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La derrota total

1303239527_0LA HABANA, Cuba.- El poscastrismo tardío, que empieza con el mismo castrismo, ha sufrido una derrota total. Podemos analizarla desde varios ángulos. El modo defensivo con el que se ha acercado a los Estados Unidos es uno y demuestra, aún con la arrogancia algo inmadura con la que se proyecta, que no tiene un plan de salida a su propia situación.

Un caricaturista lo refleja bien en una magnífica plumilla: un podio a la orilla del mar mirando al norte; un revolucionario parado en él, de frente, arengando al vacío, mientras el podio comienza a resquebrajarse ante la  sola presencia de una ola tsunámica con la inscripción ‘USA’ que, sin tocar tierra, muestra la fuerza con la que penetrará y desbordará el archipiélago.

Este mismo escenario lo había descrito con dolor, pesar y cansancio un viejo fidelista vecino el pasado 14 de agosto. Dijo entonces: “por fin el imperialismo puso su bandera en La Habana”; una manera de responder con una nota de depresión revolucionaria tanto a la ausencia de proyecto como a la irrelevancia social y política de toda la memorabilia antiimperialista.

Pero el ángulo de la derrota en el que quiero concentrarme es en el de la represión; ese recurso supremo de la impotencia. La represión puntual de la disensión no es una seña de derrota, sino de ajuste. Es corregir las salidas de tono, la voz que grita en el silencio del templo ante el asombro de los feligreses, o la ruptura de las reglas aceptadas y respetadas por todos; incluso, esta corrección puntual se da a veces el lujo de romper las reglas aceptadas y respetadas, como hacen todos los servicios secretos del mundo, sin que ello implique una derrota, justamente por su uso estrictamente puntual.

Sin embargo la represión sistemática por encima de las propias leyes, es decir la conversión de las prácticas de los servicios secretos en las prácticas públicas del poder contra los ciudadanos es el símbolo de una derrota histórica que se resiste a admitir que simplemente su tiempo terminó.  Esto es, la realidad tal cual es no pasa todavía a formar parte de la conciencia psicológica de los dueños de las pistolas, las cárceles, los tribunales y la fuerza, lo que los lleva a comportarse como forajidos, en el sentido técnico de fueras de la ley, sin problemas de conciencia social y política respecto de su propia estructura jurídica. Las prácticas vivas y documentadas de las Brigadas de Respuesta Rápida, organizadas y con guión, es una de esas acciones ilegales con las que el régimen y todos los ciudadanos que en ellas participan indican que la ley solo existe, y si puede ser interpretada, contra los que consideran sus enemigos. Y pocos se escandalizan.

Esta derrota de la represión represiva es más evidente ahora, después del 17 de diciembre, porque reprime sin pretextos.  Si la uniteralidad de Obama ha tenido un sentido claro es la de dejar el mensaje de que el único enemigo del gobierno cubano es el propio gobierno cubano. Y este enemigo es intangible porque se llama pavor.  Pavor a poner en práctica su propia ley de inversión extranjera, pavor a la comunicación abierta y a que se deshagan los hechos de sus propias denuncias históricas.

Y sobre todo pavor a la sociedad civil que no controla. Este miedo tiene una expresión patética y una resolución perversa que muchos represores viven casi con elegancia y dignidad. De pretender durante medio siglo la dominación completa del pensamiento individual, las autoridades se rinden ante la tonta y costosa pretensión de representación total de la verdad social y comienzan a manejarse con el discurso de que ellas no tienen problemas con el respeto al pensamiento ajeno, de que una prueba de su tolerancia es justamente que no les importa cómo piensan los opositores; es más, que promueven y debaten entre ellos los distintos puntos de vista porque reconocen que el pensar es libre.

Pero el reconocimiento de esta derrota pedagógica se queda a mitad de camino. Y si la vieja pretensión mostraba un desconocimiento de la cultura cubana, el intento de reprimir las consecuencias del pensamiento libre que dicen reconocer y respetar demuestra un desconocimiento de la unidad psicológica del ser humano: la acción específica a los seres humanos comienza en su cabeza, no en sus impulsos. Por esa razón las ideas tienen consecuencias, como la tuvo la idea de una revolución que ha supuesto el desastre de todo un proyecto de país y de nación históricos.

Resulta preocupante que la inteligencia de los servicios de inteligencia cubanos no esté guiada por la inteligencia política y por las viejas y recientes adquisiciones de las ciencias psicológicas.

Como indicaba Maquiavelo, los regímenes que pretenden durar solo pueden reprimir de un modo abierto, casi descarado y rompiendo toda legitimidad, al principio que se establecen y durante un corto tiempo. Para perdurar están obligados a establecerse sobre la legitimidad y el consenso, de lo contrario estos regímenes fracasan con el paso de las propias generaciones que le dan origen.

Perder legitimidad y credibilidad, tal y como sucede aceleradamente con cada revelación de las riquezas y los lujos de la élite; quebrantar el consenso social por la incapacidad para satisfacer las necesidades y expectativas de la gente; debilitar la narrativa sobre la que se edificó la llamada Revolución por todos los pasos que niegan su curso, sus discursos y sus textos fundacionales; vaciar las prácticas del gobierno por su divorcio con las leyes y la Constitución, y otras cosas bien feas, no se compensan ni con la audacia presumida de pretender que un régimen como el cubano tiene, a la altura de 56 años ininterrumpidos, capacidad ética para hacer un juicio moral sobre el resto de la gente, ―esto es realmente risible―  ni con la represión ilegítima y vivida como natural contra quienes, en toda lógica y coherencia, extraen consecuencias legítimas de sus propias ideas.

El terror blando contra personas, comunidades y familias que se instaura por toda Cuba; la detención prolongada e ilegal, como es costumbre, de activistas como el artista Danilo Maldonado; el uso tramposo de la ley común para juzgar hechos de naturaleza política, como en el caso de Los Tres del Papa, miembros de la UNPACU; el ataque inmisericorde a las Damas de Blanco y a la campaña #TodosMarchamos;  el registro y detención al periodista y abogado Roberto Quiñones; la ridícula e ineficaz vigilancia de las ideas en la frontera;  la persecución por todo el Oriente de jóvenes de la Mesa de Diálogo Juvenil; y el registro y detención domiciliaria del activista de la UNPACU Arcelio R. Molina, conocido como Shelly, no son signos de que el régimen está ganando una pelea asimétrica, sino la seña contumaz de un gobierno débil, cogido en su propia Trampa 22 de la que no tiene manera de salir airoso.

Solo cabe esperar que el régimen no empiece a matar gente como el siguiente paso en la política de reformas.

Written by CubaNet

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