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“Permiso, ¿y qué ha tocado ese…?”

“Permiso, ¿y qué ha tocado ese…?”
“Permiso, ¿y qué ha tocado ese…?”

Raúl-Castro¡A que se acuerdan de la frase…!Igual, si no, quizás deban ver el discurso del Presidente en la clausura del último período de sesiones de nuestro unánime Parlamento.

Luego les llegará la imagennítida de aquel episodio de Elpidio Valdés en que un soldado español pregunta al coronel Cetáceo: “permiso, ¿y qué ha tocado ese…?” ante los repetidos e ininteligibles llamados de una tuba desafinada.

Por tanto comienzo agradeciendo a Juan Padrón— el papá de Elpidio—, por ponerme una sonrisa infantil donde naturalmente corresponderían muecas de desconcierto, o en el peor de los casos infarto por encabronamiento.

En sentido general el discurso me pareció confuso, pero no se le pueden negar virtudes, específicamente una: fue breve, algo que los cubanos seguiremos estimando bien mientras perdure el recuerdo de aquellos discursos “del gobierno anterior” que decían menos y duraban más.

Entonces comenzaba uno, se iba la corriente, el pueblo se entraba a mentiras, cinco horas después regresaba la corriente, el pueblo gritaba unos ¡Viva Fidel! de dudosa autenticidad, y el gobierno seguía micrófono en mano, pidiendo más sacrificio, confianza y austeridad.

Ahora se trata de 35 párrafos que narran el azaroso andar de la economía cubana en el último semestre: menos ingresos por exportaciones, menos petróleo de Venezuela, sequía, atrasos en el pago a proveedores y bloqueo vigente.

También hablan de los logros. Algunos muy reales como la campaña de prevención de enfermedades transmitidas por el Aedes, y otros de improbable validación, como los esfuerzos para incrementar la capacidad adquisitiva del Peso Cubano, o las medidas para frenar el aumento de los precios de las viandas.

Lo primero se buscó a través de rebajas mínimas en el precio de algunos alimentos (provistos por el siempre bueno sector estatal), y lo segundo a través de un mayor control sobre la distribución y precios de los productos agrícolas (provistos por el malvado sector de los cuentapropistas y campesinos).

Luego de ambas medidas— y aunque el Presidente crea que sí—, nadie puede decir en Cuba que su raquítico salario le rinda siquiera par de horas más.

Se comenta también el proceso de debate sobre los documentos que regirán las reformas en los próximos años (Conceptualización del modelo y Plan de desarrollo hasta 2030).

Y es un debate democrático porque sucede entre militantes del Partido y la UJC, que son “representantes de los amplios sectores de la sociedad”. No sé cómo pueden juntar en una misma oración el adjetivo democrático con el reconocimiento tácito de la exclusión de sectores que no son amplios en la sociedad, pero pueden.

Solo entonces el Presidente ofrece números: 7 200 reuniones, 238 000 participantes, miles de propuestas enriquecedoras… Yo hubiese preferido números sobre viandas y rebajas, o sobre el petróleo de Venezuela y las exportaciones, pero no: la cantidad de reuniones en que el Partido se auto-aplaude parece ser, de momento, la única información desclasificable.

Par de años atrás el Presidente animaba a la prensa y a los funcionarios a desterrar el secretismo, pero ahora ilustra el panorama económico con estadísticas de reuniones del Partido.

Han pasado casi 10 años desde que empezaron las reformas y todavía no aparecen los buenos resultados, ni aparece un discurso que suene objetivo, o aun esperanzador.

Tampoco aparecen los responsables de la ausencia de resultados satisfactorios. De hecho, según el espíritu del discurso, no hay fracaso alguno ni error considerable en que 10 años después del más reciente “ahora sí” el único pronóstico cierto sea el de mayores aprietos.

Y ya que hemos sido llamados al ahorro, yo propongo ahorrar más líneas en el discurso de clausura del próximo período de sesiones de la Asamblea. Dejarlo así:

Compañeras y compañeros:
El Socialismo próspero y sustentable nos persigue, pero nosotros corremos más rápido… y nada ni nadie alterará el ritmo de nuestro avance soberano.

Muchas Gracias (Aplausos)
Al final el discurso puede decir cualquier cosa, que mientras siga sonando extraño, la gente lo que va a oír, clarito clarito, es: “¡Retiradaaaaa!”.

Por Alejandro Rodríguez Rodríguez  para Cubanos por el Mundo (Reflexiones Circunspectas)

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