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Jaime Fort: “El televidente no soportaría hoy un programa humorístico que no toque la realidad del país”

Jaime Fort
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Entrevistar al guionista de Vivir del cuento supuso, a escasas horas posterior a la muerte del maestro Carlos Ruiz de la Tejera, una especie de homenaje. Era un modo de volver a encender la vela que tras la muerte del genial comediante se había apagado. Una especie de tributo… y quizás no debió ser la primera pregunta, quizás no debió ser el modo correcto en que debieron arrancar las cosas, pero yo aposté por encender la luz, y Jaime, mientras sostenía en una de sus manos la enésima taza de café, también lo consideró así.

¿Qué hay del maestro Carlos Ruiz en los guiones que escribe Jaime Fort?

-Como mismo hay una Nueva Trova, que añadió una poética más moderna y comprometida a la trova tradicional, podemos decir, así mismo, que hay un Nuevo Humor que transformó la forma de hacer y disfrutar el humor en Cuba. El maestro Carlos Ruiz de la Tejera fue uno de los principales exponentes de este movimiento. De ahí que su influencia está presente también en mi trabajo, pues yo, como todos los de mi generación, crecí deleitándome con su obra.

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¿Cómo escribe alguien que reside fuera de Cuba, sobre Cuba, y lo hace una vez por semana?

-En realidad no es que resida fuera de Cuba. En estos momentos llevo en España 11 meses, pero vuelvo dentro de poco; por otro lado, yo lo primero que hago cuando me levanto es leer las noticias de Cuba. Hablar con la gente de Cuba y pensar en Cuba. Y aunque parezca mentira, desde España me entero más de lo que pasa en Cuba (de manera general) que cuando estoy allí.

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Antes, para refocilarnos en las catarsis cotidianas, los cubanos teníamos que ir al Mella a los Aquelarres, al Cocodrilo… Pero ahora está Vivir del cuento, un programa con niveles de aceptación sorprendentes y que supone un espacio de desahogo habitual, una cita con la realidad que vivimos y a la que pocos faltan. ¿Qué ha cambiado en Cuba, que actualmente “cierto tipo de humor” se puede expresar libremente en la TV?

-Los tiempos han cambiado y la mentalidad de quienes rigen lo que se pone en televisión y lo que no también ha cambiado. Un cambio “paulatino”, como dice Facundo. Se ha ganado espacio poco a poco, casi sin darnos cuenta. Esto no quiere decir que se pueda decir en televisión todo lo que uno quisiera. Por otra parte el televidente de hoy en día no soportaría un programa humorístico cubano que no toque la realidad del país con sinceridad. Y de ahí la popularidad alcanzada; pero no se trata de buscar la popularidad haciendo un programa que critique públicamente lo que otros espacios no critican. No es buscar el chiste fácil, como hacen muchos humoristas, diciendo lo que otros no se atreven, o no pueden. Tratamos de hacer una comedia de situación, donde el humor está en la situación misma, y en cómo los personajes reaccionan frente a los enredos y equívocos en que se involucran. Todas estas situaciones se desarrollan en el contexto social, económico y político del país, y es ahí donde hay que mostrar con sinceridad este contexto. Eso es lo que agradece el público.

Muchas veces las historias sí surgen provocadas por determinadas condiciones difíciles de nuestro país, como, por ejemplo, cada vez que los viejos inventan un trabajo por cuenta propia, ya que el dinero del retiro no les alcanza para nada.

Cuba tiene una gran tradición en el humorismo. La lupa bajo la cual se juzga al humorista cambia, inexorablemente. Cuando llegó la época de los cabarets y ya no estaba Chaflán aparecieron “ciertos humoristas” de chiste fácil, de poca preparación y empecinados en hacer reír a costilla del público. ¿En que diferenciarías este trabajo, cuando escribes sobre las dolencias cotidianas de todos los cubanos?

Durante la grabación de Vivir del cuento

-El tema del humor en los centros nocturnos (y diurnos a veces) y el humor “serio” para teatro, televisión o radio se ha tocado muchas veces con profundidad. Para simplificarlo o resumirlo te diré algunas cosas con las cuales coincido.

