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Un día cualquiera en Cuba

Osmel Ramírez Alvarez

Foto: Christian Bernfeld

HAVANA TIMES — Me levanto temprano, no por falta de sueño, ni por ser tan laborioso, sino por sentido de responsabilidad. Numerosas tareas reclaman mi esfuerzo, en faenas comunes que me permiten salir a flote, “sobrevivir”.

Como un ritual, apenas abandono la cama, echo un vistazo a mi título universitario colgado en la pared. Luego me siento listo para ejecutar trabajos que nada tienen que ver con mis estudios superiores. Desayuno al vuelo, alimento mis cerdos y como por inercia volteo los sembrados, aunque hoy no pretendo trabajar en ellos.

El tabaco va bien, las hojas están grandes y sanas. La naturaleza ha sido dadivosa con las lluvias. El valle de Mayarí es una de las zonas más privilegiadas del país para ese cultivo. Los frijoles se arrastran de tantas vainas y el tomate, viento en popa. Todo indica un año próspero.

De vuelta a casa oteo con dolor mi computadora, porque carezco de tiempo para escribir o estudiar en ella. Es en verdad lo que más me gusta e identifica, sin embargo solo le dedico dos o tres horas antes de dormir. Sueño con el día en que me adsorba un tercio o más de mí tiempo. Pero eso es cosa del futuro, ahora hay que tener mente práctica y los sueños en stand by.

Varias gestiones atrapan mi día, odiosas por cierto, pero ineludibles. El consultorio médico, el banco, el policlínico y la oficina de la vivienda. Para consultarme tuve suerte: la cola duró solo 30 minutos y el médico tenía modelos de recetas.

En el banco fui menos dichoso, estuve casi una hora y un calor claustrofóbico me agobiaba. Herméticos cristales rodean el local y el aire acondicionado estaba apagado. Tienen un plan de consumo eléctrico muy pequeño y la solución es ahogar a los clientes retirando la climatización. Lo peor es que me faltaba una firma y debía volver al otro día. No resolví.

Me dirigí a la oficina de vivienda para chequear la posible legalización de la casa de mi hermana. Ella la compró antes de que se permitiera. Mucha gente por necesidad arriesgó su dinero en compras ilegales y el estado se las intervino. Mi hermana, por suerte, se quedó como arrendataria, pagando un alquiler por su propia casa.

Foto: Christian Bernfeld

Ahora hay comentarios de una posible legalización. Pagarla nuevamente es un abuso, pero mucho mejor que como está. Pido el último, espero más de una hora y me atiende una funcionaria. Por desgracia no ha llegado la esperada resolución ministerial, pero: “dicen que viene pronto”, – me consoló con un cómplice murmullo, mientras me guiñaba un ojo.

Ya sobre las once de la mañana llegué al policlínico. En la recepción hay una mesa y una empleada acuña y certifica los documentos. La cola es siempre larga. Pasaban de veinte personas y a cada rato una llamada telefónica, un grito avisando al que desean contactar, un médico queriendo acuñar sus recetarios, o una amiga saludando y comentando.

Más de una hora tardé en lograr el certificado de mi papá para su tratamiento de la presión y anotar a mi esposa para un turno con el alergista. Me lo dieron para dentro de tres meses. No hay muchos especialistas, casi todos están cumpliendo misiones en el exterior. Se nos exige comprensión: ya no hay centrales azucareros y el estado necesita comerciar con el capital humano para subsistir. Al menos resolví mi gestión.

Nada más me faltaba la farmacia. Fui de prisa a coger un coche en la piquera, escabulléndome del sol entre las sombras de las casas. Mientras se llenaba de pasajeros, el hedor a orine y estiércol de caballo me hicieron estornudar varias veces. Era evidente que necesitaba el antialérgico.

Llegué y casi me da un infarto. Una gran multitud pululaba frente al establecimiento. -¿Por qué tanta gente? -pregunté. -Sacaron íntimas (almohadillas sanitarias) y estaban atrasadas- me respondió alguien. Valoré irme pero el medicamento no era solo para mí, también lo necesitaba mi pequeña hija y mi esposa. No había más opción que esperar. Pedí el último, pero antes verifiqué que hubiera. ¡Qué bueno que sí!

Más de dos horas de espera y por fin llegué al mostrador. Entregué aliviado las recetas a la despachadora. Casi muero cuando dijo: -“esta receta no vale aquí, la doctora no tiene anotado su cuño. Debes comprar en la farmacia piloto”.

Apenas salí del asombro le repliqué: -pero esta es la farmacia que me toca, como podría adivinar semejante problema. Hice esta cola tan larga y ahora me dice que tengo que hacer lo mismo en otra farmacia. -“Es lo establecido” –me respondió.

Foto: Christian Bernfeld

Tuve que volver al centro del pueblo, hacer la cola nuevamente y comprar. Me comí una pizza para no desfallecer. Ya de vuelta, pasadas las tres de la tarde, medité mucho e intenté calmar mi ira con pensamientos positivos. Pero la triste realidad machacaba mis ideas: no había resuelto casi nada y se me fue todo el día. Sin hablar del desgaste psicológico y la sensación de impotencia.

Llevo cuarenta años viviendo en este país y todavía no me adapto. Nací en este sistema y supuestamente debía estar acostumbrado a la cola, a la burocracia y a que casi nada funcione bien. Pero no lo consigo. Es como si mi cuerpo rechazara estas cosas tan ilógicas y antinaturales.

En eso llegué a mi barrio. Veo la tienda abarrotada de gente y a mi suegra en medio. La leche de mi niña, que debe venderse en la mañana, acababa de llegar. Las madres y abuelas llevaban todo el día esperando. La saludé y seguí para la casa.

Llegué casi a las cuatro de la tarde, me deslicé lacónico en el sofá mientras mi esposa me preguntaba sobre mis gestiones. Tardé en responderle, porque solo una idea ocupaba mi pensamiento: ¿podría un país avanzar si la gente gasta tanto tiempo en colas, si todo funciona tan mal y hay tanta burocracia? Solo cabe una respuesta: -¡Imposible!

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