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Cuba en la Memoria: El Testimonio de Rubén Cortés

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La colección Ensayo Personal que publica Ediciones Cal y arena ha puesto en circulación el libro de Rubén Cortés Un bolero para Arnaldo. Memoria personal de Cuba, que se presentó en la FIL de Guadalajara. El Cultural comparte una lectura incisiva de José Woldenberg|Foto: www.cubaencuentro.com

La Razón-. Me gustan los testimonios personales. Los leo con placer, interés y unos gramos de morbo. El placer deriva de la posibilidad de asomarse a la recreación subjetiva de una experiencia. El interés por el acercamiento a otras vidas, otros hábitos, otras trayectorias. Y el morbo porque vivir no es fácil y no me pidan que explique esta última observación. Los testimonios nos ayudan a comprender o a comprender a medias cómo otros han forjado sus propias biografías. Asunto que de por sí resulta fascinante. (Con una condición: que los otros nos importen.)

De manera obligada recrean una época, usos y costumbres, las coordenadas anímicas, intelectuales y políticas de un periodo. Nos acercan a situaciones y momentos que marcaron rutinas y trayectorias. Pero sobre todo me gustan porque los testimonios son únicos, personales, intransferibles. Cien personas ante las mismas circunstancias pueden y de hecho ofrecen versiones distintas. Porque cada individuo es irrepetible. De ahí la grandeza y la incapacidad de asir eso que llamamos existencia colectiva. Y cuando los testimonios tienen entraña y verdad entonces se vuelven perdurables.

En Un bolero para Arnaldo (Cal y arena, 2015), Rubén Cortés nos ofrece el relato de un transterrado, la recreación del alejamiento y reencuentro de una familia, una aproximación, desde la médula, con el lugar de origen (Cuba), el proceso de desencanto con una apuesta política que suprimió las libertades y una reconstrucción vívida e intermitente de las relaciones entre un hijo (Rubén Cortés) y su padre (Arnaldo).

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Se trata de la lenta agonía de un hombre que a los 74 años “se cansó de estar despierto”. Un hombre que antes andaba en bicicleta, fumaba tabacos (que no “habanos”, porque al parecer eso molesta a los guajiros), nacido en 1938 “gracias a la última fecundación de blancos nacidos en la isla de emigrantes españoles”, tejedor de amistades que debían durar toda la vida; un hombre que no se metía con nadie pero nadie se metía con él. “Llevaba a la cintura un cuchillo con vaina de cuero” y era dependiente, sin rubor, de su mujer (a pesar de ser un macho hecho y derecho). “No tenía preparación académica”, pero sí “sentido común”. Jubilado a edad temprana por aspirar en la mina “un polvillo letal” se “quedó a cuidar vacas”. Y le enseñó a su hijo las “pequeñeces que hacen la felicidad”. Resignado, sin fuerzas o talante para enfrentarse a la Gran Utopía, “resistió con nobleza y alegría su existencia”. Y a pesar de que en alguna ocasión estuvo preso, tres días incomunicado, “jamás guardó resentimiento por aquel abuso”.

Se trata de la historia de su hijo que acaba migrando a México y estableciéndose entre nosotros. Un niño que se bañaba en las aguas del río Guamá, que escuchaba las historias y consejas de los amigos negros del padre, que mamó en su casa un cuadro de valores elementales por fundamentales y que el día que se despide de su padre comprende por qué para el viejo Cuba es el mejor país que existe. Hijo de un cubano alejado del estereotipo; un “viejo” que no bailaba, que no tomaba ron, que no le gustaba la fiesta, Rubén Cortés que salió de Cuba como emigrado el 15 de octubre de 1995, partió convencido de que no quería regresar a vivir en la isla, pero sí volver de vez en vez a visitar a la familia y “los lugares donde alguna vez había sido feliz”. 18 años después, el 30 de enero de 2014 abandona Cuba “como exilado” y sin ninguna liga que lo ate ya a su país de origen. En ese lapso se transformó en otro. Escribe: “Consideré que, a los treinta años, si me esforzaba y conseguía amar otra tierra, podía limpiarme de la viscosidad utópica y dejar de ser un mono con una bisagra en la nuca para asentir, y dos platillos en las manos para aplaudir”. En ese tiempo se hizo más mexicano que cubano, “más ceremonioso que efusivo”, se involucró en la vida periodística y política de su nueva Patria, perdió la esperanza de un cambio en Cuba, pero sobre todo logró reencontrarse con toda su familia lejos de la isla (en Miami y México). Fue el punto final de su relación con Cuba. Bueno, eso afirma, aunque uno piensa que esa relación —difícil, cargada de amor y de odio— no caducará nunca.

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Afirma Cortés: “A los 31 años, México me dio derechos de voz propia, de votar por mis gobernantes, expresarme con libertad, de no temer de los otros al hablar, el derecho a ser yo mismo, a no tener que fingir ni simular para crecer”. Lo escribe con un énfasis categórico, sin remilgos, valorando lo que ello significa. Y me pregunto: ¿será que las libertades solamente se aprecian cuando se ha vivido sin ellas?

El relato es también una saga familiar que arranca con los abuelos españoles, transcurre con el matrimonio granítico de los padres, con una viudez estoica —la del padre— que “a lo largo de los quince años que sobrevivió a la madre nunca dejó de ir al cementerio a ponerle flores los domingos”, y desemboca con el abandono de la isla de hermanas, cuñados, sobrinos y la reunificación familiar. Una vez que ello sucede, Cuba queda atrás y Cortés cierra no sólo un capítulo de su biografía sino de la historia de una familia. Veremos. Porque las historias suelen fluir por múltiples veredas y los finales nunca se pueden establecer de antemano.

