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El general Aedes

Foto: archivo
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(Diario de Cuba).- Cuentan que Máximo Gómez acostumbraba decir que sus mejores generales en la guerra contra España eran junio, julio y agosto. El jefe del Ejército Libertador hacía referencia indirecta a un pequeño artrópodo, de nombre Aedes —del griego, odioso— y de apellido aegypti —proveniente de Egipto.

Aunque Gómez no lo conocía como el asesino que Carlos J. Finlay descubriría, el general mambí notaba que en esos meses de verano las bajas españolas se multiplicaban por enfermedades tropicales altamente contagiosas. Aquellos soldaditos peninsulares a veces acampaban días en la manigua cubana, bajo el sol y la lluvia, muy cerca de estancos de agua, y entonces el “general Aedes” empezaba a causar estragos sin disparar un solo tiro.

El dilema de este insecto con la historia de Cuba es digno de un ensayo mayor. Por ejemplo, la historiografía de mala fe ha recogido el falso choque entre Walter Reed y Carlos J. Finlay como una “guerra científica” entre Estados Unidos y Cuba, donde el norteño es una suerte de bandido sin credenciales y Finlay, la víctima con títulos. Para empezar, Reed estaba especializado y fue jefe de un laboratorio de bacteriología; quien lo envía a Cuba con grado de sanitario mayor del Ejército para hallarle una solución a la fiebre amarilla es el Cirujano General de Estados Unidos, George Miller Sternberg, eminente bacteriólogo.

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Finlay era oftalmólogo, como su padre, y jamás hubiera usado un microscopio para ver un mosquito si no es por un episodio controversial donde muere un sacerdote amigo. Como una buena parte de los descubrimientos científicos, los autores suelen ser personas dotadas para observar y cotejar hechos que otros ignoran, pero están alejados del campo de investigación científica. Veinte años antes de que la comisión norteamericana decidiera comprobar la tesis de Finlay, ya el camagüeyano la había presentado en un congreso internacional.

Finlay, un cristiano de misa dominical —ascendencia franco-escocesa— entregó a Walter Reed de manera voluntaria todas sus investigaciones y muestras para que el norteamericano comprobara su teoría. Finlay es el descubridor de que un vector puede trasmitir una enfermedad —por primera vez en la historia de la medicina— y Reed quien comprobó la teoría haciendo gala de una excelente metodología científica. Hoy los hospitales militares de La Habana y Washington se llaman Carlos J. Finlay y Walter Reed respectivamente.

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Campañas y falta de información

El “general Aedes” vuelve a hacerse tristemente famoso después de la revolución de 1959. Desde que tenemos uso de razón, los cubanos hemos oído hablar hasta el cansancio de las “campañas contra el mosquito”. Los ya abuelos recordarán aquellos anuncios televisivos, las canciones y los carteles en las décadas de los 60 y 70. Pero el comandante de cuerpo pintado tomó aspecto de asesino en Cuba durante la primera epidemia de dengue hemorrágico, en mayo de 1981; en solo cuatro meses se reportaron más de 340.000 casos y varios fallecidos, la mayoría niños. El Gobierno cubano, debido al serotipo encontrado, culpó de semejante desastre a Estados Unidos y a la guerra bacteriológica. Aun cuando el pérfido enemigo haya sido el responsable directo, el “señor Aedes” necesita de malas condiciones sanitarias para reproducirse y cobrar sus víctimas.

La situación de higiene en Cuba puede que no diste mucho de la de otros países del Caribe y América, donde el Aedes y los virus que trasmite son endémicos. El único problema es que ninguno de esos países se autotitula “potencia médica”. Enfermedades extintas en Cuba como el cólera, han reaparecido gracias a las malas condiciones higiénico-sanitarias en la Isla. Por desgracia, años atrás las autoridades ocultaron —y eso sí fue pérfido— las enfermedades con otros nombres genéricos, confusos, como enfermedad diarreica aguda —cólera—, y síndrome febril —dengue. También las cifras de enfermos fueron retenidas como si de un secreto de Estado se tratara, produciendo una respuesta paradójica —como sucedió con el HIV—, que al no informar a la población de la magnitud del problema, las personas se comportaron como si ningún peligro les acechara.

Algo nuevo está sucediendo con el Zika y la nueva campaña de higienización en Cuba. No es la primera vez que el Ejército y la policía salen a combatir al “general Aedes”. Pero es la primera vez que la prensa nacional informa, semana por semana, los resultados de la fumigación, de la recogida de desechos, el control de los salideros, incumplimientos y causas. Han publicado la cantidad de efectivos desplegados, y cuentan desde la Isla que la población ha sido mejor alertada esta vez, quizás un poco a lo mano militari, pero en una situación así y con el deterioro sanitario existente, es preferible una acción enérgica.

El problema es que todo puede quedarse en una “campaña”. Una vez controlado el brote, los fumigadores pueden empezar a vender la moto-mochila para hacer moto-bicicleta, los líquidos y los enseres para matar vectores vendidos a particulares, los mosquiteros convertidos en cortinas y batas de casa; el inspector firmando como vivienda inspeccionada a cambio de una caja de cigarros o un poco de café; el fumigado escondido del fumigador para que no “curiosee” lo que tiene en casa.

Es el deterioro mental producto del quebranto social y económico —y por supuesto, sanitario— el que ha condicionado actitudes casi suicidas. Por eso, la campaña debe comenzar por la higienización de la psiquis de las personas. Para ello, lo primero es no mentir, no ocultar la magnitud del desastre y darle a la población recursos de verdad para arreglar sus viviendas, cortar los salideros, botar la basura y chapear los patios. Nada a largo plazo resuelven un mosquitero, o veneno para cucharas y ratones. Es imprescindible, si se quiere ganar esta “batalla”, que las personas se sientan responsables de su propia salud y de su entorno, y no el Estado, al que el “general Aedes” ya ha derrotado demasiadas veces.

Written by @diariodecuba

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