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Fidel Castro y su miedo a la fe

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LA HABANA, Cuba.- Según declaró Su Eminencia Jaime Ortega y Alamino, en una entrevista que le hiciera Amaury Pérez Vidal, la iglesia en Cuba estaba “silenciosa” (y no silenciada) antes de la llegada del papa Juan Pablo II a Cuba en 1998.

El término empleado por el cardenal encierra en sí una falsa voluntad autoimpuesta que hace desaparecer de un plumazo toda la absoluta responsabilidad que tuvo el Partido Comunista, encabezado por Fidel Castro, en las persecuciones y proscripciones de las personas e instituciones religiosas en la isla durante más de treinta años.

El caprichoso uso del idioma, así como los demás retozos verbales del sacerdote en los momentos en que hizo alusión ―esquivando con fintas y sin llamarlo por su verdadero nombre― al presidio político en Cuba, molestaron a quienes advirtieron en su jerga “diplomática” no un acto de olvido o perdón sino un guiño de complicidad con el gobierno cubano.

Muchos televidentes quedaron boquiabiertos cuando el cardenal se refirió a la trascendencia del libro Fidel y la religión, aquel panfleto periodístico, firmado por Frei Betto, con que, a mediados de los años 80, el gobierno trató de disfrazar de conciliatorio su discurso ateo y radical que, en el panorama político de la región, lo hubiera alejado de algunos aliados (dígase el Movimiento de Pastores por la Paz, en los Estados Unidos, o el ascenso del sandinismo al poder, en Nicaragua) muy necesarios en momentos en que el marxismo leninismo de los soviéticos recibía la extremaunción.

En abril de este año, durante los “festejos oficiales” por el aniversario 30 de la publicación de Fidel y la religión, otra autoridad eclesiástica se refirió al libro. Esa vez fue el presidente del Consejo de Iglesias de Cuba, el pastor Joel Ortega Dopico, quien se deshizo en elogios acerca del volumen de entrevistas que hace apenas unos días el Papa Francisco recibiera como obsequio, de manos del propio Fidel Castro, durante la visita a la “residencia familiar” del ex mandatario cubano.

Pareciera que los líderes religiosos de la isla se hubieran puesto de acuerdo en la labor de saneamiento de la verdadera y dolorosa historia de las relaciones entre el gobierno cubano y las religiones, un asunto bien espinoso para el que será muy difícil invocar los poderes sanadores del olvido.

La virgen pasea las calles del Reparto Eléctrico, un lugar donde los militares no querían convivir con religiosos (foto del autor)

Está muy reciente en la memoria de los cubanos, y en su día a día, los desastres de la guerra que desatara el gobierno entre finales de los años 60 y mediados de los 80 contra cualquier tipo de manifestación religiosa, una ofensiva que prácticamente quedó establecida como ley, primero en los acuerdos del Congreso de Educación y Cultura de 1971, y más tarde en la Plataforma Programática del Partido Comunista nacida de aquel fatídico cónclave de 1975, donde se determinó “no estimular, apoyar o ayudar a ningún grupo religioso ni pedir nada de ellos”, y donde los gobernantes dejaron bien claro que no compartían las creencias religiosas ni las apoyaban.

Es en esa ominosa Plataforma Programática donde se introduce una resolución que legaliza la represión, basada en las tesis leninistas donde se define a la religión como “expresión de una conciencia alienada y anticientífica que debe ser superada” y donde queda bien claro cómo será el camino a transitar en la “construcción” de la “nueva sociedad”: “la edificación del socialismo supondrá la superación de la religión”.

Tal como reza el capítulo dedicado a la política ideológica del programa del Partido Comunista de 1975, este se esforzará “para difundir entre las masas las concepciones científicas del materialismo dialéctico e histórico y para liberarlas de los dogmas y prejuicios que las religiones engendran”, una tarea que jamás fue abolida oficialmente y que, en cambio, fue ratificada en el congreso del Partido Comunista de 1980, momento en el que aún a los creyentes les estaba prohibida la asunción de funciones públicas, a pesar de que, hacia el exterior, el discurso oficial proponía alianzas entre los cristianos de izquierda y el marxismo, teniendo en cuenta las circunstancias políticas en países como Chile, Nicaragua y El Salvador.

Ya desde mucho antes se había puesto en marcha el enfrentamiento a los religiosos. Según el Anuario Pontificio de la Santa Sede (1980), de los más de quinientos sacerdotes y de las casi dos mil religiosas que había en Cuba a mediados de los años 40, para 1980 solo quedaban en la isla unos 213 clérigos y 220 monjas a los cuales les estaba prohibido establecer colegios, así como usar los medios de comunicación.

Tan despiadado fue el ataque contra los creyentes que el propio Fidel Castro, en las entrevistas que concediera a Frei Betto en mayo de 1985, tuvo que admitir la existencia de discriminación contra los cristianos, aunque irónicamente la calificó de “sutil”: “Si me preguntan si existe cierta forma de discriminación sutil con los cristianos, te digo que sí, honestamente tengo que decirte que sí y que no es una cosa superada todavía entre nosotros” (Fidel y la religión, La Habana, 1985, p. 249).

Durante los años 70 y 80 centenares de maestros y profesores de los distintos niveles de enseñanza fueron obligados a abandonar las aulas por el “delito” de confesar su fe o por ser descubiertos en algún tipo de actividad religiosa, incluso por usar objetos como medallas o crucifijos que pudieran insinuar el pecado mortal del “diversionismo ideológico”.

Durante décadas estas manifestaciones estuvieron prohibidas y sancionadas (foto del autor)

En los barrios militares, como el Reparto Eléctrico, donde estaban terminantemente prohibidas las manifestaciones religiosas, existían “Comisiones de Vecinos” encargados de inspeccionar las viviendas para asegurarse de que los inquilinos no ocultaban imágenes o prendas afines con aquellas creencias consideradas un peligro en la formación del “hombre nuevo”.

A los templos católicos se les prohibió hacer sonar las campanas, no obstante se les pedía que las hicieran redoblar, como sistema de alarma antiaérea, durante los ejercicios militares de Preparación para la Defensa. Aún a principios de los años 90, recuerdo que el párroco de la iglesia de Los Pinos, en el municipio de Arroyo Naranjo, sostenía discusiones con las autoridades del gobierno que le reclamaban semejante contribución a la Patria y el socialismo.

En estos últimos días, cuando tanto se ha hablado de reconciliación, perdón y misericordia a algunos nos da la impresión de que en el fondo existe un reclamo de olvido total, con lo cual crece el peligro de que Cuba se convierta en el paraíso amnésico de los eternos retornos de esos mismos errores que nos han conducido al desastre social en que vivimos todos. Para construir ese futuro de prosperidad y paz que tanto pedimos y anhelamos los cubanos de adentro y los de afuera, no se puede comenzar ocultando o disfrazando las verdades.

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