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Reinaldo Arenas, un adelantado

MTE1ODA0OTcxMjcyMTQ0Mzk3MIAMI, Estados Unidos.- A 25 años de su muerte, todavía la obra de Reinaldo Arenas no ocupa el lugar que merece entre los grandes de la literatura de este continente en el pasado siglo.

Con libros como Celestino antes del alba, El palacio de las blanquísimas mofetas, y sobre todo, El mundo alucinante, pudo figurar perfectamente entre los escritores del boom de la literatura latinoamericana. Si no fue así se debió a su condición de escritor maldito, proscrito por una dictadura por entonces fotogénica e idealizada, a la que se oponía acerbamente, en momentos en que la izquierda señoreaba el mundo intelectual, y la corrección política, aunque aún no había materializado su ridícula tiranía, ya se insinuaba en el horizonte.

Política aparte, contra el reconocimiento de la obra de Reinaldo Arenas conspiró principalmente la homofobia, no solo de los mandamases machistas-castristas-leninistas, sino también de ciertas prejuiciadas vacas sagradas de la cultura oficial, hacedoras del canon literario según el realismo socialista a lo castrista, que no podían admitir que un advenedizo provinciano, holguinero, oriental, que para colmo no ocultaba que era maricón, así, con todas sus letras, irrumpiera con tal irreverencia en los muy exclusivos predios donde les toleraban pastar.

Hoy se dice fácil, pero hablamos de los 60 y los 70, cuando en muchos lugares del mundo, incluso del Primer Mundo, un homosexual era poco menos que un enfermo, un aberrado, que podía ser sometido a electroshocks y otras terapias que supuestamente lo curarían de su mal y le permitirían integrarse a la sociedad de “los normales”.

Si los libros de Jean Genet fueron un escándalo en la culta y tolerante Francia, pueden imaginar como sería recibida su version tropical en la Cuba de las UMAP, la parametración y las “recogidas de locas”.

Reinaldo Arenas, a la exclusión y la represión, al contrapaís de las fuerzas oscuras, de “la ramplonería monopolítica y rígida”, respondió de una forma cruda y desmesurada. Sus libros, cruelmente satíricos, particularmente su autobiografía y El color del verano, donde hace gala de una delirante fabulación, paródica, luminosa y festiva, además de un canto a la libertad humana, constituyen su venganza, su ajuste de cuentas con un sistema que exageró burdamente en solemnidades que ni remotamente se merecía y que aun no termina de probar su capacidad de producir monstruos, abyecciones y horrores.

Reinaldo Arenas, totalmente espontáneo y antiretórico, fue un adelantado para su época, cuando aún no se hablaba, al menos en Cuba, de cosas tales como el posmodernismo y la intertextualidad. Y lo fue sin poses ni pretensiones.

Tal vez por todo eso, para algunos remilgados académicos y estudiosos, el reconocimiento pleno de su obra y de su importancia, que implicaría poner en solfa a la dictadura a la que tercamente siguen llamando revolución cubana, sigue siendo un sapo demasiado grande y urticante para tragárselo de un golpe.

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Written by CubaNet

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