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Los cubanos que estarán en el congreso del Partido

Raúl Castro junto a Ramón Machado Ventura y Ramiro Valdés (foto: rtve.es)
Raúl Castro junto a Ramón Machado Ventura y Ramiro Valdés (foto: rtve.es)

(Cubanet).- El VII Congreso del Partido Comunista, a celebrarse en abril, genera todo tipo de expectativas y especulaciones, principalmente entre ilusos y optimistas incorregibles.

De lo mucho publicado al respecto últimamente, lo que más me ha llamado la atención es lo que escribió Francisco Almagro Domínguez y que apareció el pasado 25 de febrero  en Cuba Posible.

En dicho artículo, Almagro Domínguez se refiere, con bastante confianza e ilusión en sus potencialidades, a las personas menores de 60 años que serán la mayoría de los delegados al congreso de los que todavía se hacen llamar comunistas.

Son los hombres y mujeres de nuevo tipo  que aspiró a formar  la ingeniería social castrista.

Las vidas de  todas esas personas —muchas de las cuales pudieran ser los nietos de la minoría geriátrica y voluntariosa que gobierna de modo absolutista  desde hace 57 años y que es la que dirá la última palabra en ese congreso— han discurrido, mansas, aburridas y desesperanzadas, bajo eso que se aún se conoce, más por inercia, por costumbre que por otra cosa, como “la revolución”.

Tuvieron educación y salud gratuita, estuvieron en los círculos infantiles, fueron pioneros, pasaron 45 días al año en la escuela al campo,  estuvieron becados —en las ESBEC, los IPUEC, La Escuela Lenin, los Camilitos—, fueron reclutas de siete pesos del Servicio Militar Obligatorio, algunos pudieron llegar a la universidad que era solo para los revolucionarios, han trabajado por salarios de miseria, alentados a cumplir metas y ganar emulaciones, han malcomido de la libreta de abastecimiento, han visto partir a familiares, amigos, amores y vecinos,  se han aburrido de escuchar hablar de un futuro que nunca llegó.

Nunca les consultaron ni pudieron expresar sus opiniones con sinceridad. Nunca pudieron elegir a sus gobernantes, cuando más eligieron al delegado de circunscripción del Poder Popular. Como había jefes infalibles que velaban por su pureza ideológica, tampoco pudieron elegir  qué libros  leían, qué películas veían,  qué música escuchaban o qué moda les era permitida usar. Si es que prácticamente ni siquiera pudieron elegir lo que comían, que era lo que había,  lo que venía a la bodega, lo que apareciera, aunque fuera bazofia.

Formo parte de esa generación —o degeneración, en muchos casos— que ha vivido toda su vida bajo el castrismo, y  conozco bien sus características; por eso, a diferencia de Almagro, más que escéptico, soy pesimista  acerca de las potencialidades  de los delegados al VII Congreso.

Para empezar, la mayoría de ellos habrán logrado estar allí gracias a que simuladores, practicantes de la doble moral, han obedecido las órdenes sin chistar, siempre aplaudiendo y adulando a los jefes, y chivateando a quien se les ponga por delante si es preciso.  ¿Por qué han de ser distintos ahora?

En aquellos albergues de becas y escuelas, en los que se imponía la ley del más fuerte y el más astuto, en aquellos canteros germinó, al decir de Almagro, “un tipo descreído, centrado en el placer y la gratificación inmediata”, “un individuo capaz de sobrevivir en la adversidad”, “una generación de frustrados contentos”.

No creo que resulten muy beneficiosas para la sociedad las tácticas de supervivencia que aprendieron. Si antes saciaban el hambre en los platanales y naranjales, o robando en la cocina, el almacén, o en la mochila del tipo de la litera de al lado, ¿qué podemos esperar que hagan ahora que todo vale en este despelote nacional?

Nada espero del hombre nuevo en el VII Congreso del Partido Único. No por ahora, en eventos como ese. No depende de él.

Pero ojala me equivoque y tenga razón Almagro. Ojala que los hijos putativos podamos dejar atrás  a los hijos de puta que se apoderaron de nuestras vidas.  Pero dejarlos no como dejábamos a nuestros padres, los verdaderos, en los puntos de control, en aquellas tardes de domingo “de dulce tristeza”, sino para siempre, definitivamente, y que se los lleve el diablo. ¿Qué más quisiéramos por el bien de Cuba?          .

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