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PRECIO FRENTE A VALOR
DOS TIPOS DE VALORES
Es atardecer en la isla griega de Egina. Verano. Estás en nuestra terraza y contemplas el sol rojo que se hunde en el mar. Si en ese momento me acercara para hablarte de algunas de mis tonterías, te enfadarías conmigo por estropearte el momento.
Más tarde, esa misma noche, cenamos con nuestros amigos en Maratón, en la costa griega. Tu amigo Paris está de humor y sus chistes nos hacen reír. Incluso a ti, a la que cuesta tanto hacer reír.
En un determinado momento el capitán Kostas, que está echando el ancla de su barco de pesca junto a la taberna, te pide un favor. El ancla se le ha encallado en el fondo y la cadena se ha roto de tanto tirar.
—Como sé que te gusta zambullirte —dice—, ¿podrías hacerme el favor de tirarte al mar y atar esta cuerda a la cadena del ancla? Lo haría yo, pero hoy mi reumatismo me está matando.
—Enseguida —contestas, aprovechando la oportunidad de convertirte en «la heroína del momento», y te sumerges llena de orgullo.
La puesta de sol. Los chistes de Paris. La alegría de haberte metido en el agua cuando te lo ha pedido el capitán
Kostas. Tres cosas que te hacen sentir bien. Tres «bienes». Pero no tres mercancías. ¿Cuál es la diferencia entre un bien y una mercancía? Las mercancías son bienes —como, por ejemplo, tu iPad—, pero los bienes no son necesariamente mercancías. Las mercancías son bienes que se producen para ser vendidos. El ocaso en Egina, los chistes de Paris y el baño que te has dado para ayudar al capitán Kostas no se han realizado para ser vendidos.
No sé si te has fijado, pero en la sociedad en la que vivimos existe la tendencia a confundir los bienes con las mercancías y a creer que cuanto mayor es el precio de un bien, alguien lo va a ofrecer más fácilmente. Pero no es así. Para las mercancías esto es cierto: cuanto más alto es el precio que estamos dispuestos a pagar por un iPad, más iPads está dispuesta a producir Apple. Pero en el caso de los chistes de Paris no es necesariamente así.
Si le propusiéramos a Paris pagarle para que nos contara más chistes, es probable que le pareciera raro. Y aunque aceptara, puedes imaginar que a lo mejor el hecho de pagarle haría menos graciosos sus chistes. O piensa en tu historia con el capitán Kostas: si te ofreciera dinero para que te metieras en el mar, puede que te hiciera menos ilusión, ya que habría perdido parte de su valor que se debía a la abnegación, a la aventura, al hecho que te zambulles «así, sencillamente porque te lo pidió».
Si Paris llega a ser un cómico cuando sea mayor o tú decides ser una submarinista profesional, entonces sus chistes y tus zambullidas serán mercancías que ofreceréis por cierta cantidad de dinero —habrán adquirido precio de mercado—. El precio de una mercancía refleja el valor de cambio de un bien que ofreces a la venta, en otras palabras, el valor de las otras cosas que puedes adquirir ofreciendo a cambio chistes o zambullidas.
Por otro lado, el valor no material o experiencial de una zambullida, de una puesta de sol o de un chiste es algo totalmente diferente. Puede que los tres tengan un enorme valor intangible pero ningún valor de cambio —por ejemplo, la puesta de sol, que no es para vender—. Y viceversa: puede que no te dé ninguna satisfacción explicar chistes —sobre todo en el escenario—, pero que ganes mucho dinero contándolos.
Estos dos valores, el intangible y el de cambio, no podrían ser más diferentes entre sí. Sin embargo, en las sociedades actuales muy a menudo todos los valores se miden como si fueran de cambio. Todo lo que no tiene precio, lo que no se puede vender con beneficio, tiende a ser considerado como algo sin valor. Y viceversa. Al mismo tiempo, vivimos en sociedades que, equivocadamente, consideran evidente que el incremento del precio de un bien, es decir, de su valor de cambio, necesariamente hará que los que pueden producirlo aumenten la cantidad de ese bien. Como te he dicho antes, esto es lo que ocurre con los iPad. Pero no con todos los bienes.
