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Cuánta razón tienen los niños

Verónica Vega

Cuanto razon tienen los niños photoHAVANA TIMES — Cuando mi hijo tenía cuatro años me soltó un día una avalancha de preguntas: ¿Por qué llueve? ¿Por qué los aviones no se caen? Y otras más difíciles de contestar: ¿Por qué hay guerras?

Según crecía, fue mostrándome contradicciones en las que yo no pensaba: ¿Por qué la gente fuma si en la misma caja de cigarros dice: “Fumar daña su salud”? ¿Por qué si se mata a una persona es “asesinato”, y si es a un animal, “sacrificio”? Al animal también le duele, grita, y si puede huye…

Una tarde llegó de la escuela y yo estaba viendo una película no apta para menores, así que le dije: Ve a jugar en tu cuarto, esta es una película violenta. Muy asombrado, preguntó: “Entonces, ¿por qué la ves?”

Por supuesto que a pesar del momentáneo estupor, uno logra articular respuestas convincentes, y el tiempo se encarga de transformar el asombro en indiferencia, la lógica de la vida en la de la sociedad, hasta el punto de que se olvidan este tipo de preguntas o simplemente se dejan de generar.

Pero como viajamos del pasado al futuro en círculo, en el umbral de la vejez uno empieza a cuestionarse las respuestas que recibió siendo niño, y que dio como padre. Se descubre dudando de la calidad de estas, y lo que es peor, admitiendo que se le han acumulado interrogantes parecidas:

¿Por qué se venden legalmente productos que “dañan la salud”? ¿Por qué “asesinar” sigue siendo relativo? ¿Por qué se producen películas cada vez más violentas? ¿Por qué a pesar de tantos siglos de civilización todavía hay guerras? ¿De qué sirve el progreso tecnológico si no garantiza la felicidad y ni siquiera la paz?

Hace poco, me surgió otra pregunta al ver el filme “Still Alice”, protagonizado por Julianne Moore, quien obtuvo un Oscar por la excelente caracterización de una mujer diagnosticada de Alzheimer prematuro. Su vida profesional empieza a desmoronarse, y por extensión su vida emocional, familiar, social… Pero lo que me pareció más escalofriante, es cuando el médico le dice: En los pacientes de alto nivel educacional, el deterioro (mental) es más acelerado.

Cómo no aplicar entonces la lógica aplastante de los niños: ¿cuál es la utilidad de una educación que se especializa en desarrollar el intelecto, pero no es capaz de preservarlo? ¿De qué sirve atiborrar la memoria de una información que no detendrá su degeneración?

¿Están los neurólogos a salvo de los trastornos neurológicos? ¿Son los psiquiatras inmunes a las enfermedades mentales?

Cómo, infringiendo sufrimientos “legales”, aspiramos a no sufrir, discriminando por unas razones, exigimos no ser discriminados por otras. Por qué no bastan los pactos bienintencionados ni las democracias, haber establecido derechos humanos y hasta animales, por qué hay tan abismal distancia entre proyecto y realidad.

Verdades como la que muestra el documental “Cowspiracy”, (que la primera causa de contaminación en el mundo es la industria de la carne), en la práctica no cambian nada. Se diluyen entre la efervescencia de las protestas, de los aplausos, de los debates, y la apabullante maquinaria del consumo.

Hoy admito que la madurez solo me devuelve a la vergüenza que me causaron las primeras preguntas de un niño y me pregunto cómo fue que llegamos a aceptar como lógicas, tan monstruosas contradicciones.

 

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