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Los resultados de la salud no sorprenden a las madres cubanas

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Mujer-embarazadaTomado de La Esquina de Lilith, por Lilibeth Alfonso

Los nueve meses de un embarazo, en Cuba, pueden ser lo más loco del mundo. Desde que te embarazas y decides tenerlo, literalmente, te ganas un ejército de médicos y enfermeras que no te dejarán sola durante los próximos meses, cuando dejes de ser una embarazada y te conviertas, por fin, en madre.

Lo primero, es la captación. Lo primero después del sexo, del placer, del susto. Tú bocarriba, todavía ágil, todavía capaz de subirte al caballo, con las piernas abiertas, mientras, por vez primera, puedes ver a tu bebé, que a esas alturas es una pequeña masa sanguinolenta, una mancha apenas perceptible en la pantalla del monitor, aún silente.

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Y papeles, muchos papeles. Cada consulta, cientos de puntos que el médico debe verificar, aunque te los haya preguntado solo unos días antes. Vives en casa de mampostería. Abortos anteriores. Infecciones de transmisión sexual. Duermes bien. Orinas bien. Pasas trabajo en las deposiciones. Tienes flujo. Molestias. Dolor en el vientre. Tomas las pastillas…., y un largo etcétera que el pobre galeno tiene que escribir junto a las respuestas una y otra vez, en dos libretas, en dos historias clínicas, sin papel carbón, sin fotocopia, a mano.

Normalmente, las consultas son cada un mes, pero si tienes algún riesgo, el más mínimo, se vuelven más frecuentes. Si eres, por ejemplo, obesa como yo, y lo mismo no ganas peso en una semana que a la próxima aumentas el doble de lo requerido, entonces en vez de un mes tienes que presentarte cada quince días para lo mismo. Caballo. Piernas abiertas. Espéculo. Respira profundo. Relájate. Buen cuello. Limpio. Cerrado.

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Y cada un mes, análisis de todo tipo, aunque, si vamos a hablar de pruebas, ninguna le gana a los primeros meses. Pruebas de todo. Desde VIH hasta todo lo que se les ocurra, tan exagerado que si no fuera por la certeza de estar embarazadas cualquiera pensaría que estamos a punto de morir.

De todas, las más duras son las genéticas. Las del alfabeto, para verificar si hay algún indicio de síndrome de Down, y todas las que vienen luego. El ultrasonido donde se buscan los grandes vasos del corazón, donde se cuenta cada miembro, cada dedo, la formación del pequeño cuerpo. Porque entonces es cuando empezamos a conocer el miedo.

No importa si alguna vez tuviste miedo. El de verdad, lo inauguras el día en que temes, por primera o por última vez, por la vida de tu hijo. Un miedo irracional casi siempre proporcional a la información que tengas al respecto. En esos momentos, yo hubiera adorado ser ignorante. Ignorar, por ejemplo, las malformaciones, los síndromes, las estadísticas. Vivir feliz, dormir sin sobresaltos.

Consultas nuevamente. Interconsultas. Cuatro. Cinco. Tres especialistas mirándonos con lupa. Preguntándolo todo. Cervicometrías. Ultrasonidos. Consultas de nuevo. Vacunas. Y encima, terreno. Enfermeras visitándote en casa. Comes bien. Duermes bien. Contracciones. Dolor bajo vientre.

Y una que sí, que come bien, tan bien como hace una semana, y no, no tiene dolores bajo vientre, como tampoco los sufría una semana antes. Y uno hasta les coge cariño. Y les prepara café, y las espera, y ellas conocen a tu pareja, y se preocupan por el nombre que escogemos, por cómo va la canastilla, como si fueran un ejército de tías, de buenas vecinas.

Y una que tiene que lidiar con el calor, con las hormonas, con el hambre, con el peso, con los tobillos, con el reposo, con dormir siempre del lado izquierdo para que el feto se oxigene mejor, y con el pelo mitad teñido mitad natural, y los ataques de angustia, y los antojos…, termina también por odiarlos un poco, por desear que pase un mes sin que te exijan una mano de análisis, quince días sin abrir las piernas, soportar el espéculo frío, no bienvenido en esas zonas cálidas, para escuchar siempre lo mismo, una semana…

Aunque, al final, lo agradezcamos. Aunque, al final, cada madre sea capaz de entender que eso que nos sofocó durante nueve meses es el resultado consumado de un sistema primario de salud que deja muy poco margen a las casualidades y a las sorpresas, y gracias a ello tenemos un bebé sano entre los brazos.

Por eso, no me sorprende que la OMS declarara, finalmente, a Cuba como el primer país en eliminar la transmisión de madre a hijo del virus de inmunodeficiente humana (VIH) y la sífilis congénita aunque, ahora mismo, sea una noticia extraordinaria.

Written by ravsberg

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