EL MERCADO DE LA SANGRE
En muchos países la sangre se obtiene a través de voluntarios que donan la suya porque sienten la necesidad de ayudar a alguien cuya vida puede que esté en peligro. En otros países las donaciones de sangre se remuneran. ¿Dónde crees que la oferta de sangre es mayor? ¿Donde se paga a los donantes de sangre por el gran bien que ofrecen, es decir, su propia sangre? ¿O en los países donde no se paga?
Nada más haberte planteado esta pregunta me imagino que habrás adivinado la respuesta. Se ha comprobado que en los países en los que la donación de sangre es remunerada la cantidad de sangre obtenida es muy inferior a la que se recoge en los países en donde la sangre se dona de manera voluntaria, sin remuneración. Parece que el pago desanima a los donantes que están dispuestos a dar su sangre desinteresadamente (como una acción que no tiene como objetivo su propio beneficio).
Los que confunden el concepto de bien con el concepto de mercancía no pueden entender que la oferta de sangre se reduzca cuando a los donantes se les ofrece remuneración. Se preguntan cómo puede ser que haya posibles donantes que deciden no dar su sangre porque se les ha ofrecido dinero a cambio. ¡Esto es típico de quien no entiende que los valores no materiales muchas veces se devalúan cuando suben los valores de cambio!
Lo que ocurre es sencillo y recuerda a la zambullida que te pidió que hicieras el capitán Kostas. Cuando se limitó a rogarte que te tiraras al agua en plena noche para ayudarle con su ancla, la alegría de la contribución y la sensación de que eras una joven buena y «heroica» superaron tu miedo al mar oscuro y a la molestia de tener que quitarte la ropa y llenarte de salitre. Es muy probable que si para que te tiraras al agua te hubiese dicho «toma cinco euros» no lo hubieras hecho. Inconscientemente, te extrañaría que valorase tu contribución en sólo cinco euros. Puede que esos cinco euros no fueran suficientes para recompensar tu «molestia», pero más que suficientes para arruinar la ilusión que te hacía la idea de haberte metido en el mar por el capitán Kostas, así, sin remuneración.
Lo mismo ocurre en el caso de la donación de sangre. A muchos donantes les complace la idea de entregar su sangre desinteresadamente. Pero cuando se les ofrece dinero a cambio, como lo que originalmente era una aportación voluntaria pasa a convertirse en transacción, pierde para ellos el valor de la mera colaboración —por ejemplo, porque algunos creerán estar ofreciendo su sangre a cambio de dinero—, sin que el importe que se les ofrece sea suficiente para compensarles por su tiempo y por el dolor de la aguja en su brazo.
Para explicarlo con un poco más de detalle, en estos dos casos, el de tu zambullida por el capitán Kostas y el de la donación de sangre, cuando el valor de cambio del bien ofrecido va desde cero a un precio positivo, su valor intangible cae en picado. El resultado es que nadie quiere ofrecer dinero por algo que ofrecería gratuitamente con placer. Oscar Wilde definía la persona cínica como aquella que lo sabe todo sobre los precios, pero nada sobre los valores. Nuestras sociedades tienden a hacernos cínicos a todos. Y nadie más cínico que el economista que cree que el único valor es el valor de cambio, y minimiza los valores intangibles en el seno de las sociedades en las que todo se valora con criterios de mercado. Pero ¿cómo triunfó el valor de cambio sobre el intangible?
«OIKO-NOMÍA»
Imagínate la siguiente escena: es Semana Santa. Durante todo el día hemos estado comiendo y bebiendo. Nosotros, los mayores, hemos estado trabajando dos días para preparar la comida, la casa, la mesa. Por la tarde, te pido que me ayudes a recoger la casa. A ti te da pereza y me preguntas: «Papá, ¿cuánto quieres para librarme de este rollo? Voy a romper mi hucha y te lo pago». ¿Cómo crees que reaccionaría? Simplemente, no habría precio que apaciguara mi ira.
En una familia, o en una pandilla de amigos, uno hace cosas en beneficio del otro. Esto también es una forma de intercambio, pero no un intercambio comercial. Intercambiamos trabajo en el ámbito de nuestra casa —oikos, en griego—, pero este intercambio se parece más a la reciprocidad de los regalos, a la solidaridad, que a la compra en la que bienes y servicios se intercambian de manera impersonal, según su valor de cambio.