Después del Período especial, las características del público que acude a los centros nocturnos cambiaron. Este nuevo público de cabaret prefiere un humor más directo, más burdo, menos elaborado, más explícitamente sexual y más contestatario a pulso, y los humoristas comprendieron que no se podían andar con sutilezas ni con sarcasmos. Muchos de estos humoristas eran los mismos que llenaban un teatro haciendo buen humor, pero este humor no les funcionaba allí. Así que se adaptaron para poder sobrevivir.

Y cuando digo sobrevivir es casi literal. Los humoristas no pueden vivir del teatro, ni de la televisión o la radio, es el cabaret el que paga los frijoles. Por eso, aunque no les guste, siguen trabajando allí, porque es donde está el dinero. Y de vez en cuando hacen una obra de teatro (cada vez menos) para alimentar su espíritu artístico.

Y me refiero a los humoristas de verdad, porque también, dada la demanda de los cabarets y la poca exigencia artística de los mismos, en Cuba han surgido muchos cómicos “emergentes”  para el medio. Basta con ser extrovertido, saberte un puñado de chistes, conocer a la persona adecuada -y si eres bastante feo mejor- para garantizarte un modus vivendi dándole “chucho” al público, burlándote de los pinareños, de los negros y de lo mala que está la cosa.

Vivir del cuento “vive” soportado sobre el personaje de Pánfilo y un poco sobre Chequera. ¿No te parece que dos personajes es muy poco para sostener un programa sobre el que tantos cubanos “cifran” sus esperanzas de diversión?

-Bueno, no creo que en estos momentos sea tanto así… Todavía sigue siendo -y será- el “programa de Pánfilo”, y así lo identifica el público. Es el personaje de Pánfilo quien sostiene el argumento y sobre todo la simpatía del espectador. Todo esto debido a la excelente interpretación del actor, Luis Silva, quien ha hecho de su Pánfilo ya todo un clásico. Pero con el tiempo han ido surgiendo y desarrollándose otros personajes con sus características y peculiaridades muy definidas, que enriquecen el programa en su conjunto y han ido ganándose, junto con Pánfilo y Chequera, el aprecio del espectador.

Hablemos sobre la autocensura y la censura. Partamos de un hecho reconocido: cada escritor está firmemente convencido de los llamados “límites en la creación”. ¿Hasta dónde te autocensuras? ¿Cómo asumes cuando te censuran?

-La autocensura comienza desde el mismo nacimiento de la idea de cada guión… (ríe) Y esa es la parte que me toca. Uno debe ser consciente, y cuando digo uno me refiero a mí en este caso, del espacio para el que está escribiendo, y sabe lo que puede decir y lo que no.

Pero pudiera parecer que en el humor no deberían existir barreras a la imaginación, y sin embargo las hay.

Vivir del cuento-Sería absurdo pasarte del límite porque sabes que no va a ser aceptado y pierdes el tiempo y el trabajo. Así que te concentras en lo que puedes decir y tratas de llevarlo lo más lejos posible. Mientras más te atrevas, más sutil tienes que ser. A veces se me va la mano y para eso está el resto del equipo, las asesoras o el director, que se encargan de recortar cosas. Y otras veces es al revés, por culpa de mi autocensura dejo de decir algo sobre un tema, que luego el director o los actores le agregan.

¿Es entonces el guión de Vivir del cuento un trabajo colectivo?

-En la lectura del guión se hace un trabajo de mesa colectivo, las discusiones son muy graciosas, porque se nota que cada uno tiene sus propios límites particulares. De lo que sí está claro todo el mundo es de hasta donde no se puede llegar de ninguna manera. De eso no hay dudas. Tú puedes hacer chistes con los precios del agro que están altísimos y con el salario que no alcanza, pero no puedes cuestionar el sistema económico que genera estos problemas.

Y la censura “sobre ti”. ¿Cómo “te ha llevado” la censura?

