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Se firma la paz en Colombia

Acuerdos de paz Colombia y las Farc / Foto: captura

La política es útil, aseguraba el Apóstol. Cierto es que muchas veces algunos hombres la utilizan para limpiar sus retretes y nos provocan repulsión por ella. Pero no es la política, manchada por gente inescrupulosa, la culpable; sino quienes la manejan con esos fines.

Una muestra positiva de lo que se puede alcanzar mediante la política ha sido el acuerdo de paz entre la guerrilla colombiana y el gobierno de ese país. Tampoco vayamos tan a la carrera como para creer que se alcanzó un arreglo por arte de magia político, y menos aún, que finalmente se concrete y se haga realidad el sueño del pueblo colombiano. Otros factores muy objetivos tuvieron el protagonismo de hacer llegar a una mesa de negociaciones las partes involucradas; sobre todo a los guerrilleros que llevaban más de medio siglo en su intento de alcanzar la victoria armada y no lo consiguieron. Y aún restan varios meses para que se dé por terminado definitivamente el conflicto

Tanto en el discurso de Timoleón Jíménez, máximo jefe de los “insurgentes”, como en el de Juan Manuel Santos, escuchamos un tono imposible de calificar como amoroso, porque aún persisten sin desmedro las diferentes posturas antagónicas que siembran dudas sobre una verdadera terminación del problema.

Por ejemplo, el Jefe del Estado Mayor Central de las FARCEP en su aclamación de elogio a Hugo Chávez, no solo enseñó la espinita en el dedo gordo, sino que de cierta manera corrobora cómo el anterior presidente venezolano fue incondicional con la causa guerrillera, de lo que se desprende que esta disfrutó ayuda del gobierno bolivariano; y deja entrever, de soslayo, que la muerte del mandatario vecino mucho ha influenciado en la claudicación de la guerrilla.

Por cierto, el Comandante en Jefe guerrillero, negó todas las sinonimias del verbo “claudicar”. Y, ¿qué es eso, cuando al fin del contienda no se alcanza el objetivo propuesto y se firma un pacto definitivo con el estado anterior que se pretendió aplastar? ¿Acaso, como los mambises en 1878, firmaron una “tregua fecunda”, para luego reanudar las hostilidades?

El discurso presidencial tampoco se las anduvo con rodeos al ratificar su posición antagónica con los propósitos guerrilleros. Santos cree solo y definitivo el sistema democrático que rige su país; quiere la paz, pero –si no entendí mal– está preparado para la guerra. Es verdad que comprometió todos sus esfuerzos en frenar el paramilitarismo y hombro a hombro con los ex combatientes alzados, trabajar para el ulterior desarrollo de Colombia. Su tarea es ardua, sobre todo si tenemos en cuenta que ahora tendrá que enfrentar aquellos aliados intransigentes hasta hacerles entender que es inaplazable reformar sus métodos y maneras de pensar. La paz se ha firmado. Falta llevarla a cabo con efectividad hasta los tiempos futuros.

Un vecino me reseñó lo paradójico de que haya sido Cuba la sede y principal mano reconciliadora en el conflicto, pues –recalcó con ira–, “¿no fue la Revolución cubana quien inundó de guerrillas a los países latinoamericanos y, por supuesto, –dio por sentado– tuvo un papel cardinal en aquel foco guerrillero que desde 1961 se alzó en armas contra el gobierno de Colombia?”

Para mí –le respondí al hombre– la paradoja es muy positiva, como lo fue la conversión de Saulo de Tarso al cristianismo, la de Nelson Mandela a la no violencia, y más cercana aún, la transformación de Pepe Mujica, guerrillero Tupamaru, a político honesto y pacífico. Que el presidente de Cuba haya brindado su apoyo incondicional a la paz y pronunciara un discurso cuyo final proclamara un NO rotundo a las armas, tiene dimensiones muy parecidas a los cambios antes mencionados por los citados líderes históricos.

En los años sesenta, el General Presidente era solo un joven jefe del ejército cubano que recibía órdenes superiores y, como militar, le estaba vedado disentirlas. Medio siglo después, el siglo XXI y su desarrollo ha demostrado que más fácil es alcanzar los objetivos con política que con fusiles. Por último, nunca los caracteres y maneras de pensar pueden ser idénticos en dos personas, aunque haya sido uno el vientre que los haya parido.

Lo más meritorio en la firma de paz entre los guerrilleros y el gobierno de Colombia, a mi entender, es el mensaje que deja, avalado por el Secretario General de la ONU Ban Ki-moon y otras personalidades de reconocimiento mundial. Este convenio pone de relieve el compromiso del gobierno colombiano a respetar y cuidar la hueste opositora y velar por que gocen de todos los derechos humanos; a respirar la concordia ciudadana en cualquier sitio y en cualquier momento; a disponer del espacio que tiene derecho una oposición pacífica para manifestarse sin que nadie –y menos el Gobierno y sus acérrimos defensores– se lo niegue.

Si Juan Manuel Santos acepta que desde hoy en lo adelante aquellos que se alzaron con armas de fuego, mataron, secuestraron y desobedecieron las institucionalidades de Colombia, salgan a la calle y proclamen sus ideales sin represalias, el mensaje a nuestro Jefe de Gobierno es tan diáfano como para dar por sentado que la oposición cubana, cuyos militantes no han disparado un tiro, no han asesinado a nadie y se han mantenido al margen de toda violencia, alcance también un espacio en nuestro país para salir a la calle libremente y reclamar cuantos derechos estime se les están negando.

Columna “El Buche del Alcatraz” de Pedro Armando Junco para Cubanos por el Mundo

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Günter “el anormal”

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Registran sismo perceptible en Santiago de Cuba

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