En el pasado la mayoría de los bienes se producían así, fuera del circuito de los intercambios comerciales y de una manera que se parecía más al funcionamiento de una familia, a la casa (oikos). De ahí oiko-nomía1 (‘la gestión de la casa’). Una familia rural producía ella misma su pan, su queso, sus conservas, su carne, su ropa, etcétera. En los años buenos, cuando la cosecha era generosa, intercambiaban lo que les sobraba —por ejemplo, tomates o trigo que no necesitaban— por bienes de otros productores que ellos no podrían generar — hoces, albaricoques, etcétera—. En períodos de «vacas flacas», cuando tenían que apretarse el cinturón y sufrían privaciones, los intercambios comerciales se interrumpían, ya que no había superávit para intercambiar por otros productos.
Durante los últimos doscientos o trescientos años nuestras sociedades han pasado a una etapa diferente. Cada vez más, un mayor número de nuestros productos se han convertido en mercancía, y cada vez un porcentaje menor de nuestros esfuerzos productivos tiene como objetivo la producción de bienes para el autoconsumo, para su valor experiencial. Si echas un vistazo a los armarios de la cocina, verás una abundancia de productos creados por su valor de cambio y que en ningún caso habríamos podido fabricar como familia.
Esta comercialización, este triunfo incesante de los valores de cambio sobre los intangibles, no termina en nuestra cocina. En el pasado los agricultores producían sus propias materias primas —por ejemplo, alimentos para animales, combustibles, semillas—. Hoy compran la mayoría de las materias primas a empresas multinacionales que tienen la capacidad tecnológica para producir piensos que engordan a las vacas más rápidamente y de forma más económica, combustibles que pueden mover los tractores de última generación y semillas que se han transformado biológicamente a fin de que las cosechas sean más resistentes a las olas de calor, a las heladas y a los pesticidas que producen las mismas empresas. A su vez, las empresas intentan consolidar sus beneficios a través de la investigación sobre materias primas más eficaces. ¿De qué manera? Registrando legalmente sus derechos de propiedad sobre los genes de las semillas que «construyen». De este modo hemos llegado al punto en que el mercado se ha extendido a escala microscópica y que los genes han adquirido valor de cambio.
Poco a poco la comercialización llega a todas partes: al microcosmos, con empresas que compran y venden la fórmula química de una nueva especie de trigo, o incluso de ovejas; y al útero de la mujer, que adquiere valor de cambio puesto que puede ser «alquilado» de manera oficial y por ley por cualquier pareja que no pueda tener un hijo. Dentro de nada compraremos y venderemos asteroides en el espacio, extendiendo el imperio del mercado y el dominio de los valores de cambio desde el microcosmos hasta el macrocosmos.
¿Ves como, al final, la economía no tiene que ver con la oiko-nomia, es decir, con la gestión de la casa? Tal vez el término más correcto sería agoro-nomia, es decir, gestión del mercado —sólo que esta palabra se parece demasiado a agoranomia (que significa ‘inspección del mercado’)—, que es algo totalmente diferente, ya que se refiere al control estatal de la calidad de los bienes ofrecidos.
UN MUNDO FUERA DE LA LÓGICA DE LOS MERCADOS
Como sabes, en Homero los protagonistas de la guerra de Troya se esforzaban, se peleaban, incluso daban su vida a cambio de la gloria, un botín, glamour, el favor de Agamenón, etcétera. Aquiles, nos cuenta Homero, molesto por la decisión de Agamenón de quitarle el botín que él consideraba que había ganado por méritos propios, se retiró durante un tiempo de la guerra de Troya. A pesar de que Agamenón sabía de sobras que necesitaba desesperadamente la ayuda de Aquiles, ni siquiera consideró ofrecer a Aquiles una solución conciliadora, por ejemplo, dinero en compensación por el botín que le había arrebatado porque «así lo había querido». Aunque si se lo hubiese llegado a proponer, sin duda Aquiles se habría sentido todavía más ofendido.
No eran sólo los poetas griegos de la Antigüedad los que identificaban los bienes reales con bienes no comercializables. Ovidio, poeta romano clásico, narra el enfrentamiento entre Áyax y Ulises para ver quién se debía quedar con las armas de Aquiles una vez muerto —armas especiales, fabricadas por el dios Hefesto por encargo de la madre de Aquiles—. Según Ovidio, los generales griegos decidieron escuchar los argumentos de los dos guerreros antes de decidir quién merecía tener las armas del semidiós fallecido. Al final los argumentos de Ulises, el ingenioso arquitecto del Caballo de Troya, triunfaron sobre los del intrépido guerrero Áyax. ¿No te sorprende que nadie pensase en hacer algo equivalente a lo que se haría hoy? En la actualidad, se realizaría una subasta en la que, quien pagara más, se quedaría con las armas de Aquiles.
