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¡FIN DE MUNDO! Husein Qarni, el Guiness en ahorcamientos

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Husein Qarni acude a la cita con media hora de retraso. Es mediodía y los mercaderes inundan las callejuelas de su barrio, un distrito populoso a las afueras de El Cairo. Las gallinas, aún vivas y despreocupadas, revolotean a las puertas de las carnicerías que jalonan el itinerario. En los puestos cercanos, las clientas rebuscan las verduras más apetecibles.

Hussein

A sus 68 años, Husein cruza el vecindario con la agilidad de un chiquillo y un saludo perpetuo prendido de la boca. Su figura corpulenta y erguida no pasa desapercibida. Menos aún el apretón que protagonizan sus manos -gigantescas y robustas- cuando este hombre de pelo cano y mostacho aparece al fin por el café. “Necesito una shisha (pipa de agua) para despertarme”, dice antes de desplomarse sobre el sillón.

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Hay poca parroquia en el local. Un puñado de gatos duermen acurrucados en los asientos contiguos mientras unos cuantos adolescentes vestidos con pantalones pitillo miran absortos sus teléfonos móviles. El televisor de plasma retransmite un partido de fútbol. Entretanto, Husein -el más viejo del lugar- alterna las caladas de tabaco con los sorbos de té. Y habla sin parar.

Ni siquiera frunce el ceño cuando se le pregunta a bocajarro por el oficio de verdugo que ha ejercido durante décadas. “Era cabo de la Policía y me presenté en el departamento de prisiones. Me eligieron para el puesto por mi cuerpo fuerte ymi personalidad dura“, recuerda el jubilado. Corría el año 1990 y en cuestión de días Husein pasó a ser el ejecutor oficial de Egipto.

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“Lo básico que debe tener un buen verdugo es buen cuerpo, mente abierta y don de palabra.”

“Lo básico que debe tener un verdugo es buen cuerpo, mente abierta y don de palabra. Debe ser, además, una persona respetuosa, sin antecedentes criminales y que goce de una buena relación con Alá. En este oficio están prohibidos los mujeriegos”, relata. Hasta que hace un lustro colgó el uniforme, sólo un hombre ostentaba el título de ashemaui -como se denomina popularmente en la tierra de los faraones al verdugo en honor a uno de sus pioneros, Ahmed Ashemaui-. Desde entonces el número de condenados a muerte ha obligado al Estado a repartir la profesión entre una decena de jóvenes para los que Husein es un auténtico mentor. “Es un oficio singular. Trabajaba toda la semana viajando de un lugar a otro. Me mandaban a Alejandría (norte del país) o a Asiut (sur). El nombre del próximo ejecutado me lo proporcionaban sólo con 24 horas de antelación, y yo dedicaba el tiempo de espera a prepararme físicamente”, rememora desde el pequeño y destartalado salón de su apartamento. El piso ocupa la segunda planta de un bloque lúgubre y humilde al que se accede desde una puerta diminuta. “El reo sólo era informado de su suerte en la hora previa a su muerte. Ni siquiera avisaban a sus familiares porque, si estaban al tanto de la fecha y la hora, podrían causar problemas”.

La soga y la tortura

Husein guarda aún su instrumental entre las cuatro paredes de su hogar, encima de un mueble atestado de cachivaches. Junto a la soga también almacena algunos libros y revistas dedicadas a la historia de la tortura, con especial atención a las amplias y despiadadas fechorías de la inquisición española. “Hubo muchos métodos diferentes de ajusticiar pero hoy el único permitido en Egipto es el ahorcamiento”, explica mientras sus dedos manosean la cuerda y estrujan el nudo. Es un acto reflejo que realiza sin acallar la voz ni dedicarle un vistazo al trámite. “En realidad la persona colocada en el cadalso muere en apenas unos segundos. La dejamos colgada durante un cuarto de hora para que, tras romperse el cuello, la sangre baje y no brote al retirar el cuerpo”.

Confiado en ser la mano de Dios, Husein no balbucea ni deja que los rostros a los que arrebató la vida le amarguen su retiro. “Nunca -reconoce- he tenido problemas para vivir. Al contrario. Yo lo único que he hecho es cumplir órdenes y restituir el derecho de aquellas personas que fueron asesinadas por los condenados. Por eso a menudo, cuando estaba a punto de ejecutarles, sentía que aquellos que tenía delante habían cometido el crimen contra mí y que yo estaba allí para cobrarme la venganza. Los parientes de los asesinados me agradecían haber acabado con el calvario. Es un castigo que Alá dicta en el Corán”.

“Los crímenes de las mujeres (unas 200) que ahorqué estaban relacionados con celos o adulterios”

En el país del Nilo -a diferencia de las cercanas Arabia Saudí o Yemen-, las penas se cumplen sin presencia de público, huérfanas de fotógrafos y envueltas en el más absoluto hermetismo.

