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Prohibido hablar de la Cosa: el país no cabe en la telenovela

Prensa cubana/Imagen del autor
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A pesar de que los cubanos vivimos hablando de política— en una amplia diversidad de matices, y en una no tan amplia variedad del volumen de la voz…—, no es frecuente ver ese reflejo en los dramatizados que produce y transmite la Televisión Cubana.

Vengo con esto ahora porque hace poco escuché (con gran sorpresa) un comentario suelto en la telenovela cubana actual, sobre “esperanzas perdidas y equivocaciones de una generación”, en lo que creí entender una solapada alusión a lo que Cuba quiso ser y no fue.

Entonces recordé un cartelito gracioso que algunos cuelgan en las paredes de sus lugares de trabajo, sobre todo en sitios de concurrencia pública: “Prohibido hablar de la Cosa”. Esta simple sentencia— que a un extranjero puede sonarle a debate metafísico kantiano, a repulsión por la filosofía—,  basta para que un cubano entienda que la política y la religión no son temas bienvenidos en la conversación casual.

La telenovela de marras se llama “Latidos compartidos”. Por primera vez en mucho tiempo el espacio logra una alta aceptación popular: algunos, incluso, han dicho que tiene mayor audiencia que su competencia brasileña “Imperio”, que también se trasmite en días alternos por la Cubavisión.

Latidos compartidos gusta porque logra parecerse, más que otras, a lo que es Cuba: las deudas contraídas en el afán de emigrar, el drama de la emigración interna, cuentapropistas humanos que no son bestias explotadoras, incluso un “garrotero” (prestamista) que no es el típico matón mafioso, la homosexualidad no caricaturesca, el asesinato de un joven, la religión, el cáncer, adolescencia, prostitución….

Muchos temas que le importan a la gente del aquí y el ahora, excepto esa calurosa discusión política que sobre el pasado y el futuro del país podemos ver lo mismo en Internet que en las conversaciones de la esquina.

¡Si la gente estaba nerviosa ante las preguntas fuera de la agenda a que está acostumbrado el cubano, presenciado por televisión la conferencia de prensa de Obama y Raúl, imagínense el proceso de incluir escenas de debate político “no solapado” en una telenovela!

Pero igual hay otra novela cubana que no tiene competencia brasileña y sale al aire todos los días: el más largo y maniqueo culebrón que hayamos visto nunca. Se llama Granma y algunos opinan que no cambia, aunque sí lo hace.

Ya no es solo un periódico aburrido, sino que ahora, además, le está cogiendo el gusto a engañarnos descaradamente. Sin vaselina…, en seco, “¡toma guanajo!”, parece decir.

No recuerdo haber leído allí una mentira del tamaño de la que leí este viernes: en un artículo sobre el compromiso de los jóvenes cubanos con la Revolución, la reportera aseguraba, tajante, que “Nos gusta vivir en Cuba, en esta, tal y como es”, desconociendo no solo una larga y dramática historia de emigración juvenil, sino también el enorme potencial que queda y crece en ese sentido. ¿Qué porciento de amiguitos de la infancia y la adolescencia le quedarán en Cuba a la reportera?

Es como si los dueños del periódico hubiesen renunciado ya a la estrategia inteligente. La visita del presidente Obama, por ejemplo, le asestó un duro golpe al diario, pues le tocó la misión de resaltar los defectos en el hermoso discurso que hizo el mandatario frente a una representación de la sociedad civil en el Gran Teatro de La Habana.

Y no es que no se valga disentir, parcial o totalmente, o señalar omisiones en lo que debió decir y no dijo, pero dirigir las críticas hacia el carisma de Obama, ensañarse ridícula y envidiosamente en que el hombre usó un teleprómpter transparente, solo demuestra incapacidad para argumentar. Furringa infantil.

…Como si usar un teleprómpter fuese un hecho noticiable, como si fuera un delito de lesa simpatía, o como si aclarando el detalle fueran a derrumbarle el calado de la sonrisa al Potus.

Si había que decirlo, pienso, podrían haberlo hecho de mil formas menos torpes y apuntarse una a la altura del nuevo contexto. Porque por mucho que les duela a los dueños de Granma, aquel día hasta los más enajenados telenoveleros hubiesen preferido ver, en el horario estelar de los Latidos compartidos, una retransmisión que nunca fue.

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