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Haydée Santamaria, ¿suicida de una revolución estancada?

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Haydée Santamaría (foto tomada de archivo)
Haydée Santamaría (foto de archivo)

Desde hace varias semanas se han estrenado, o se ensayan, algunas obras dedicadas a mujeres de cierta relevancia en Cuba que han servido incondicionalmente a Fidel Castro (como Haydée Santamaría, Vilma Espín o Alicia Alonso) o que él utilizó a manera de símbolo (como Mariana Grajales).

Sobre la prima ballerina assoluta se estrenó hace poco un documental titulado Absoluta Alicia. Sobre la absoluta federada, la compañía de ballet de la propia Alonso, a su vez, prepara la obra Vilma, de argumento inimaginable si uno piensa en lo abstracto de casi toda su existencia.

Una pieza teatral, Matria, pronto será estrenada en el Centro Cultural Bertolt Brecht como homenaje al bicentenario de la madre de los Maceo. “El espectador no se enfrentará a un acto histórico”, asegura su autor, el dramaturgo Alberto Curbelo, director de Teatro Cimarrón: “No verá estatuas de bronce”.

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La audiencia se hallará ante una Mariana intensamente enamorada de su esposo Marcos, debatiéndose “entre los avatares de una madre por encauzar a su familia y los amores que gestan una nación”, según el autor.

Al anunciar el estreno del documental Nuestra Haydée a través del programa televisivo Mesa Redonda, pudimos leer en el periódico Granma: “Una joven trabajadora de la Casa de las Américas va de los archivos a la memoria viva para reconstruir el itinerario de la heroína del Moncada, desde sus propios testimonios y el de seres entrañables”.

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La breve nota de prensa concluía: “El resultado es una obra conmovedora, un documental diferente, de la periodista y realizadora Esther Barroso, coproducido por Cubavisión Internacional y Casa”.

Remozando el panteón

Decir que se trata de un “documental diferente”, no significa mucho, por supuesto. Sin duda alguna, se trata de un audiovisual con sorprendente abundancia de imágenes y testimonios sobre Haydée Santamaría (1923-1980), uno de los personajes más peculiares de los primeros veinte años de la revolución.

Pero, más allá del aporte informativo, en mi opinión, el documental termina malográndose. Barroso siente un amor y una admiración enormes hacia Yeyé —como muchos llamaban a Haydée—, pero no es eso lo que la traiciona, sino haber hecho un acercamiento demasiado personal, al punto de inmiscuirse excesivamente en la visualidad de la historia.

El problema es la desproporción entre la imagen de Esther Barroso, en el presente, y la imagen de Haydée Santamaría, en el pasado, porque, si bien ese tipo de experimentación en sí no es errada, el resultado es lo que cuenta y, en este caso, la incongruencia de la vieja revolucionaria con el narcisismo de la joven realizadora resulta fatal para la obra.

Además, Nuestra Haydée no pasa de ser, como tantas realizaciones de un tiempo acá, otro intento de acercar hasta la actualidad –en primer lugar hasta el campo visual de los jóvenes–, a personas con determinado impacto histórico que, para bien o para mal, ya no le importan mucho a casi nadie, mucho menos a los jóvenes, que los ven como emblemas borrosos y envejecidos.

En fin, este tipo de obras, alentadas por el aparato propagandístico del régimen, quieren actualizar, con sobredosis de “poesía” y maquillaje benefactores, a figuras que ocupan algún nicho en el panteón castrista, por lo cual terminan siendo siempre alabanzas colaterales al máximo señor del panteón.

Es innegable que Haydée Santamaría jugó cierto papel positivo en algunas situaciones difíciles para algunos artistas. Silvio Rodríguez dice que ella era “una enorme gallina con montones de pollitos”. Asegura también que era indudable su lealtad a Fidel Castro, o sea, siguiendo la metáfora, al gallo mayor del gallinero.

La heroína y la conspiradora

La experiencia del Moncada fue horrible para ella, por la tortura y muerte de su hermano y de su novio. Luego, condenada a siete meses de prisión, fue llevada al Reclusorio Nacional para Mujeres de Guanajay, cerca de La Habana, en compañía de Melba Hernández. Ambas fueron designadas al Bloque A, con las reclusas de mejor conducta, pues el tribunal las había considerado presas políticas.

