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Dos caminos

(Diario de Cuba).- Era de esperar. Tan pronto como Barack Obama tomó altura en el Air Force One desde la Habana, comenzaron a «sanar» los «daños colaterales» a ambos lados del Estrecho de la Florida. Por mucho disgusto que cause, la visita del presidente norteamericano a Cuba es un hecho histórico y tuvo, tiene y tendrá consecuencias.

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Situados pues en las antípodas, están quienes con más emociones que razones creen que la visita de Obama no era necesaria, fue una traición o una suerte de «invasión de terciopelo». Quienes así opinan coinciden en que cualquier dialogo cubano-norteamericano es imposible, es una apostasía, a no ser que el Gobierno cubano o el norteamericano «rindan» sus armas y admitan su exclusiva culpabilidad en este conflicto. ¿Dialogo con el enemigo?, dicen, ¿para qué?

Como cada opinión es respetable, sigamos por el camino de la beligerancia y el diálogo pospuesto. Desde el sur de la Florida no pocos aducen que el embargo ha sido light y que de haberse implementado un verdadero bloqueo, que no entrara ni un dólar ni una aspirina a Cuba, el régimen no hubiera durado una semana. La táctica es inmemorial: los sitiados se levantan contra quienes los retienen y, poniendo ellos los muertos, se liberan de los captores. Parece una oferta un poco deshonesta si los que la apoyan piensan ver en la televisión y cómodamente sentados en la sala de sus casas ese triste final.

Otra opción, comentada quizás como un chiste porque otra cosa es lunática a estas alturas de la historia, sería una invasión norteamericana al estilo yanqui del siglo XX: tierra arrasada y gobierno interventor. Más allá de las implicaciones diplomáticas y económicas para Cuba y para EEUU, es muy probable que esa sea la única manera de que muchos que viven en EEUU y odian al régimen cubano, por primera vez se alisten voluntariamente en las filas de las FAR. No defenderían al Gobierno. Defenderían a su familia, la que ha quedado allá, porque las balas y las bombas no llevan escritos los nombres de las víctimas.

Sabiendo todas estas cosas, el Gobierno cubano ha sabido colocar sus cartas muy bien durante 57 años. Han jugado con la cadena pero jamás con el mono. Estuvo a punto de suceder en Granada. Aún no sabemos si la orden real de rendirse vino de la Habana o del inefable Tortoló. Estuvo a punto de suceder a finales de los 80, y supieron sacrificar a los peones y algún caballo para declarar tablas el tema de las drogas con las Causa Uno y Dos. Salvo una bombita puesta en Miami —y su contrapartida en La Habana—, nunca el Gobierno cubano le ha dado a EEUU una razón de peso suficiente para justificar los enormes recursos que llevaría una invasión o un bloqueo total después de 1962.

Podríamos convenir que las migraciones masivas de Camarioca, Mariel, Guantánamo y la presente riada terrestre han sido actos premeditados de guerra, de desestabilización. Pero la coartada han sido las propias leyes norteamericanas, el corazón de Carter, los brazos abiertos de Clinton, el silencio de Barack Obama. No se puede ir al Consejo de Seguridad y pedir una licencia para invadir otro país porque hay una ola de emigrantes cuando las mismas leyes norteamericanas protegen el eufemismo «sequedad de los pies».

Por otro lado, y desde esta orilla del Estrecho, es injusto olvidar los fusilamientos, las largas penas de cárcel, los robos de propiedades, las humillaciones a los profesionales separados arbitrariamente de sus familias, el asesinato de la imagen y el honor de quienes disienten, la ofensa de tener que sacar una visa para regresar al país de nacimiento.  Pero… ¿cómo encajan los «americanos» en esa historia?; ¿cuál es su responsabilidad directa? Cuando hablan con el Gobierno de la Isla, ¿están legitimando al régimen o propiciando el dialogo entre compatriotas, quitándose del camino confrontacional?

Porque de la orilla insular tendremos, mayormente, beligerancia, negativa al diálogo. Solo unos pocos, pragmáticos y si muy bien informados, saben que en el ADN de la llamada Revolución cubana está la violencia y la improductividad, y que eso está muy mal. Que hay que cambiar. Hoy al régimen no lo sostienen ni su ideales, ni su economía ni sus «logros sociales» —hoy en día muy malitos— sino la creencia cuasi religiosa de que sus ciudadanos viven en el mejor país del mundo y a 90 millas está el peor, a quien deben, por supuesto, todas las desdichas. Quienes han crecido en la pugnacidad y en el odio no conocen otra manera de relacionarse. Para colmo, se les suprimió abiertamente el cristianismo por muchos años, un antídoto natural contra el resentimiento y la venganza —que no la justicia. Si ahora el régimen aceptara hablar y negociar con EEUU sin gritos, habría quedado sin moral para justificar medio siglo de dictadura.

El único camino viable en el horizonte, al menos por ahora, es buscar que el pueblo abra el puño cerrado del régimen, y que sea por las buenas. Para ello, habrá que ir quitándole pesos a la balanza que inclina a la confrontación, muy a pesar del bodeguero isleño. El bodeguero, para continuar la metáfora, sabe que los anaqueles y la trastienda están vacíos, y que no hay forma de llenarlos si no es buscando un nuevo proveedor. El consumidor no debe saberlo pues sería la ruina moral de la bodega. Pero si el proveedor entrega una mercancía simbólica a sabiendas de que el bodeguero no va a poder cancelar la deuda, tal vez al bodeguero solo le quede la opción —más apegada a la justicia, a rendir cuentas— de poner un cartel en la entrada, advirtiendo: «Cerrado por inventario».

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