En su ajetreada vida laboral, Husein transitó las principales cárceles del país árabe donde aún hoy los presos viven hacinados y padecen el martirio de torturas sin fin y celdas insalubres. “Mi lugar de trabajo eran una docena de prisiones donde había una habitación preparada para los ahorcamientos, con un cadalso de madera”, rememora el verdugo, quien poco antes de firmar su cometido tenía acceso a la ficha criminal de los ajusticiados. “Me la proporcionaban desde el comité encargado de arreglar las citas y me servía como acicate para llevar a cabo mi tarea”, admite este empleado solícito y ejemplar que trata de calmar cualquier inquietud por el dolor del convicto. “No sienten demasiado. Es un golpe seco y, después, la muerte. Como si tomaran droga y durmieran para siempre”. El encuentro con el patíbulo tiene sus ritmos. “Se suelen llevar a cabo a las siete de la mañana. A la persona se la prepara desde las tres de la madrugada. En el momento final solo hay funcionarios. No se aceptan más asistentes”, apunta Husein recostado sobre el rudimentario sofá de su salón.

En su memoria, sus años de servicio en el corredor de la muerte se amontonan con cierto orden. No ha perdido la cuenta de quienes perecieron bajo su yugo. “Desde que entré como asistente del verdugo he ejecutado a 1.070 personas. Aparezco en el libro Guinness de los récords. Tengo la cifra más alta de ejecuciones en todo el mundo”, presume sin disimulo.

En el cómputo que exhibe con orgullo hay una retahíla de clanes rivales del sur del país; miembros del hampa y psicópatas que tienen reservado un lugar destacado en la crónica negra local. “Maté a Ezzat Hanafi y su hermano Hamdan [cabecillas de una red que había firmado un centenar de secuestros en el sur del país], que habían construido un Estado dentro del Estado”, cuenta Husein. Asegura, en cambio, no haber segado la existencia de ningún preso político, que hoy engrosan alegremente la lista de condenados. Sí acabó, en cambio, con algunos militantes de Al Gama al Islamiya, la ex organización terrorista que renunció a las armas en 1999 y abrazó la hoy clausurada vía política tras la revolución que en 2011 desalojó del poder a Hosni Mubarak.

Del pelotón que pasó por sus manos atesora incluso algún que otro dato estadístico llamativo. “El 20% de las ejecuciones -desgrana- se correspondían con mujeres. Todos sus crímenes estaban relacionados con los celos y el adulterio. Por ejemplo, una esposa que urde con su amante el asesinato de su marido o una cuñada desdichada que secuestra a los hijos de su hermano y los termina matando”.

Con tal procesión de enviados a la horca, la mano ejecutora reconoce que alguna vez ha sospechado de la inocencia de quien se hallaba a un paso del trance. “En una ocasión -evoca- llegó un policía que había sido condenado después de haber sido increpado por una mujer en la calle y por error se le disparara el arma. No hubo más remedio que cumplir las reglas”. En cualquier caso, Husein carece de remordimientos. “Yo soy el verdugo de la administración de prisiones. Si liquido a algún inocente, no soy yo el culpable sino el juez que dictó la sentencia“, insiste en varios momentos de la entrevista. Tampoco posee el más mínimo recuerdo de días carcomidos por la angustia de haber ahorcado a tantos compatriotas. “Las primeras tres veces no te sientes bien pero luego uno se acostumbra. Nunca he tenido problemas para conciliar el sueño”, replica con una mueca de felicidad.

Llegar a final de mes

Con siete hijos -hoy casi todos emancipados-, su verdadero martirio fue siempre llegar a final de mes. “Tenía pesadillas en las épocas en las que no había ejecuciones. Mi sueldo era de 16 libras egipcias (1,8 euros) y ganaba un extra de cinco libras por cada trabajo. Con tres ejecuciones al mes doblaba mi salario”. Cuando le alcanzó la jubilación tras medio siglo “aprendiendo en las cárceles”, su paga llegaba a las 450 libras (unos 52 euros). Para fortuna de este padre de familia, el precio por cada caído también se había incrementado hasta las 100 libras (11,7 euros).

Las remuneraciones explican, en parte, que unas de las jornadas laborales de las que Husein guarda más grato recuerdo fuera aquella mañana de 1998 en la que se las vio con una banda de narcotraficantes capturada en las aguas del estratégico canal de Suez. “Fueron 10 ejecuciones. Una tras otra. Nos llevó toda una mañana”, comenta. Aquel mismo año logró que el entonces ministro del Interior le costeara el hajj, la peregrinación a los lugares santos de La Meca que cualquier buen musulmán tiene que realizar al menos una vez en la vida. El dibujo de aquel periplo cuelga de unos de los muros del descansillo que da la bienvenida a su hogar.

A pesar de las primas y las historias que su padre se traía del trabajo, ninguno de sus vástagos siguió el oficio. La mayoría se buscó el pan en empresas del extrarradio de El Cairo. “Uno de mis hijos es enfermero”, agrega quien aún mantiene contacto con sus antiguos colegas. “Me quedé tres años formando a los nuevos verdugos. A veces me consultan porque soy un profesional y tengo mucha experiencia”.

Hoy continúan su labor “jóvenes fuertes y musculosos, bien escogidos”. Durante los últimos siete meses hemos tratado sin éxito de contactar con los sucesores de Husein, los que protegen su legado en mitad del insólito y desbocado furor por las penas capitales que se viven en la judicatura egipcia.

Fuente: El Mundo

Written by María Fernanda Muñóz

Periodista venezolana. ¿La mejor arma? Humanidad. Pasión se escribe con P de periodismo

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