in , ,

OPINIÓN | Juguemos al absurdo

Mensaje en un muro: 'Revolución es amor, maestro una obra suya'.
Mensaje en un muro: 'Revolución es amor, maestro una obra suya'.

Uno le dice a otro:
–¿A que tú no subes por la luz de mi linterna?
Y el otro responde:
–¿Me crees muy tonto, eh? ¡Para cuando yo esté muy alto, apagues la linterna y me caiga!

De inmediato nos percatamos de estar en la presencia de dos orates. Sus parlamentos los denuncian.

Alguien me habló alguna vez de la teoría del absurdo. Sus ideólogos aseguran que nada mejor para alcanzar la verdad que anteponerle su contraparte ilógico. Por eso, cuando leí Esperando a Godot, Premio Nobel de literatura 1969, me fue preciso elevar la entelequia para comprender tanta sabiduría del autor en aquellos insensatos personajes. Impactante es la escena donde a uno de estos le da por auxiliar al esclavo que maltratan con látigo y soga al cuello, y al acercarse al infeliz recibe de este una patada en la pierna como recompensa.

Esta obra teatral del irlandés Samuel Beckett ha regresado a mi memoria ante la declaración conjunta, sin abstenciones, de todos los campesinos cafetaleros de Cuba al negarse a vender su rico grano, de manera directa, sin la intervención del Estado, a empresas norteamericanas. ¡Todos los cosecheros de café han declarado un rotundo NO a las insidiosas propuestas del Imperialismo! Todos, mediante sus voceros dirigentes de la ANAP, prefieren vender sus producciones al acopio estatal –entiéndase monopolio estatal– en decidido acuerdo a no exportarlas directamente y quizás por veinte veces mejor precio a los Estados Unidos. Es el paradigma del fervor patriótico.

Razón no les falta. ¿Cómo traicionar a la Revolución que trajo la igualdad a todos los cubanos: las consultas médicas gratuitas, la educación generalizada, la cultura popular y el deporte como derecho del pueblo, a pesar de la apatía de los galenos, la incapacidad de muchos maestros, la vulgaridad del arte y la migración de los mejores atletas?

¿Por qué vender el café a cambio de billetes verdes que solo servirían para soliviantar los deseos morbosos de adquirir un carro para salir de vez en cuando a visitar la novedosa casa en la ciudad, estando convencidos de que ello traería por resultado el abultamiento excesivo e incómodo del abdomen como lo sufre hoy la mayoría de la dirigencia estatal? Lo correcto es la bicicleta y la “chivichana”, que endurecen las piernas, fortifican los pulmones, mantienen a raya la laxitud de los rectos abdominales y retraen del mal hábito del acomodamiento, como aconsejara alguna vez, muy sonriente, el anterior presidente del país al principio del Período Especial

Si los imperialistas yanquis liquidan directo al productor la recolección de café al precio que se les paga a cualquier otro cosechero en el mundo, puede que hasta les dé a estos por vestirse de turistas y salir a conocer países lejanos y, –de la misma forma que Manuel Alarcón explicó hace algunos años en histórica conferencia al estudiante de la UCI Eliécer Ávila– el cielo se nublaría de aviones con cubanos dentro y allá arriba, entre lo vaporoso de las nubes, se crearían embotellamientos gigantescos, fatales accidentes del espacio y el caos aeronáutico.

Estos son algunos de los “por qué” nuestros cafetaleros, mediante sus portavoces de la ANAP gritan al mundo que para nada hace falta ese billete verde en nuestro país, cuando sobran escuelas y hospitales gratuitos, cuando se siente que se pega como en pecho propio una medalla a cada deportista de alto rendimiento, o se informa que Silvio Rodríguez y Alicia Alonso han sido condecorados en el confín de la Tierra. Acá nos basta con ir de vacaciones al Campismo Popular, a orillas de un río, a comer pececitos mareados de agua dulce, en remembranza de nuestros aborígenes; lejos de la insidiosa invitación a Varadero, a Guardalavaca, a los hoteles cinco estrellas de Cayo Largo y la cayería norte de Cuba. Acá, hasta morirnos nos resulta grato, pues no tenemos la preocupación del costo del entierro puesto que hasta el sarcófago se nos regala.

¿Qué futuro esperaría a este país si luego de aceptar el negocio propuesto por el imperialismo yanqui a los cosecheros de café, les da a los seguideros del “Hermano Obama” por proponer comprarle en directo el excedente de sus reses a los ganaderos cubanos y sus cuerdas de tabacos a los vegueros de Pinar del Río y villareños, como a todo propietario cubano sus creaciones?

Pero el mundo continúa igual a como lo representó Samuel Beckett en Esperando a Godott, y el pueblo de Cuba no ha podido retraerse –todavía– a tan sencilla manera de pensar.

Written by Pedro Armando Junco López

Pedro Armando Junco nace en la ciudad de Camagüey, Cuba, el 6 de noviembre de 1947. Hijo de un hacendado de clase acomodada, cursa la enseñanza elemental y media en el Colegio Episcopal de San Pablo en esta ciudad. Luego del 1959 pasa a ser Maestro Popular, pero continúa sus estudios de manera autodidacta.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Policia lleva a cabo operativo contra el tráfico de drogas

Detienen a los panaderos de la calle Corrales