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Jovenes “No Future” y amor a clicks de distancia

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Helen Hernández Hormilla  (Progreso Semanal)

¿Qué hacemos? Foto: Randy Rodriguez Pages

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HAVANA TIMES — “¿Estás?”… Pregunta ansiosa, contando los segundos -minutos- en que tarda en aparecer la respuesta esperada. La conexión a internet es muy lenta, pero lo consiguen. Desde un teclado táctil alguien acaba de escribir: “sí mi vida, estoy contigo”.

Así comienzan casi todas las tardes, cuando Adria inventa una excusa para quedarse después del horario de clases en la oficina y robarse un poco de internet para chatear a sus anchas. Sin nadie, hay más velocidad de conexión, y de paso se libra de la mirada indiscreta de sus compañeras, que ya comentan por la espalda cuán desmejorada está desde la partida del novio hacia Estados Unidos.

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No es que no imaginara la tristeza que le esperaba, la incertidumbre, la soledad, el duelo. Desde que lo conoció se está preparando para estos momentos. Leonardo lo advirtió en la primera salida: en menos de un año saldría para México con un contrato de trabajo y de ahí cruzaría la frontera para irse a vivir con unos tíos, hasta que él mismo lograse salir adelante con su ingeniería automática.

Quiere tener casa propia, carro, vacaciones, dinero para ayudar a su madre. Desde Cuba, lo resumía en una frase: “Aquí no hay futuro”, aunque hasta el momento solo lava los platos en un restaurante de South Beach.

Adria, más optimista, le gustaba impartir clases en la universidad y no tenía planes de dejar la isla hasta terminar su maestría. Los proyectos de ambos, a largo plazo, no acoplaban. Pero se conocieron, comenzaron a salir, se gustaron, se sintieron seguros.

Flaquearon. Incumplieron el trato de la relación informal, por entretenimiento. No les sirvió la conversación donde sentaron acuerdos para no comprometerse, no necesitarse, no compartir planes. Desacataron sus propias reglas, una por una. Y llegaron a ese punto de no retorno, a la irracionalidad sentimental que los mantiene conectados al chat, a la wifi intermitente de Nauta, a los SMS de sitios gratuitos y las llamadas perdidas con timbres codificados.

Mirando mas allá del Malecón habanero.

– UNO: Recibí tu mensaje.

– DOS: Te extraño y te amo.

– TRES: Tengo algo que decirte.

– CUATRO: Coge la llamada, urgente.

Repiten a quien encuentren que son el amor de la vida del otro, con la seguridad de sus veintitantos. Idean rutas extravagantes para la comunicación, se dan ánimos mutuos y hacen caso omiso de los resquemores hacia la cursilería cuando copian y comparten poemas en Facebook, envian stikers y emoticones con corazones enlazados, recuperan fotos de la infancia y las montan en collages, dedican canciones y graban mensajes de voz y videos en memorias flash que viajan las noventa millas en el equipaje de algún conocido.

Se casaron hace nueve meses, unos días antes de que Leonardo llegara a la Florida. Él piensa reclamarla cuando obtenga la residencia estadounidense, gracias a la Ley de Ajuste Cubano. Con suerte, ella podría llegar 14 meses después. Más de dos años de espera.

Miro el retrato del beso de su boda, la firma de los testigos, la fiestecita en la azotea. Parecen felices, pero tienen miedo. Sufren, calladamente, porque se saben jóvenes y con posibilidades de agotarse. Han visto a muchos flaquear ante la soledad, los celos y la incertidumbre. Temen acostumbrarse a la distancia.

Adria me lo confesó con los ojos llorosos, mirándose al espejo de los míos, pocos días antes de que yo partiera de La Habana buscando el amor. Leo lo revela en sus silencios, cuando enmascara las dudas con planes ambiciosos de progreso que describe en nuestras conversaciones telefónicas en Estados Unidos.

Quiero pensar un destino feliz para su idilio inconcluso, pero no es sencillo. El éxito depende sobre todo de la voluntad que tenga cada uno para mantener el ritmo de esperanzas y comunicación. Depende también del dinero, de las relaciones internacionales, de si Adria consigue o no aquella beca en México, de un poco de suerte.

Relatos como el suyo los he escuchado una y otra vez en La Habana y Miami, son letanía en las conversaciones con mis amigas. Resultan parecidos a mi propio cuento.

La mía es una generación de jóvenes marcados por la distancia, con el deseo de emigrar pisándonos los talones, serpenteando el destino de cada uno. Algunos asumen el proyecto de irse de Cuba interponiendo una especie de blindaje emocional para protegerse de las ataduras que implica enamorarse cuando aún no ha comenzado la vida en el país de destino.

En la práctica, casi nunca se consigue porque, en el momento menos indicado, suele aparecer alguien capaz de saltarse las corazas. Con esa persona, urge entonces una nueva angustia por la partida, la desesperación de la soledad, los planes de reencuentro.

Hace unos días, desde La Habana, Cloe me confesó su pánico cada vez que conoce un muchacho, porque sus últimos tres novios se han ido del país y le ha costado mucho recuperarse de las rupturas. Tiene un hijo pequeño, una profesión, un apartamento, y no quiere emigrar. No obstante, termina preguntándose si esa voluntad de permanecer en la isla terminará privándola de una pareja estable.

Ivet, que aun carga en los brazos a su primera niña, puede que pronto se quede sin la compañía del esposo. Él quiere ir a trabajar a un país latinoamericano, para hacer dinero, y ella probablemente tendrá que enfrentar sola los años más duros de la crianza de su hija.

En Miami, Delia vive el sobresalto por encontrar la ruta para que su esposo llegue lo antes posible a reunirse con ella. Es una relación nueva. Lo conoció cuatro meses antes de viajar a Estados Unidos, y aunque rompió todos los planes previamente estructurados, se niega a desechar ese sentimiento que ambos tomaron como un obsequio de vida. Desde entonces, él ha intentado dos veces llegar a Estados Unidos por mar, en una balsa, infructuosamente.

Conozco sus razones. He sentido en mis zapatos esa zozobra cuando despedí a alguien que se llevó lejos la felicidad. Me hice adicta al chat, conseguí una visa, dejé todo, me atreví, vine a buscarlo. Pero para la mayoría de los jóvenes cubanos, no es tan fácil hacerlo.

Amores malogrados, renuncias, espectaculares reencuentros marcados por el deseo- o la necesidad- de irse de Cuba. Parecieran, entre tantos conflictos asociados a la emigración en tsunami de la isla, los menos trascendentes. Sin embargo, cuando la juventud de un país cifra casi todos sus proyectos afuera, una parte del alma social ronda el peligro de difuminarse. Me pregunto si se pondrá en juego, también, la confianza ilusoria de que con amor todo se puede.

Written by Havana Times

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