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La política no cabe en la azucarera…

 

Para crear una instalación al estilo de Michelangelo Pistoletto la esquina de 20 y 13 en el Vedado habanero no pudiera ser más atractiva. Lo que una vez fue un edificio hoy es el terreno donde suciedad y fetidez encuentran su espacio. Singular es que esta historia se repite cada año y en ocasiones de manera semestral. Solo es necesario colocar un ladrillo con un poco de cemento para encontrar el dueño, el responsable o el inspector de la vivienda. Sin embargo, ante lo sucio la responsabilidad queda impune.

Para quienes transitan sus calles, los desechos son parte de un paisaje matinal donde todo parece olvidado. Sobre los escombros un viejo árbol decide arrimarse y morir, quizás, consumido por el pestilente espectáculo que una vez se asomó tras sus ramas. La basura vuelve a las esquinas como muestra de una arte itinerante que regresa una y otra vez. Tal vez para mostrarnos el lado oscuro de lo humano.

Es posible que aun esta práctica no cale en los extremos cuando entonces aparezca una enfermedad repentina o las cifras del policlínico cercano alerten sobre la necesidad de aunar fuerzas para remendarlo. El basurero ubicado en la esquina de 20 y 13 continúa ocupando primer orden en la agenda de los cotilleos de barrios. Para quienes solo son transeúntes de esas calles resulta un cuadro cuyo significado se comprende mejor cuando más te alejas. No obstante, están aquellos que una vez se preocuparon y para los que ya forma parte de la cotidianidad. Cuando se trata de tomar partes en el asunto, la preocupación salta de mano en mano como pelota caliente que nadie quiere atrapar.

¿Quiénes pueden revertir la imagen del sitio?, es la pregunta que a diario se hacen los vecinos. ¿Quiénes lo contaminan?, pudieran cuestionarse los trabajadores encargados de la limpieza del terreno. Aquí se propaga el silencio cuando de víctimas o victimarios se trata. El hecho es que el deber es compartido, ya sea de los artistas (los que infectan el ambiente con sus indebidas conductas), el público (los que aprecian el desastroso panorama) y las instituciones implicadas en ponerles un poco de amor a las cosas que son feas. Lo cierto es que la odisea terminará algún día con la certeza o la tristeza de que al espacio le auguran muchas temporadas donde la basura será su mejor protagonista.

En esta esquina donde hoy se mezcla el verde de la tupida vegetación, los ocres y el negro de los desechos sólidos no caben ya la conciencia de los hombres o el discurso educativo de los medios a favor del medio ambiente. Aquí solo valen las leyes, el ajuste de cuentas a los contaminadores o la fuerza de los contaminados, la creación de un organopónico, un parque o un proyecto sociocultural que salve el espacio.

Mientras tanto se discutirá en el memorándum de alguna mesa directiva quiénes son los responsables de la higiene, cuándo toman las medidas o cómo cambiarán el aspecto del lugar. En el afán de hallar el quién, el cuándo o el cómo, a través de las ventanas por donde asoma la basura, se escucharán también las notas de Carlos Varela en los audífonos de los jóvenes que caminan frente al mugriento cataclismo:
“Hace mucho calor en la vieja Habana, la gente espera algo pero aquí no pasa nada; un tipo gritó sálvese quien pueda, cada día que pasa sube más la marea…. pero entiéndelo brother, tómalo como quieras, la política no cabe en la azucarera”

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