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Agua pasada

Mi rutina de lavado tiene una banda sonora predecible: Joaquín Sabina desde que comienzo a separar la ropa por colores, Joaquín Sabina cuando cambio el agua porque el bulto es demasiado grande y Joaquín Sabina hasta que terminó de acomodar la última pieza en el tercer cordel. Joaquín Sabina, por supuesto, no tiene ni idea.

Quien dice mi rutina de lavado, dice también buena parte de mi rutina de vida desde que escuché por primera vez Peces de ciudad y comprendí de golpe que, como dice el bardo mala cabeza de Úbeda, “al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”.

Habría que convenir en algo: a una puede gustarle o no el estilo de bohemio trasnochado que se monta, a una puede hasta parecerle impostada esa irreverencia suya de bares y cantinas y mujeres de más y cordura de menos; una lo que no puede es permanecer indiferente a sus metáforas inesperadas, a las imágenes rocambolescas con que salpica sus canciones y que lo mismo sirven para enamorar a orillas de un río —si es poco profundo, mejor—, que para resolver el puzzle de lo que él ha llamado un-no-te-quiero-querer.

Y entonces una, que no llegó a sus textos en el preuniversitario sino mucho tiempo después, se descubre colando sus propias estampas personales entre verso y verso, por aquello de los 19 días y las 500 noches, de los gatos que se van por los tejados y las angustias de ahora, que se despide pero se queda. A fuerza de describir con pelos y señales las más diversas esquinas de la realidad, pareciera que Sabina lo ha vivido todo.

Pero ni él ha vivido más que sus muy particulares y vertiginosos 67 años, ni nadie debe creer al pie de la letra que el Sabina libertino que se pasea con las carnes al aire por sus canciones es el mismo que llega luego a casa y se enfrenta, como todos los mortales de este mundo, al temor de repetirse frente a la página en blanco. Temor a la fórmula Sabina.

Aunque no es precisamente en su zozobra de creador prolífico en lo que pienso mientras separo la ropa por colores en bultos que esta vez no se parecen a los Alpes y escucho allá, en el fondo, detrás del runrún de la lavadora, la banda sonora de mi sábado:

“Lo peor del amor cuando termina/ son las habitaciones ventiladas,/ el solo de pijamas con sordina,/ la adrenalina en camas separadas./ Lo malo del después son los despojos/ que embalsaman los pájaros del sueño,/ los móviles que insultan con los ojos,/ el sístole sin diástole ni dueño./ Lo atroz es no querer saber quién eres,/ agua pasada, tierra quemada,/ que dé igual esperarte o que me esperes,/ que no seas tú entre todas las mujeres,/ que la cuenta esté saldada”. Y la canción sigue, como es lógico, mientras me siento a ver cómo el agua se despeña por el tragante.

Publucado en Cuba Profunda

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