nos la pinta cuando dice: «Así era La Habana con sus balcones, sus tiendas y sus azoteas, con sus preciosas casas bajas de la clase media, casas de grandes puertas y ventanas enrejadas; las puertas y las ventanas, todo está aquí abierto; se puede penetrar con la mirada hasta en las intimidades de la vida doméstica, desde el patio regado y cubierto de flores hasta el aposento de la niña, cuyo lecho está cubierto de cortinas de linón con lazos color de rosa. Más allá están las casas aristocráticas de dos pisos y entresuelo, rodeadas de galerías que se divisan a lo lejos por sus largas filas de persianas verdes». Y podemos completar el cuadro con Bachiller Morales cuando dice: «Los mercados, los paseos, el muelle, paraderos de berlinas de Güines y Matanzas van cubriéndose progresivamente de gentes que concurren ora a pasear la mañana, ora a embarcarse o a despedir a los amigos que se ausentan de la ciudad. Las náyades, vestidas de negligé y tiradas por muelles carruajes se dirigen a sus centros de recreo que se llaman «El Recreo», «Las Delicias» o «La Elegancia». Los ensayos de las cornetas y tambores, el tiroteo de las tropas en instrucción, las volantas de alquiler, los quitrines particulares y las filas de carretones que comienzan su estrepitosa tarea van preparando el ruido que sigue en aumento».

“Por su significación de específica elegancia de aquellos tiempos idos, merece que destaquemos, con la ya mencionada Condesa de Merlín la personalidad que acompañaba a los quitrines que «eran todos de particulares. Lo primero que se veía de estos carruajes era un negro y dos grandes ruedas que sostenían una especie de cabriolé de caja muy baja. El negro iba magníficamente vestido y montado en una mula. Llevaba botas perfectamente charoladas que sólo le llegaban hasta la clavija y le dejaban ver la caña de la pierna negra y lustrosa; un zapato perfectamente charolado y adornado con un lazo completaban este singular calzado compuesto de dos partes. Su pantalón de lienzo blanco y los escudos de armas bordados en los galones de su casaca, hacían resaltar más y más el ébano de su tez y los diferentes matices negros de su calzado y de su sombrero galonado».

“Como nota de contraste del otro lado de la bahía a La Habana saludaban El Morro con su Castillo todo blanco y La Cabaña, la fortaleza color de rosa que contrastaban con la pátina del tiempo que en negro sus rocas destacaba.

“La Catedral marcaba el ritmo de la vida ciudadana con las solemnes notas de su reloj. A las 7 a.m. a las gentes despertaba, a las 9 a sus pastos a las vacas reintegraba, a las 10 a las gentes enfrentaba con suculentos y bien servidos manjares que el almuerzo integraban, a las 12 el reposo imponía, a las 3 p.m. la comida iniciaba, a las 5 otra vez la vida citadina su animación aumentaba hasta el toque de oraciones que poco a poco a sus casas a los vecinos reintegraba hasta que el concierto de música, frente al palacio ponía la nota postrera del día que pasaba mientras tras las rejas los suspiros se escapaban entre besos furtivos que mozos y mozas se prodigaban burlando la vigilancia descuidada de los que pretendían impedirlos…

“Así fue escribiendo las páginas de su Edad Media la ciudad que desde 1762 a 1902 transcurrió en la inconsciencia de sus destinos, entre arrogantes desfiles, gritos de guerra, persecuciones o sueños hasta que una alborada sonó el grito de ¡Viva Cuba Libre! que le abrió de par en par las puertas esplendorosas de la libertad.

“EDAD MODERNA DE LA HABANA”

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“Una a una han caído ya las históricas murallas que en un círculo de hierro encerraban a la centenaria ciudad… La Bandera de la Estrella Solitaria ondeaba libre al viento, en el tope más alto, de aquel Castillo del Morro, testigo mudo de la génesis y del desarrollo de la que en Capital Republicana se vio convertida, después de épicas contiendas.