Allí se les preparó una celda con dormitorio, cocina, comedor y baño, y podían recibir visitas y tener libros, pese a que en general estaban incomunicadas y podían tomar el sol en el patio únicamente cuando las visitaban familiares. El 20 de febrero de 1954, al cumplir la condena, fueron liberadas las dos.

A partir de entonces, estaría muy activa colaborando en la publicación de La historia me absolverá, en la fundación del Movimiento 26 de Julio (M-26-7), en el apoyo al desembarco del Granma y a la guerrilla de la Sierra Maestra, en la lucha clandestina tanto en el llano como en las montañas, en la coordinación de encuentros de periodistas norteamericanos como Herbert Matthews y Bob Taber con Fidel Castro.

Su estancia en Estados Unidos como delegada del M-26-7 con el objetivo de conseguir mayor apoyo material para la guerrilla de la Sierra Maestra, en la fase final de la insurrección, resultó, como ella misma nos cuenta, una misión muy desagradable porque se hallaba dentro del “enemigo”. Pero había sido una orden de su jefe.

Los testimonios

Aunque muchos de los testimonios no revelan nada nuevo, otros confirman lo que se suponía. Roberto Fernández Retamar insiste mucho en la intuición de Haydée, a falta de preparación, pues “apenas tenía una educación primaria”. Evidentemente, no fue por sus aptitudes que Fidel Castro la puso al frente de la Casa de las Américas, sino por su obediencia ciega. Así que el rumor de que creyó en una ocasión que Ortega y Gasset eran dos personas –“Como Marx y Engels”, se justificó ella– pudo ser cierto.

Cuando el documental entra en “la época del Quinquenio Gris o el Decenio Negro”, tenemos que, según Retamar, “Gracias a Haydée, la Casa de las Américas jugó un papel decoroso en una época difícil”. Pablo Milanés habla de su estancia en las UMAP y de la ayuda de Yeyé. Eusebio Leal confiesa: “Ella me sacó del abismo”. O sea, era una especie de ángel entre fuerzas demoníacas.

“Haydée siempre estaba al acecho”, la describen, amante de la actuación clandestina y el complot, como su maestro. Silvio Rodríguez la rememora con “el ceño fruncido siempre”. Dicen que dijo que “cuando una revolución se estanca ya no es una revolución”.

“En el 80, Haydée se sentía muy sola”, cuenta Pablo Armando Fernández. “Decía que ya habían muerto muchos, incluso Celia Sánchez; que esa jerarquía, esos seres superiores se habían ido ya”. A Retamar le aseguró: “Mi futuro es mi pasado”. A Silvio Rodríguez le regaló un libro con una dedicatoria: “Silvio, compréndeme y quiéreme”.

Por supuesto, se elude la palabra suicidio. Según la joven realizadora: “Ella quería estar con sus mártires amados, pero aún espero encontrarla en otro sitio”. Pese a todas esas brumas, el documental nos revela, sin proponérselo, a uno de esos seres rotos, traumatizados, confundidos y manipulados que estuvieron cerca de la proa revolucionaria, con muy poco poder sobre el timón —como Dorticós, Celia Sánchez y otros—, que al final fueron solo un cadáver más que el Gran Timonel va dejando tras de sí.

Hay dos aspectos curiosos en este audiovisual. Uno es que aparecen editados juntos Silvio Rodríguez y Pablo Milanés como si nada, hermanados en el pasado. Lo otro es cuán escandalosamente remoto aparece Armando Hart, que puede escupir sus monsergas por la salvación de la humanidad en la prensa, pero no recordar a su esposa suicida.

Mirando esta abundancia de obras dedicadas a mujeres “importantes”, parecería que la moraleja está es que si una mujer está en el panteón será venerada. Si no está allí, si no obedece a los Castro, si desfila por Quinta Avenida, vestida de blanco, que se atenga a las consecuencias.

La bondadosa Haydée ya lo decía bien claro, como la escuchó vociferar una vez Guillermo Cabrera Infante: “La revolución no cuenta a sus enemigos, sino que acaba con ellos”.

Written by CubaNet

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