Por Armando Chaguaceda. Latinoamérica es hoy, vista en su conjunto y desde hace 30 años, una región más democrática, próspera y pacífica que nunca antes. Si bien la desigualdad, la corrupción y el crimen azotan aún a millones de latinoamericanos, las guerras civiles, el terrorismo y — salvo en Cuba — las dictaduras puras y duras, forman parte del pasado. En este contexto, algunos reclaman un regreso de la Isla al concierto interamericano. Pero… ¿están sus dirigentes interesados en ello? ¿Corresponden sus agendas al tipo de relación que establecen entre sí las repúblicas democráticas?
Para La Habana la Guerra Fría sigue inconclusa. Fronteras adentro, el régimen político continúa fiel a su matriz totalitaria. Hacia el mundo —en especial las Américas— despliega una estrategia de cortejo y apoyo a diversos actores políticos, mediáticos e intelectuales, afines a sus ideas e intereses. Estalinistas confesos, demagogos populistas, respetables luchadores sociales que idealizan el modelo insular, ambiciosos empresarios despojados de compromiso democrático; todos ocupan un rol dentro de la estrategia cubana para expandir su influencia regional. Combinando la propaganda ideológica, la asistencia social y el activismo diplomático.
Cuba, en particular su aparato de inteligencia, ha entorpecido la transición venezolana, atornillando a Maduro. Sabotea a la Organización de Estados Americanos (OEA), a Naciones Unidas y a reconocidas ONG en el monitoreo y denuncia las violaciones de derechos humanos de sus aliados regionales. Aplaude la deriva caudillista en Bolivia, Ecuador y Nicaragua. Utiliza programas educativos y sanitarios de indudable impacto social y humano como vulgares herramientas de influencia política. Abona a la incapacidad de un sector de la izquierda para entender la democracia como otra cosa que no sea un mero recurso para la conquista del poder.
Semejante actitud no puede interpretarse como un radicalismo contrapuesto al de las dictaduras gorilas y el imperialismo. Porque aquéllas no existen más y Estados Unidos -sin abandonar su rol de potencia- tiene hoy objetivos, modos y márgenes de acción distintos a los de la Guerra Fría. Y mientras la OEA basa su agenda actual en una Carta Interamericana —fundada sobre una noción amplia de derechos— en la mira de La Habana están gobiernos, intelectuales y activistas progresistas que repudian su estrategia antidemocrática. Castro está más cerca de Pinochet que de Allende.
No confundamos la necesaria lucha por la igualdad y justicia en Latinoamérica con la virtud inexistente de quienes, con modos autocráticos, dicen impulsarla. El gobierno cubano es hoy, por su proceder doméstico y exterior, un enemigo formidable de la democracia latinoamericana. Y hará todo lo posible por vulnerar y revertir, en sintonía con sus objetivos (geo)políticos, sus modestos avances.
Publicado originalmente en La Razón de México