¿Por qué no pensaron en subastarlas? Porque estas armas no interesaban ni a Áyax, ni a Ulises, ni a ninguno de los generales griegos, ya fuera por su valor de cambio —es decir, para luego venderlas bien—, ya fuera por su simple valor de uso, es decir, para utilizarlas en las batallas. El enorme valor para quien las consiguiera era puramente simbólico.
De hecho, en la Antigüedad sólo unos pocos productos pasaban por algún mercado. Sin embargo, eso no significa que en la Antigüedad, en la Edad Media o en las colonias europeas no hubiera mercancías, mercados, valores de cambio. Por supuesto que los había. Fenicios, griegos, egipcios, chinos, habitantes de Melanesia, etcétera, hacían miles de kilómetros llevando productos de toda índole desde una punta a otra del mundo aprovechando las desigualdades de los valores de cambio entre un lugar y otro. Desde su inicio, todas las sociedades desarrollaron mercados.
Todo empezó cuando una persona le dijo a otra: «Si me das una de tus manzanas, te daré una de mis naranjas». Éstas no eran, sin embargo, sociedades de mercado. O, para decirlo mejor, no las caracterizaba la lógica del mercado (como ocurre hoy). Eran simplemente sociedades con mercados. Para que entiendas la diferencia entre una «sociedad de mercado» y una «sociedad con mercado», basta con plantearnos dos preguntas:
1.ª pregunta: ¿Cómo se explica el éxito de los comerciantes españoles en América Latina y el de los británicos y los holandeses un siglo después en el Extremo Oriente?
2.ª pregunta: ¿Cómo se explica el éxito de la industria automotriz japonesa en EE. UU. a partir de la década de los setenta?
La primera pregunta la podemos contestar de manera fácil y sencilla, teniendo en cuenta la superioridad armamentística de la Marina española y la superioridad militar de los conquistadores frente a los mayas en el continente americano. Lo mismo pasa con los británicos y los holandeses en el Extremo Oriente, cuyo predominio estaba vinculado a la presencia de su Marina de guerra en los océanos Índico y Pacífico. Bien. La segunda pregunta, sin embargo, no se puede responder en términos de poder militar o marítimo. Tiene que ser exclusivamente en términos económicos, que tienen que ver con la estructura de la industria japonesa, su posibilidad de aumentar la producción sin aumentar sus gastos, la calidad de sus coches, las características tecnológicas, etcétera.
Para decírtelo de manera más sencilla, el predominio de los comerciantes europeos en el Extremo Oriente y en América antes del siglo XIX no requiere un análisis económico para ser explicado, por la sencilla razón de que, por aquel entonces, aún no habían surgido economías con lógica de mercado (o sociedades de mercado), sino sólo sociedades con mercados. La razón por la que te canso «hablándote de economía» se debe al hecho de que hoy nuestras sociedades son de mercado y, por lo tanto, la única manera de comprenderlas es como tales y en términos económicos, algo imposible hace tres siglos.
La cuestión ahora es: ¿cómo y por qué surgieron las sociedades de mercado a partir de las sociedades con mercados?
EL NACIMIENTO DE LAS SOCIEDADES «DE» MERCADO
El proceso de elaboración de un producto requiere tres elementos básicos: el trabajo humano, las herramientas o las máquinas que manejan los trabajadores, y la tierra o el espacio —por ejemplo, una oficina o una mina— donde tiene lugar la producción. O dicho de manera más sencilla, la producción requiere tres factores: trabajo, medios de producción —que a menudo aparecen mencionados como capital— y tierra.
En las sociedades más antiguas ninguno de estos «factores de producción» era una mercancía. Eran un bien, pero no una mercancía. Durante el feudalismo, los siervos trabajaban duramente, pero no vendían —ni siquiera alquilaban— su trabajo al señor feudal. Simplemente el señor feudal se quedaba por la fuerza con un gran porcentaje de sus cosechas. En cuanto a las herramientas —los medios de producción—, las fabricaban ellos mismos o los artesanos que trabajaban en el mismo feudo, artesanos que los siervos alimentaban a cambio de las herramientas que les proporcionaban —como más o menos pasa con la mesa familiar, donde cada uno contribuye en algo—. Finalmente, ni la tierra era mercancía: o nacías terrateniente, y entonces ni se te ocurría vender la tierra de tus antepasados, o nacías siervo, y estabas condenado a no tener nunca tu propia tierra.
