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Evocación a los olvidados de la cultura cubana

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Alberto Bolet, Yolanda Hernández y Julián Orbón (fotos tomadas de internet)

Alberto Bolet, Yolanda Hernández y Julián Orbón (fotos tomadas de internet)

QUITO, Ecuador – Las notas de “La Bayamesa”, obra de carácter heroico, entonado por vez primera el 11 de junio de 1868, luego devenida en himno nacional cubano, fue el hecho que inició la secuencia de acontecimientos que culminaron con la firma de la capitulación de las fuerzas españolas en Bayamo, el 20 de octubre de 1868. En honor a este día, el 20 de octubre, se celebra en Cuba el día de la Cultura Nacional.

Tratando de dejar a un lado el nacionalismo y los sentimientos patrios para ser imparcial, no puedo ser injusto y ver la cultura cubana sólo como algo que se inserta en el contexto de Latinoamérica de forma similar a otros países del territorio. Si bien Gardel, Rivera, Frida, García Márquez, Villalobos, Revueltas, Piazzola, Amado, Vargas Llosa, entre otros destacados artistas e intelectuales, han alcanzado a través del tiempo una notoriedad admirable, el caso de Cuba merece destacarse por sus aportes a la cultura continental y universal.

En la pintura, Carlos Enríquez, Pogolotti y Lam triunfan en Europa con estilos y técnicas comparables a lo mejor del viejo continente. Dos jóvenes músicos paseaban por Francia, Alemania, España y los Estados Unidos sendas partituras, con las que revolucionaron la música culta del continente americano: los cubanos Caturla y Roldán han pasado a la posteridad. Es un hecho casi paradójico que una compañía de ballet, considerada entre las mejores del mundo y una verdadera escuela danzaria, se desarrolle en una pequeña isla. En las letras, Carpentier, Loynaz y Lezama resultan dignos de considerar como verdaderos símbolos de nuestra identidad.

A partir de 1959, con los cambios ocurridos en Cuba desde la perspectiva “revolucionaria”, la cultura se vio bajo el matiz de las propuestas y directrices que impusieron los representantes del gobierno comunista. Ya he tratado antes la histórica reunión del Dr. F. Castro con los intelectuales cubanos en los tiempos iniciales de la revolución y sus consecuencias para la cultura cubana. Recordemos sus palabras acerca de que “dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada”, lo que presupone una creación y un actuar dentro de los cánones establecidos como convenientes. Todo lo que se apartara de la línea revolucionaria estaba destinado a perecer en el olvido.

Si se realizara en Cuba una encuesta en la que se preguntara acerca de figuras de nuestra música como Alberto y Jorge Bolet, Julián Orbón, Enrique Ubieta, Zenaida Manfugás y otros tantos artistas, muy pocos podrían responder. La revolución se encargó de sepultarles para siempre, solo por haberse retirado de Cuba en la segunda mitad de pasado siglo, o de no regresar desde sitios distantes, para situarse “dentro de la revolución”.

Es correcto que los cubanos admiremos a Frank Fernández, Leo Brouwer y a Harold Gramatges, los que permanecieron en Cuba, unos identificados con el proceso revolucionario, otros con una posición neutra, sin pronunciarse en desacuerdo con el sistema, pero también han de estar junto a estos –que sin duda, son grandes–, aquellos que se marcharon o que no regresaron después de 1959.

José Rey de la Torre (1917-1994) es considerado uno de los guitarristas clásicos más significativos del vigésimo siglo, padre de la técnica de la guitarra clásica moderna, es desconocido por los cubanos. En 1959 ofreció la primera audición en Estados Unidos del Concierto de Aranjuez, de Joaquín Rodrigo, con la orquesta sinfónica de Cleveland. Esta gloria de nuestra cultura, merece ser tan venerado como Brouwer.

Una de las figuras más olvidadas y con muy pocas intenciones de redescubrir, por haberse radicado en los Estados Unidos, es Julián Orbón (1925-1991). Este genial músico obtuvo un segundo premio en el festival y concurso de composición celebrado en Caracas en 1954, con su obra “Tres versiones sinfónicas”. Merece el justo lugar que le corresponde dentro de la cultura cubana.

También está Alberto Bolet (1905-1999). De sólida formación musical, ofreció conciertos como violinista y dirigió numerosas orquestas en los principales escenarios del mundo: Londres, París, Viena. Su carrera profesional se desarrolló en los Estados Unidos, pero los cubanos lo desconocen.

Por su parte Aurelio de la Vega y Saavedra (1925) es desconocido, su música jamás se interpreta en nuestra isla. Discípulo del eminente Arnold Schönberg y profesor en San Fernando Valley State College, se estableció desde 1959 en Los Ángeles. Su obra es respetada por el público conocedor, por la crítica especializada y compositores de vanguardia. De la Vega y Saavedra es cubano, su música es parte de nuestra identidad nacional, independientemente del lugar donde esté su creador y de los motivos que determinaron su partida de Cuba en 1959.

En una situación similar, se encuentra el también cubano Enrique Ubieta (1934), compositor y director orquestal. Se radicó en París en 1964 y luego en Nueva York. Su música ha tenido gran aceptación en los Estados Unidos y ha sido interpretada por los más prestigiosos instrumentistas.

También radicado en los Estados Unidos, con formación musical impecable, becado por la Orquesta Sinfónica de Boston en la Universidad de Columbia, discípulo de Copland y Berstein, el maestro Francisco Nugué Piedra (1909-1966) nos entregó obras como “Sinfonietta”, “Suite cubana”, “Nocturno” y “Sinfonía Nº 1”, y los ballets “Lydia”, “Girasol” y “Medea”.

Esta es solo una pequeña muestra de los artistas olvidados, los que se han destacado fuera de su país en el campo de la música clásica. Este olvido intencionado se extiende a todos los ámbitos de nuestra cultura. Recordemos a nuestros intérpretes líricos que tuvieron que marcharse de Cuba: Ramón Calzadilla, Ninón Lima, Armando Pico, Esther Valdés, Hugo Marcos, Alina Sánchez, Linda Mirabal, Yolanda Hernández y Jesús Li, todos con carreras brillantes, dignos de representarnos en cualquier escenario del mundo.

Se ha pretendido dar la imagen de una defensa de la cultura y de rescate de sus grandes valores. La cultura cubana no debe quedar limitada a las tradiciones de carácter popular, a la música bailable, a los jóvenes trovadores o a aquellos que están “dentro de la revolución”. Los cubanos esperamos por el estreno o reposición de obras como “Manita en el suelo”, de Caturla, “La Rebambaramba” y “El milagro de Anaquillé”, de Roldán, “Ismaelillo”, de Teresita Fernández, las óperas “Abdala”, de Rafael Vega y “Amor con amor se paga”, de Piñera, entre otras del siglo XX, consideradas valores patrimoniales de la cultura cubana.

Este día, merecen ser evocados aquellos discriminados por las autoridades represivas de la dictadura. Aquellos que, como consecuencia, fueron olvidados por el pueblo cubano que siempre ha sido capaz de apreciar el buen arte, y tributar a quienes han contribuido a realzar nuestra nacionalidad e identidad ante el mundo.

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