“El Siglo XX, poco a poco, ha ido proporcionando a la Sultana del Caribe los recursos y los resortes necesarios para recobrarse y expandirse, aumentando en dimensiones el área donde se asientan las arterias de su vida y que crecen en proporción digna del ritmo acelerado que impulsa al mundo y que impone a las ciudades una marcha forzada de desenvolvimiento, si quieren llegar a ser modelos de progreso y de avance.

“La Habana se cuenta entre ellas y, como por arte de magia, se agrandó de tal manera que es hoy emporio de belleza y señorío, sede es de un gran comercio y venero rico de brillantes industrias y fuente que nunca merma de cultura y de enseñanza y se convierte en asilo, hogar y refugio de artistas y de sabios, de magnates bancarios, industriales y del comercio lo mismo que de los que han hecho de la vida diplomática o de la incomprensible política un modus vivendi de medro o de recreo o de ambas cosas a la vez.

“Su casco viejo centenario hoy rezuma históricas nostalgias con las que gozan los poetas y pintores mientras que, como un contraste, hasta el llegan muy de cerca las caricias que prodigan aquellas amplias avenidas que surgieron donde antaño había viejas casonas y palacios con escudos y blasones de la nobleza más rancia que con los tiempos se ha también esfumado… Hoy aquella Habana vetusta y añeja, de estrechas y tortuosas calles, respira a pulmón abierto con sus espaciosos parques y amplias avenidas que se conocen con los nombres de Parque Central y de la Fraternidad, Avenidas del Puerto y Malecón, del Prado y de las Misiones, Atarés y Vía Blanca y que, al propio tiempo sirven de nexo y enlace entre el casco viejo citadino y los repartos residenciales en que se está empeñando la más fiera lucha entre la riqueza de capitales y la expresión externa, plasmada en piedra de la arquitectura, dando vida y colorido al Vedado y a Almendares, a Buena Vista y Miramar, La Sierra y Santos Suárez, la Víbora y Luyanó ya que son lugares propicios donde acuden a acallar sus preocupaciones y angustias, sus discusiones y sus cálculos los que en sus manos tienen las riendas del poder, de las finanzas y de la producción.

“Además propios y extraños admirar pueden, en el seno de esta Habana singular, lindos palacios donde radican los Poderes Públicos del Estado y en los que han hecho derroche los artistas de líneas y filigranas y que corren parejas con la magnificencia de los modernos centros de enseñanza y de los cuarteles, de iglesias, y conventos, de casinos y de hoteles, de clubes, cabarets y centros de recreo, de cines y teatros, de templos de elegancia, rincones frívolos y bares, de hipódromos y playas, stadiums y centros regionales, y en fin, de lugares de cultura, de diversión y pasatiempo que en nada tienen que envidiar a los mejores, en su género, que en el mundo han siempre dictado las normas de adelanto y de la moda.

“Así es esta Habana, la Sultana del Caribe, ya que por aire, mar y tierra hasta ella llegan a diario los colosos que surcando van los aires o los mares o se comen los kilómetros de carreteras y caminos ya que todos ellos son mensajeros que, venciendo dificultades y acortando las distancias, depositan en el seno de la capital republicana de Cuba linda y bella, en pocas horas, lo que se conceptúa el último grito del avance y del progreso, encontrando eco fiel y limpio hasta el último rincón de la Isla privilegiada toda vez que de sus campos y sus valles, de sus montes y sus puertos hasta La Habana llegan individuos para forjarse en el yunque de sus acreditados centros de enseñanza superior.

“Así vive y así crece la ciudad de La Habana que además de ser reina de las tierras antillanas es sede de diplomáticos ilustres que ante el Primer Magistrado presentan sus cartas credenciales, entre normas protocolarias y entorchados y los himnos nacionales cuyos ecos repercuten de uno a otro confín del mundo civilizado, dando fe de la existencia de una joven república americana cuya capital resulta ser una de las más bellas, más cultas y más progresistas ciudades del orbe y que internacionalmente responde por La Habana capital de la República cubana.”

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