Las sociedades de mercado nacieron cuando estos tres factores de producción se comercializaron. Es decir, cuando adquirieron valor de cambio. Cuando empezaron a comprarse y a venderse en grandes mercados, cuando los trabajadores empezaron a buscar trabajo en el «mercado laboral», los artesanos a comercializar las herramientas que fabricaban en mercados desarrollados de medios de producción y, finalmente, cuando la tierra adquirió valor de cambio como resultado de la compraventa y del alquiler.
Pero ¿cómo se convirtieron en mercancías estos tres factores de producción? ¿Qué pasó exactamente y cómo surgió la Revolución industrial, que se inició a mediados del siglo XVIII en Gran Bretaña pero también en Holanda, y que transformó el mundo y lo convirtió en una inmensa sociedad de economía de mercado globalizada?
Como ves, es una larga historia, y si intento explicártela en detalle te vas a aburrir. A grandes rasgos, todo empezó con el desarrollo de la ingeniería naval en Europa, con el uso de la brújula —que descubrieron los chinos— y con las mejoras generales en el arte de la navegación. Todo eso ayudó a los navegantes europeos a descubrir nuevas rutas marítimas que propiciaron el comercio global.
Comerciantes españoles, holandeses, británicos y portugueses cargaban en los barcos lana de Inglaterra y de Escocia, la cual a su vez se intercambiaba por espadas japonesas en Yokohama, antes de partir de nuevo hacia el oeste y hacer escala en Bombay para intercambiar espadas por especias, que traían a Europa para, a su vez, intercambiarlas por mucha más lana de la que tenían cuando salieron. Y vuelta a empezar.
Por tanto, productos como la lana, las especias, la seda o las espadas de acero se convirtieron en mercancías de valor internacional —en productos cuyo valor para el productor estaba inseparablemente vinculado a su valor de cambio—. Todo comerciante o productor que ofrecía dichos productos a los nuevos mercados se hacía rico. En algún momento los terratenientes de Inglaterra, mientras controlaban a sus siervos desde su torre, pensaron que deberían aprovechar mejor las nuevas posibilidades de mayor enriquecimiento que les facilitaba la nueva red de comercio internacional. «¿Para qué queremos tantos siervos que planten cebollas y remolachas?», se preguntaron. «¿Qué valor tienen las remolachas en el mercado internacional? Ninguno.»
Decidieron entonces que, como la lana tenía un valor superior, quizá fuera preferible sustituir el sinnúmero de siervos por rebaños de ovejas, que además de ser más dóciles, eran más rentables. En tan sólo algunas décadas, el campo británico cambió completamente. La paz y la estabilidad de que habían gozado los siervos durante años, viviendo en el mismo lugar durante generaciones, bajo el mismo señor, siguiendo las mismas costumbres y haciendo el mismo trabajo que sus padres, se truncó de golpe.
En el momento en que, de manera expeditiva, los señores feudales echaron a los siervos a la calle y los sustituyeron por ovejas, comenzó el proceso de transformación de Gran Bretaña, que pasó de ser una sociedad con mercados a una sociedad de mercado. ¿Por qué? En primer lugar, porque la expulsión de los siervos convirtió tanto el trabajo como la tierra en mercancías.
¿Cómo? ¿Qué haríamos tú y yo si, de repente, nos encontráramos puestos de patitas en una calle embarrada de una provincia británica? Probablemente caminaríamos hasta el primer pueblo, llamaríamos a la primera puerta y diríamos: «Trabajaré de lo que ustedes quieran a cambio de un bocado de pan y un techo». He aquí la primera propuesta de trabajo «asalariado».
