“Si cada día, exactamente a la misma hora, uno realizará el mismo acto, como un ritual, sin cambio sistemático, cada día al mismo tiempo, el mundo cambiaría. Sí, algo cambiaría…”
Andréi Arsényevich Tarkovski
Ojalá pudiéramos cumplir con Tarkovski y tuviéramos la voluntad de transformar la tierra que pisamos regando cada día la semilla de la desobediencia. En cambio seguimos postrados, conformes con todo, incluso con el dolor. Resulta más fácil no hacer nada, seguir inmutables ante el abuso, las mentiras y sumirnos en el sufrimiento del exilio y la muerte.
Somos un pueblo que le rinde constante tributo a la muerte. Recordamos el fallecimiento de cada héroe, nos sumergimos en la pena de un entierro y hasta guardamos luto por varias semanas, no solo por tradición, sino para que la gente no piense que ya se nos olvidó la pérdida. ¿Por qué no celebrar la vida y dejar tranquilos a los muertos? Permitir que descansen no en el sentido del olvido, sino en el del apego constante a formalismos sociales que llevan a guardar un luto infundado, no sincero.
Resulta difícil levantarse con la ausencia de una persona querida, de repente sin previo aviso. Con el tiempo suele llegar la costumbre de la separación, y la soledad u otros seres intentarán ocupar el espacio vacío. Esa muerte constituye el fin del ciclo de vida de todo ser humano, peor es creerse vivo, hacer cada día lo mismo como un acto reflejo, no para cambiar, sino porque la mente no admite variación. Estamos rodeados de gente que sigue diariamente el mismo camino de manera automática por miedo a transformar algo pequeño en su día. En esos actos insignificantes de no dudar, gritar y evitar las curvas se introduce la muerte poco a poco hasta ocupar un lugar que resulta imposible desplazar.
De esta forma veo a miles de personas en las calles, despreocupadas por el pasado, el presente o el futuro de la tierra que pisan sus pies. Algunos andan con auriculares puestos sin importar que lleven compañía, han dejado la oportunidad de compartir las palabras y los silencios por el aislamiento de una música que no puede ser ni escuchada al interior de dos oídospor el ruido de la calle.
Al caer la noche cada de uno de esos caminantes, reproducido por esporas, vuelve a sentarse frente al televisor para quedarse dormido, roncar en el sofá y al siguiente día continuar con la misma indiferencia.
No se trata de que cada ser humano deba devanarse los sesos pensando en el porqué de cada paso, sería agobiante. Pero sí no ser un muerto andante, movido solo por los mecanismos de la sociedad, seguir cada patrón y regla sin preguntarse si se está o no de acuerdo.
Tengo fe en que aunque sea un pequeño grupo de personas continúe regando cada día el árbol seco en la cima de la montaña, no como rutina, sino a manera de rito salvador que implica creer en el riego diario. La constancia los hará despertarse un día con el florecimiento de las primeras ramas. Lo más probable es que nuestros queridos autómatas ni se percaten del cambio y crean que el frondoso árbol siempre estuvo allí, pero ya no importa porque algo cambió sin su ayuda.
por Susana Vázquez Vidal *. Tomado de la revista La hora de Cuba
*Susana Vázquez Vidal. (1989) Periodista, fotógrafa y profesora de la Universidad de Camagüey. suvazquev@gmail.com