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Raúl Castro no expresó solidaridad con normalistas mexicanos

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Isbel Díaz Torres

Enrique Peña Nieto y Raúl Castro.  Foto: cubadebate.cu

Enrique Peña Nieto y Raúl Castro. Foto: cubadebate.cu

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HAVANA TIMES — A inicios de este mes Raúl Castro visitó México, como parte de ese proceso de búsqueda y ampliación del mercado internacional de la Isla, en el que están embarcados él y quienes le siguen en las altas esferas empresariales y militares cubanas.

Muy pocas cosas sustanciosas dijo el presidente cubano en realidad. Fue mucho más interesante enterarnos de boca de Enrique Peña Nieto, sobre detalles de los planes colaborativos entre las corporaciones y el Estado mexicano con sus pares en Cuba, a través de los cinco acuerdos firmados.

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Mientras, en una cena ofrecida por Peña Nieto, Raúl Castro tuvo oportunidad de revelar su deseo de viajar a México con frecuencia, a modo de visitas privadas, una vez que se retire del poder en 2018.

No quiero entrar a significar aquí lo ofensivo que resulta semejante cosa en boca de un político cubano que supuestamente promueve la igualdad social, en un país donde los ancianos retirados viven en condiciones precarias por la insuficiente ayuda estatal, y ninguno puede siquiera soñar con viajes a la Isla de la Juventud, mucho menos a México.

Lo que resulta sintomático y ayuda a entender los rumbos políticos e ideológicos de la Cuba actual, es que en todo su viaje, el mandatario cubano no se dignó a expresar solidaridad o, al menos, cercanía espiritual con los familiares de los estudiantes desaparecidos en Ayotzinapa ni con los miles de luchadores que en México reclaman por este motivo.

Habrá quienes esgriman cuestiones de protocolo diplomático, pero lo cierto es que en otros momentos de nuestra historia el protocolo no estuvo por encima de ciertos principios.

Por otra parte, no olvidemos que se trata de un Gobierno (el cubano) que insistentemente busca desacreditar a sus opositores a causa de sus vínculos (reales o inventados) con organizaciones o Estados promotores de la desestabilización política en la Isla.

¿Cómo se legitima, entonces, a un presidente cubano que tiene vínculos oficiales con otro gobierno que practica el narcoterrorismo de Estado, y hasta se regodea en frases afectuosas?

¿Volverá buena parte de la izquierda internacional a condonar tales dobleces a razón de la “excepcionalidad” cubana? ¿Hubo algo de excepcional en esa visita cuasi-empresarial de Raúl a México?

Ya vimos que Cuba se da el lujo de recibir a impresentables como el presidente iraní Ahmadinejad, el ruso Putin o la última tríada de Papas, íconos mundiales de graves violaciones de derechos a la comunidad LGBT, sin que, al parecer, ello implique costo político alguno para la élite gobernante, mientras refuerza nuestra propia historia (y presente) de violaciones de los Derechos Humanos.

Queda claro que el reinante “pragmatismo” de Raúl Castro sigue el viejo camino de alejar a los gobiernos de sus respectivos pueblos (¿podría ser de otro modo?), e insertarse a toda costa en el sistema económico mundial.

El proceso de actualización, del modo en que se implementa, no es más que la renuncia al cacareado proyecto de igualdad social y a la aceleración de la reconstrucción capitalista en la Isla, y para más desgracia, sin siquiera los elementos (cuestionables en su aplicación global, pero atractivos y necesarios) como Democracia y Derechos Humanos.

Written by Havana Times

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