Esto es exactamente lo que sucedió. Los exsiervos vagaban por las calles en masa y ofrecían la única mercancía que tenían a su disposición: su fuerza de trabajo. Al contrario que sus padres y sus abuelos, quienes trabajaban pero sin vender nunca su trabajo —puesto que tenían acceso a la tierra, así como a las herramientas para trabajarla—, los exsiervos se vieron obligados a hacerse comerciantes del trabajo —de su propio trabajo—. Su tragedia fue que durante muchas décadas, hasta que la sociedad de mercado empezó a funcionar, esta nueva forma de mercado laboral se caracterizó por una oferta desmesurada frente a una escasa demanda: antes de que se crearan las fábricas no había compradores capaces de absorber toda esta afluencia de exsiervos desempleados. El resultado fue hambruna, enfermedades e infelicidad.
Vayamos ahora al caso del «factor tierra». ¿De qué manera la expulsión de los siervos creó por vez primera un mercado de tierra productiva? Sencillo: con la substitución de los siervos por ovejas, los terratenientes se dieron cuenta de que su tierra no sólo tenía valor de uso, sino también valor de cambio, determinado todavía indirectamente, pero claramente, por el mercado internacional: cuanto más aumentaba el valor de cambio de la lana en el mercado globalizado, aumentaba también el valor de un acre de tierra que podía acoger cierto número de ovejas. Al mismo tiempo, cuanto más abundante era el heno plantado en un terreno, más ovejas podría mantener y, por tanto, más lana podría producir.
Así es como el valor de cambio de la lana pasó a estar íntimamente relacionado con el valor de cambio del terreno. De pronto un lord que tenía unos terrenos de los que no sacaba provecho, pudo alquilarlos a algunos exsiervos —de quienes cobraría el alquiler—. Los antiguos siervos, ahora «empresarios», se vieron obligados a vender la lana en el mercado para poder pagar el alquiler con los ingresos obtenidos.
Fíjate en la conversión de los siervos en «comerciantes» en el mismo momento en que la tierra de sus antepasados se convirtió también en mercancía: antes de la expulsión teníamos un régimen feudal. Los siervos pertenecían a la tierra, que a su vez pertenecía al señor. Los siervos trabajaban la tierra y el dueño de ésta tomaba su parte. No había rastro del mercado durante el proceso de producción. El producto de los siervos, la propia tierra, pero también su trabajo, tenían sólo valor intangible, que compartían los siervos y el señor feudal dependiendo de cómo era de caritativo o tirano con sus vasallos.
Después de la expulsión de los siervos todo cambió y la mayoría se vieron obligados a entrar en algún mercado. La mayor parte de los siervos entró en el mercado laboral, en el que vendían su trabajo. Algunos siervos empezaron a trabajar la tierra de los señores feudales, pero bajo un régimen totalmente diferente: como inquilinos cuyo alquiler se basaba en el precio de la lana. Mientras que sus padres y sus madres habían vivido angustiados por si el señor les dejaba o no una parte suficiente de la cosecha para no pasar hambre en invierno, ellos se preocupaban por algo diferente: «¿Conseguiremos vender la lana en el mercado y cobrar lo suficiente para poder pagar el alquiler al señor y comprar bastante maíz con que dar de comer a nuestros niños?». En otras palabras, se preocupaban del valor de cambio de su trabajo —es decir, de su jornal— o del valor de cambio de la lana que producían como inquilinos de los terratenientes.
FÁBRICAS: LOS LABORATORIOS GRISES DE LA HISTORIA
Como vimos, Gran Bretaña pasó de ser una sociedad con mercados a una sociedad de mercado. La transición acabó en la segunda mitad del siglo XVIII, cuando aparecieron en escena unos edificios grises, inhumanos, con chimeneas altas que expulsaban sin parar humo negro: hablamos de las fábricas, donde funcionaban incansablemente las máquinas de vapor que inventó el escocés James Watt.
Me preguntarás: ¿por qué Gran Bretaña? ¿Por qué no hubo revoluciones industriales en esos mismos años en Francia o en China? Por dos razones principales: primero, porque en Gran Bretaña la tierra estaba en manos de unos pocos terratenientes, y segundo, porque esos terratenientes no tenían mucho poder militar, al contrario que otros señores feudales europeos o chinos que mandaban sobre grandes ejércitos privados. Como no tenían poder militar, inventaron maneras de aumentar su riqueza sin utilizar la violencia.