-En cuanto a la censura no puedo explicar cómo es el mecanismo por el cual funciona, pues no lo conozco. Eso sí, he escuchado que los programas son revisados por alguien de “arriba” antes de salir al aire y que algunas veces han llamado al director para que recorte alguna frase y en otras ocasiones no se han permitido transmitir programas completos (tres veces que yo conozca).  Muchas veces sucede, dada la subjetividad del individuo que revisa el programa, que pueden recortar una tontería sin importancia y dejar pasar algo mucho más “fuerte”.

¿Qué riesgos enfrenta un humorista cuando decide, enmascarado tras el humor, hacer un trabajo serio de crítica… digamos social?

-Particularmente no creo que el humor sea una máscara que sirva para atenuar las consecuencias de expresar una crítica “seria”, sino todo lo contrario. Cuando haces una crítica desde el humor, el “criticado” se siente más ofendido porque percibe que la gente se está riendo de él, o de lo que él representa. Por lo tanto, los riesgos son los mismos para el humorista que para el que exprese una crítica formal y seria en cualquier medio de alcance público. La diferencia está precisamente en ese alcance.

Hay muchos blogueros que escriben de manera crítica y fuerte sobre muchos aspectos de nuestra sociedad, ya sea humorísticamente o no. Pero ¿qué alcance tiene esa crítica? ¿Cuántas personas del pueblo tienen acceso a internet o dedican el poco tiempo de conexión que se pueden pagar a leer blogs? Este alcance es mínimo. Tú nunca vas a escuchar una mañana, en la parada, a la gente hablar de lo que publicó Ravsberg, o Alejo3399… Aunque sea triste reconocerlo, la blogosfera es un mundo desconocido para la mayoría de los cubanos.

Hace poco censuraron la obra teatral El Rey se muere, una puesta en escena de Teatro El Ingenio, producida por Juan Carlos Cremata. Luis F. Rojas, escritor cubano, y periodista, entrevista por tal motivo a Cremata y dice “el humor pasa esas fronteras -se refiere a la censura- que ha puesto incluso el CNAE.”

La respuesta de Juan Carlos es la siguiente: “Sí, es contradictorio cómo los humoristas están cada día más deslenguados, dicen cada vez más cosas. Sin embargo, son terrenos en Cuba, donde todo sigue funcionando como tribus (…) los humoristas se han explayado, dicen cosas incluso aun peores, menos trabajadas”. ¿Qué pudieras opinar tú sobre estas consideraciones de J. Carlos Cremata con respecto al humor en Cuba?

-Cremata tiene razón en eso de que cada cacique manda en su tribu. Aunque al final todos respondan al mismo gran cacique. Y eso explica la suerte que han corrido las obras de Cremata. Pero no creo, por muy “deslenguados” que sean, que los humoristas lleguen hasta donde se atreve Juan Carlos Cremata. ¡Y no es que justifique la censura que ha sufrido…! Él mismo lo dice, que los humoristas dicen las cosas más directas, “menos trabajadas”; sin embargo, las obras de Cremata tienen una simbología muy fuerte, serán menos explícitas pero producen un efecto muy intenso, muy profundo en el espectador. Y también pueden ser humorísticas. Hace poco vi Crematorio y me divertí muchísimo.

Hace unos pocos años en la TV Cubana eran varios los programas humorísticos “pululando” por la preferencia del público. En una misma semana coincidían hasta dos de ellos. Muchos humoristas han muerto, otros han emigrado. ¿Serían la muerte y la emigración las culpables de la pérdida de espacio del humor dentro de la TV Cubana?

-Mmmm… Puede ser… No sé… Ahora mismo me preguntas por qué hay tan pocos programas humorísticos en la televisión y yo no puedo responderte. Por muchos humoristas que se hayan ido del país, todavía quedan otros tantos. Además, para mí los programas humorísticos no solo necesitan actores cómicos o comediantes. Una buena comedia necesita buenos actores que sepan desarrollar una situación. Si eres un buen actor puedes hacer cualquier cosa mejor que un comediante.

¿Alguna propuesta entonces?

Vivir del cuento-Yo creo que la televisión debe cambiar su forma de trabajo dadas las condiciones actuales. Y una solución sería dejar a los realizadores independientes realizar obras para la televisión.

