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Timadores y luchadores, una categoría de cuentapropistas

El punto central de discrepancia fue la emisión o alcance de las licencias a cuentapropistas. Foto Archivo
El punto central de discrepancia fue la emisión o alcance de las licencias a cuentapropistas. Foto Archivo
Timadores y luchadores, una categoría de cuentapropistas
Timadores y luchadores, una categoría de cuentapropistas (WORLDPOLICY.ORG)

Muchos oficios en Cuba dejaron de ser una herencia familiar por la fallida política de Estado. Ahora, con el «cuentapropismo» como alternativa, algunos de esos oficios han pasado a convertirse en oportunidad para inventores, timadores o remendones.

Las necesidades de reparaciones básicas abundan en una ciudad cuyos inmuebles han recibido escasas inversiones desde que todo pasó a ser propiedad del Gobierno. El panorama es un caldo de cultivo para la trampa.

«He pasado por más de cinco plomeros para resolver una tupición en la casa», cuenta Eva, que cree que ha sido afortunada porque solucionó su problema más rápido de lo que pensaba.

«El primero me dijo que comprara una cantidad de metros de tuberías plásticas que al final no me sirvieron para nada», agrega. «Ese se desapareció. Después hubo como tres que vieron mi problema, dijeron ‘ahora vuelvo’ y nunca los volví a ver. Pero el cuarto fue el peor; hizo una tendedera de tuberías y nunca me llegó el agua ni a la cocina ni al baño».

Lo que más molesta a Eva es la actitud. «Después de que me dejó sin agua en toda la casa, me dijo que no volvería hasta el fin de semana porque tenía otros trabajos más importantes. Y se molestó cuando le dije que le pagaba cuando acabara. Al final tuve que buscar a otro plomero que lo primero que hizo fue reírse de la chapucería del anterior».

Julio estuvo seis meses detrás de un albañil que iba tres días, le trabajaba dos metros de la sala y luego se desaparecía por semanas.

Ernesto es fotógrafo y cuando se mudó tuvo que aprender a hacer de todo. «Terminé enchapando el baño yo mismo», cuenta. «Contraté a un albañil que decía saber hacerlo, pero no hizo ni cohete. Venía a tomar, comer y a calcular cuánto le debía aun sin haber terminado el trabajo, hasta que lo boté pal carajo».

Iván, con el dinero en la mano, no ha encontrado a nadie que le haga el trabajo que necesita en su casa, aunque tampoco él deja pasar a cualquiera: «A veces te das cuenta de que no tienen malas intenciones, que no es que te estén timando, que simplemente son otros luchadores más. O son el ejército de alcohólicos de la ciudad tratando de hacer el día para gastárselo en alcohol esa misma noche, pero es muy duro porque el jodido al final es uno cuando paga por una chapucería».

Frank Luis hace trabajos de albañilería, pero lo que aprendió con su padre fue la plomería. «Mi padre, que en paz descanse, me llevaba desde que yo era niño a ganarme los quilos con él. A lo primero que me enseñó fue a destupir cañerías, o sea, lo básico. Cuando entré al técnico, ya tenía un trecho en esto», dice. «No basta con la buena intención, a esto hay que saberle. Es verdad mis precios son altos, pero mis clientes no tienen quejas de mí».

Para ser un buen plomero también hay que estar insertado en una red a la que pertenecen muy pocos elegidos. Sus miembros saben dónde encontrar las piezas de calidad o los servicios que se necesiten adicionales al trabajo que se vaya a realizar, como la soldar, moldear lozas, cortar espejos, entre otros.

Hermes tiene un taller donde se hacen cualquier arreglo que dé dinero: aires acondicionados, televisores, motores de carros, refrigeradores, bicicletas, y se le ha oído decir «hasta computadoras». En La Habana hay muchas personas como Hermes, que plantan sus talleres, aceptan cualquier cosa que le lleven los vecinos y cobran a veces como si estuvieran devolviendo un equipo nuevo.