Cuando los navegantes descubrieron las rutas marítimas que hicieron posible el comercio internacional, los terratenientes británicos fueron de los primeros que aprovecharon la oportunidad para hacerse ricos con las mercancías que habían acumulado y que eran muy solicitadas a nivel internacional. De hecho, que la tierra estuviese en manos de unos pocos señores feudales significaba que tuvieron que ponerse de acuerdo muy pocos terratenientes para aprobar la expulsión en masa de los siervos, que fue fundamental para crear la primera sociedad de mercado.
Imagínate a Gran Bretaña como una gran olla en la que se cuecen a fuego lento cientos de miles de desempleados sin tierra, mientras no para de aumentar el dinero que pasa por los bancos de Londres procedente del comercio internacional con las colonias británicas (sobre todo del Caribe, donde los esclavos africanos trabajaban la tierra de los colonizadores británicos). Ahora añade a esa olla la máquina de vapor del señor Watt. Mézclalo todo, y ¿qué crees que tendremos? Las fábricas. En ellas los descendientes de los antiguos siervos encontraron trabajo, por primera vez en la historia, como obreros industriales, trabajadores que sudaban al lado de las nuevas máquinas de vapor.
¿De quién fue esta idea? ¿Quiénes pensaron en fundar las fábricas? Los comerciantes y los aristócratas observaron que algunas de las mercancías se vendían muy bien en el mercado internacional —los productos de lana, los textiles, los metales —. Así que pensaron que si las fabricaban más rápidamente y con menos gastos se harían más ricos. También veían a miles de antiguos siervos sin trabajo pidiendo por las calles un trozo de pan, un puesto de trabajo, en fin, algo. En algún momento oyeron que un tal Watt había inventado una máquina que podía mover mil telares a la vez. No hizo falta nada más. Que nacieran las primeras fábricas era simplemente cuestión de tiempo.
LA GRAN CONTRADICCIÓN
El triunfo de los valores de cambio sobre los valores experienciales transformó el mundo tanto para bien como para mal. Al mismo tiempo.
Por un lado, la comercialización de los bienes de la tierra y del trabajo acabó con el feudalismo, con los prejuicios irracionales, con la teocracia y el oscurantismo. Nació la idea de la libertad, la perspectiva de la abolición de la esclavitud, la posibilidad de que la tecnología produjera suficientes bienes para todos.
Por otro lado, aumentó como nunca antes la infelicidad y aparecieron otras formas de pobreza, nuevos tipos de esclavitud en potencia. Con la llegada de la sociedad de mercado, los antiguos siervos expulsados se convirtieron o en obreros industriales o en agricultores que pagaban alquiler a los terratenientes. En ambos casos eran productores «libres», porque nadie podía obligarles a trabajar a la fuerza (como pasaba durante el feudalismo). En ese sentido, ¡eran realmente libres! Libres de hacer lo que quisieran, siempre que hubiera «clientes» para su trabajo, y también completamente «liberados» de los medios de producción, no estaban atados a un lugar concreto (es decir, estaban prácticamente en la calle). Eran libres para ir donde quisieran, y a la vez muy pobres, al ser alejados de su anterior trabajo. Comerciantes de su cuerpo y de su mente, también eran víctimas del mercado laboral, que dependía de la oferta y demanda internacional de las mercancías.
Los que no estaban en paro trabajaban más de catorce horas diarias, en el ambiente durísimo de las fábricas de Manchester o de las minas de Gales. Los periódicos de aquella época informan de niños de diez años en Inglaterra y en Escocia que vivían encadenados noche y día a las máquinas de vapor para que trabajasen el máximo de horas posibles. Mujeres embarazadas trabajaban en las minas de Cornualles y muchas veces se las obligaba a que dieran a luz sin ayuda, dentro de las galerías. Por esa misma época, en las colonias (en Jamaica, por ejemplo), pero también en el sur de EE. UU., la producción seguía basándose en los esclavos, secuestrados en África por traficantes europeos que los vendían por su valor de cambio.
Algo así no había ocurrido nunca antes en la historia humana. Puede que la humanidad se haya globalizado desde sus inicios (de hecho, como sabes, somos todos africanos). Pero la Revolución industrial creó la Gran Contradicción: la coexistencia de una inmensa riqueza con una enorme pobreza.
De esa manera, las desigualdades que trajo la revolución agrícola (y que te he explicado en el capítulo anterior) aumentaron aún más cuando se sumaron a las nuevas desigualdades que provocaron la Revolución industrial y el triunfo del precio sobre el valor.