En Cuba hay mucha gente con los recursos necesarios para hacer programas por cuenta propia. La televisión solo compraría el paquete y estoy seguro que saldría mucho más barato que si lo produjera ella misma. La parafernalia de la televisión es muy grande, hay dos choferes, dos que reparten la comida, dos camarógrafos locos por terminar de trabajar, un asistente, un asesor, un productor, tres sonidistas etc., etc.… En un grupo independiente, el director puede ser el editor, el camarógrafo también es el chofer y así sucesivamente. Hay que aprovechar ese talento y darle un espacio y trabajo. Antes de que se vayan.

Hablemos del fenómeno “humorístico” Pichy Boys. Doblajes de videos, casi todos con la misma temática de corte político (burla), y me preocupa mucho la empatía que un gran sector de la comunidad cubana residente en el exilio ha hecho con los Pichy Poys…

-A ver… permíteme que te interrumpa. Ese humor de algunos programas cubanos de Miami -salvo algunas excepciones como los de Alexis Valdés-, la impresión que me causa es de asombro. Me asombra que algo así se haga y me asombra que a la gente le guste. A mí me recuerda cuando nos disfrazábamos en la secundaria para hacer un sketch en la escuela al campo. Aquello era tremenda mierda pero la escuela se caía abajo de la risa, porque los alumnos estaban viendo a sus compañeros burlándose de los profesores y eso era hilarante. Era astracán duro y puro, que está bien para un sketch de aficionados pero no para un programa de televisión.

¿Le preocupa a Jaime Fort hacia dónde va el humor cubano con estos “ejemplos” a seguir? ¿Le preocupa a Jaime que el cerebro “deje de pensar” ante “el chiste” y se ría de forma cuasi mimética?

-Bueno, no creo que eso trascienda mucho ni sea referente para el futuro del humorismo cubano. No puede serlo. Los mexicanos también tienen pésimos programas humorísticos, igual que los argentinos, con mujeres medio encueras y esas cosas y al mismo tiempo han hecho un humor maravilloso como el de Les Luthiers. Hay público para todo.

Hablemos de un icono del humor en Cuba: Héctor Zumbado. Alguien cuyos libros se agotaban en las librerías en días. Actualmente, un libro como Limonada Joe -reconceptualizado- moriría devorado por las polillas en una librería. ¿A qué, o a quiénes atribuirías que actualmente los consumidores de humor carezcan del poder interpretativo y reflexivo que existía en el público cubano, consumidor de humor en los años 80?

-Coño, tú haces cada preguntas… Me estás hablando de lo mismo que al principio te definía como el Nuevo Humor. Es un humor liderado por Zumbado, un verdadero maestro, Carlos Ruiz de la Tejera, cuya obra interpretativa estaba formada en gran parte por los textos de Zumbado. El Conjunto Nacional de Espectáculos, Virulo y toda una horneada de grupos musicales y teatrales surgidos en las aulas universitarias, como La Seña del Humor de Matanzas…

Aquella generación de cubanos aprendió a conocer el humor, y a aproximarse a él de modo distinto, inteligente, interpretativo. La generación actual, digamos, no solo desconoce la existencia de esos programas de los cuales te hablaba ahorita, sino también de alguien como Zumbado.

-Para decir que a los jóvenes no les gusta o no consumen un humor más reflexivo, como del que me hablas, primero tienen que conocerlo y rechazarlo. Y no sé, pero tengo la impresión que no abunda y que el que hay no tiene el alcance del que te hablaba hace un rato. Por ejemplo, en Camaguey hay un émulo de Zumbado, se llama Alejandro Rodríguez Rodríguez, tiene un blog exquisito con crónicas de este tiempo y de su ciudad y de Cuba. ¿Pero quién lo conoce…? Actores como Doimeadiós, con espectáculos humorísticos de calidad, sí tienen muchos seguidores, pero hacen falta más Doimeadioses.

En fin, la atrofia del gusto estético actual en Cuba no es un algo exclusivo del humor, pasa con la música, con el cine, con la literatura… Pero seamos optimistas y pensemos que es algo pasajero. Y como dice Pánfilo: “Se habla mucho de la pérdida de valores, pero no siempre es así, porque en el agro los productos cada vez valen más…”.

Publicada en Cubacontemporanea 

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