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#OPINIÓN | ¿Cielos despejados?

Jetblue - Imagen de Archivo CPEM
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Lo que parecía imposible hace pocos años está a punto de hacerse realidad: la aerolínea JetBlue inicia hoy la ruta Fort Lauderdale-Santa Clara esta semana. De ese modo, los vuelos regulares entre varias ciudades estadounidenses  y cubanas —exceptuando La Habana por el momento— quedaran abiertos. Según también ha comunicado la empresa de bajo costo y con sede en Nueva York,  tendrán rutas diarias  a Camagüey y Holguín desde el mismo aeropuerto floridano.

American Airlines, ahora probablemente la mayor compañía área del mundo, se prepara para competir en rutas desde Miami a Cienfuegos, Holguín y Varadero, este último destino, en septiembre.  Se sabe que hay otras empresas norteamericanas en la puja por los “cielos de Cuba” pero nada oficial se ha anunciado aún.  El olfato de los directivos del transporte por aire huele el pastel a a solo unas millas, y este miércoles serán los primeros en romper el cerco económico que por más de medio siglo se le ha dispensado a la Isla.

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La noticia de los vuelos directos, en Miami y en La Habana, ha encontrado, como ya es habitual, opiniones favorables, menos y nada favorables. Si hiciéramos abstracción de los factores políticos que rodean el restablecimiento de los vuelos comerciales entre los dos países, nada mejor para ambos. La Habana, llamada Llave del Golfo, es el sitio de escala natural de Las Américas. Lo fue cuando la navegación por mar era el único medio de transporte, y lo siguió siendo cuando la aviación comenzó a sustituir el transporte comercial marítimo.

Miami es el primer aeropuerto de carga de EEUU. Uno de los primeros en pasajeros. La Habana, Varadero, Santa Clara y Santiago de Cuba tienen condiciones climatológicas excelentes todo el año y, a pesar de su muy golpeada infraestructura, todavía hay mucho terreno para construir. Por otra parte, el personal de tierra, cuando ha sido debidamente entrenado y bien remunerado, ha demostrado profesionalismo. A pesar de no pocos accidentes graves en los últimos tiempos, no olvidemos que Cubana de Aviación, fundada hace casi 90 años, fue la primera línea latinoamericana en enlazarse con Norteamérica y Europa.

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Los vuelos directos sin duda benefician al pasajero ordinario. Las compañías chárter y las compañías cubanas que operan los aeródromos han explotado al máximo durante cinco décadas el bolsillo de los viajeros. Se podrá argüir que muchos cubanos regresan a Cuba porque quieren, pero hay una buena cantidad que lo hace y lo hará porque allá quedaron hijos, padres y hermanos, y como dice una amiga, hay que bajar la cabeza porque el amor filial está por encima de cualquier consideración.  Se podrá decir que las empresas de viajes a Cuba “lucran” con estos viajes, y están “confabuladas” con el régimen de La Habana. Pero habría que exigirle también a las leyes estadounidenses flexibilidad en los impuestos y los riesgos por permitir tales compañías.

De tal modo, el dilema de los vuelos regulares no es siquiera económico. Se beneficia el viajero cubano que va y viene de la Isla; ingresa más dinero la empresa estadounidense al aumentar los vuelos diarios —se calculan casi 30 diarios a más de una docena de ciudades cubanas—, y lógicamente, el Gobierno de la Isla, que recibiría no solo cubanos sino turistas en tránsito, y tendría que reparar y modernizar todas sus terminales aéreas para cumplir con los requisitos —muy exigentes— de la  aviación civil norteña y las “nueve libertades del aire”.

Sin embargo, como sucedió con los famosos cruceros a Cuba, el ámbito de la polémica sigue siendo político-legal y ético. Y va en las dos direcciones. Para comenzar valdría la pregunta al Gobierno de EEUU: ¿Puede JetBlue, American o Delta negarle un pasaje a un cubano por razones políticas, o sea, que no es bienvenido en Santa Clara o La Habana?  ¿Estaría la compañía dispuesta a reembolsar el dinero, como sucede con relativa frecuencia, cuando un pasajero es imposibilitado de bajarse del avión u obligado regresar en el mismo vuelo porque su nombre “aparece en la computadora”? ¿Qué hará la empresa estadounidense al percatarse de que en la Cuba actual nada funciona, hay desánimo en los trabajadores, y no se respetan reglas y horarios? ¿Y cómo queda la Ley Helms-Burton, y los viajeros estadounidenses que no caben en las 12 categorías de viajeros autorizados?

También habría preguntas para el Gobierno cubano. ¿Podríamos viajar a nuestra patria con solo sacar un pasaje en JetBlue, American o Delta y con el pasaporte estadounidense?  ¿En caso de estar nuestros nombres en una “lista negra” del Gobierno cubano este enviaría ese listado a dichas compañías para que no pierdan el dinero? ¿O bastaría que no tuviéramos la “habilitación”,  especie de marca al ganado que aún pertenece al redil, para negarnos un pasaje? Antes de ir por el pasaje, ¿”habilitarían” algún buro para saber a quiénes y por cuáles delitos, como escribir en esta publicación, nos impiden viajar a Cuba?

Puede que no haya dudas de que el presidente Obama ha tenido toda la buena intención del mundo para dirimir el conflicto. Pero se ha equivocado de actores. El problema no es con EEUU ni con sus presidentes. El problema es con los propios cubanos. Y tal vez Obama ha hecho bien en echarse a un lado, como poder ejecutivo. Pero desde el punto de vista ético y legal ha dejado muchos nubarrones en el aire. Los cielos de Cuba y de EEUU no están despejados. Increíble. A menos de 30 minutos de distancia en vuelo directo.

Publicado originalmente en Diario de Cuba

Written by John Márquez

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