Aprovechándose de las memorias ajenas

Los informáticos, los «paqueteros» y los impresores son, según Carlitos, una especie nueva en esta «barahúnda de cuentapropistas», pero una no menos dañina.

«Tuve que quejarme al dueño porque descubrí que me estaban copiando la información de la memoria que llevé para comprar las series de la semana. Yo veía que el tiempo pasaba y una copia de menos de cinco minutos se convirtió en media hora y, como no puedes ver la pantalla, no sabes qué están haciendo, hasta que uno de ellos, en el colmo de la indiscreción, me preguntó por una información que supuestamente no debía de haber visto», narra Carlitos y se refiere a un garaje en el Vedado donde hay una oficina de impresiones.

Un mal parecido padecen otros impresores que acostumbran a leer toda la información que se imprime desde sus máquinas y cuestionan e interrogan según su curiosidad.

Alfredo cree que «los informáticos son peores». Ellos deciden qué programas debe quedarse en las máquinas de sus usuarios y cuál debe eliminarse. Según Alfredo su experiencia ha sido de terror.

«Te copian los programas, los revenden, te revisan todos tus archivos y además tienes que pagarles. Mínimo por un diagnóstico son 5 CUC».

A François le sucedió hace unos años que le copiaron de su PC un archivo oculto que contenía videos íntimos de él y su esposa. Las imágenes se volvieron virales y por poco la historia termina en una tragedia.

Charlie ofrece el servicio de informático a domicilio y no tiene pena en contar que a veces se aprovecha de la ignorancia de sus clientes para almacenar información suya en las máquinas ajenas.

Los que arreglan móviles tienen mecanismos parecidos. Diagnostican el estado de los móviles, quitan y ponen piezas, y no siempre en beneficio del cliente. Un móvil de uso puede costar más de 100 CUC, sin saber cuál ha sido su origen. Uno nuevo, cientos de CUC también sin garantía ninguna.

«Somos la viva imagen de la miseria»

Beatriz y Paula fueron a la consulta de Juan Carlos, quien dice estar diplomado en más de diez tipos de masajes diferentes. Lo más preocupante es que Juan Carlos juega a ser psicólogo y aplica una nueva «ciencia» llamada Biodecodicación, de la que se sirve para explicarle a sus clientes, quieran ellos escucharlo o no, y sin ninguna técnica de empatía, cuáles son sus traumas de la infancia y cómo están somatizando esos traumas.

Todo ello delante de una cámara de video, sin pedir autorización ninguna para grabar lo que diga o haga el cliente.

«Empezó cuestionando mi vida sexual, después siguió para las relaciones mías con mi padre y cuando intenté explicarle que simplemente hay cosas que uno supera con los años, fue tan agresivo e impositivo que opté por asentir a cualquier cosa que me dijera, por dura que fuera», narra Paula, quien asegura que se sintió violentada.

«Pensé en cuánta gente podía pasar por allí y terminar peor de cómo había entrado, un tipo que además dice que está impartiendo cursos en el interior del país. El interrogatorio fue por el módico precio de 5 CUC».

Y como Juan Carlos hay muchos que se promocionan en el Paquete o en Revolico, con tarifas incluso más altas, con los que el masaje termina siendo un episodio de acoso donde se toca donde no se debe o se escuchan propuestas de todo tipo, como si la vida fuera una película pornográfica.

«Somos la imagen viva de la miseria», dice Yumey, un joven de 25 años que solo piensa en irse del país. «Aquí se arregla todo lo que en el resto del mundo se bota cuando se rompe. Se rellenan las fosforeras desechables, se le cambia la guata a los colchones viejos, se reutilizan las suelas de los zapatos, se rearman ollas arroceras, ventiladores, refrigeradores… ¿y dónde te quejas después si te joden? En ningún lugar».

Yumey ha hecho el resumen, pero cada uno tiene su propio drama que contar cuando se trata de sobrevivir a las pequeñas cosas que conforman la vida cotidiana en Cuba.

Publicado en Diario de Cuba

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