El testimonio es también una dura crítica al ambiente viciado en Cuba. Se trata de la Gran Utopía (Cortés evita llamarla Revolución) convertida en dictadura. La añoranza por un pasado lejano en que la libertad de prensa y los procesos electorales ofrecían distintas opciones y la forma en que los nuevos usos y costumbres fomentaron “la simulación política y la doble moral individual y familiar”. Escribe Cortés:

La Gran Utopía sacó lo peor de los cubanos, al obligarnos a luchar para vivir, lo cual nos hizo ceder espacios a la dignidad con tal de alcanzar una vivienda, un buen trabajo, un viaje al extranjero y privilegios como comer salchichas o usar papel sanitario. Todo tipo de prosperidad dependía del Estado… Para sobrevivir, la gente era capaz de cualquier bajeza o delito, como justificar en su entorno cercano la prostitución y el robo, sin cuestionamientos morales. Todo estaba justificado porque se estaba luchando para vivir…

Se trata no sólo de un deterioro material, sino —según nuestro autor— de un quebranto ético. La tragedia de la prostitución de los años noventa, la genuflexión política, la delación como mérito, se instalan y construyen un ambiente opresivo. La supresión de las responsabilidades individuales y los afanes por sobrevivir, en un espacio copado por los aparatos del Estado, generaron —nos dice Cortés— servilismo, resignación sorda, vileza.

El relato está además salpicado de “historias ejemplares” o de estampas que Cortés dibuja para ilustrar los resortes de otros tiempos. Así, aparece Carlos Téllez, boxeador profesional al que su manager le ofrece una buena cantidad de dinero si se dejaba caer en el quinto round. Téllez, “que no tenía donde caerse muerto”, le “rajó la cara de un navajazo” a su “mentor” y por supuesto fue condenado a diez años de prisión. O la de Arcadio Esquijarosa, que al enterarse que su hijo recién nacido era blanco, fue a matar al verdadero padre de una puñalada. Biografías que merecerían su propio relato, pero que como suele suceder, vistas a la distancia, son sólo un poco de sal y pimienta en la vida de los otros.

En el libro hay también una lectura compleja y perturbadora (para mí) del asunto racial en Cuba. Un seguimiento del peso específico de los diferentes linajes y entiendo que una preocupación por el decrecimiento numérico de los blancos en un país cada vez más negro. (Que yo no concibo como preocupación). Un tema que Cortés trata no sólo como un resultado del “sincretismo cultural” al que contribuyeron en la isla los españoles y los negros, y también “chinos, yucatecos, árabes y judíos”, sino como un efecto no planeado de la “Gran Utopía”. Puesto que la proporción de blancos que salió del país fue mucho mayor que la de negros, al tiempo que la migración de blancos hacia Cuba ha cesado.

Otro tema espinoso es el tratamiento de las Escuelas en el Campo. Adolescentes entre 12 y 18 años “en plena explosión hormonal” —nos dice Cortés— fueron trasladados para estudiar en planteles alejados de sus padres, a los que veían sólo “un fin de semana al mes”, lo que según el texto de Cortés hizo que los códigos morales de la generación anterior volaran por los aires. Eso derivó —dice de manera socarrona— en que los hijos no se parecieran a sus padres. Hay en ello algo más que una añoranza conservadora, es creo una reivindicación de la familia como ámbito formador en cierta escala de valores. Escribe Cortés: “Venía de una generación en la que las familias actuaban por códigos rígidos que la Gran Utopía modificó porque el Estado arrebató a los padres, por decreto, la responsabilidad de la crianza de los hijos y, en lugar de enseñarlos a ser educados, les enseñó a ser sumisos”. Hay en esa veta todo un tema que en efecto ciertas corrientes “progresistas” tienden a minusvaluar: el papel de la familia en la formación de las personas. Pero creo que nuestro autor llega muy lejos cuando afirma que “aquella generación —la de sus padres— no pretendía el amor de sus hijos: quería su respeto. Por eso no les perdonaba la primera falta, para no ser víctima de la última… ”. Hay en el texto una melancolía, desde mi punto de vista poco justificada, por la disciplina de antaño, que lleva a Cortés a observar con benevolencia incluso la violencia contra los hijos. Pregunto: ¿Cuántas biografías fueron arruinadas por el supuesto uso pedagógico de la violencia?

El restablecimiento de relaciones diplomáticas entre los gobiernos de Cuba y Estados Unidos creo también que es mal tratado en el libro. Cortés les da voz a los viejos de La Ventanita en Miami, escépticos, doloridos, cargados de rencor. Razones tienen, pero no creo que tengan la razón. Al futuro nadie lo conoce y estamos ante un momento plástico que eventualmente puede contribuir a una cierta apertura democrática. Por supuesto que ambos gobiernos —el de Estados Unidos y el de Cuba— tienen horizontes distintos, pero en la historia suelen entrelazarse lógicas encontradas que acaban por modelar los acontecimientos de una manera extraña. Creo que lo mínimo que merece ese puente de entendimiento es el beneficio de la duda.

Estamos pues ante un libro complejo, por momentos conmovedor, que ofrece una luz personal para observar la realidad cubana y para pensar en el siempre difícil —y en ocasiones promisorio— tránsito de una existencia a otra.

Written by @norismarnavas

Productora de contenido en Cubanos por el Mundo. Locutora certificada. Profesora universitaria. Investigadora

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