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Testimonio de una cubana que regresó a la isla 54 años después

No tuve problemas al llegar ni al salir de Cuba, gracias a Dios, porque yo estaba bien nerviosa. El país está penosamente en coma, espero que se recupere y se cure.

Testimonio de una cubana que regresó a la isla 54 años después
Testimonio de una cubana que regresó a la isla 54 años después | Foto: Tomada del blog Souldays.

Siendo una niña, esta compatriota, emigró de Cuba junto con su familia en 1962, tres años después de la llegada al poder de Fidel Castro y su revolución.

El pasado mes de abril, me dijo que estaba preparando un viaje a La Habana y otras provincias. Le dí algunos consejos y le desée buena suerte. Unos días después de su regreso a su segunda patria, me envió un correo electrónico contándome cómo le fue. Le pedí permiso para divulgarlo en el blog, me dijo que sí, pero que no pusiera su nombre.

A continuación, su relato.
Tania Quintero.
No tuve problemas al llegar ni al salir de Cuba, gracias a Dios, porque yo estaba bien nerviosa. El país está penosamente en coma, espero que se recupere y se cure.

Carretera de La Habana a Varadero, buena. Avenidas en La Habana, buenas. Transporte público, pésimo. Mucha gente en la carretera pidiendo que los lleven con el dinero en la mano, muchos carretones con caballos y los que van en bicicleta se prenden del carretón para no pedalear.

En Matanzas, la infraestructura está destruída, el 80 por ciento de casas y edificios deteriorados. Varadero es como si estuvieras en otro país, hay muchos hoteles -como 35 creo-, y para tener tantos hoteles han tenido que arenar la parte final de la península, de modo que la arena no es tan clara como la que hay al comenzar, donde está el Oasis por ejemplo. No salimos del hotel porque mis nietas estaban fascinadas con la playa, yo también.

Muchísimos turistas. El personal en el hotel atento, pero percibí una especie de aburrimiento y a la vez, mucho interés por las propinas. Era All Inclusive (todo incluido) -he ido a varios, en distintos países- y sólo dejé propina cuando me cargaron las maletas. En un restaurante donde teníamos derecho a un desayuno privado, el primer día nos sirvieron a cuerpo de rey, pero el segundo día nos sirvieron menos, creo que porque el día anterior no dejamos propina. Además, había un cocinero que preparaba huevos revueltos, y junto a los huevos que batía, un plato con dinero, lo cual me dio asco.

Cuando nos recogió el transporte de regreso, que por ir con mis nietas pedimos que fuera particular, el taxista, que fue el mismo que nos llevó a Varadero, a él sí le dimos propina. Era de Jagüey Grandey y contó que el hijo estaba haciendo el servicio militar. Desde que subimos empezó a criticar al gobierno: “Qué se creen los Castro, que son los dueños del país”, “Que él como no tiene nadie afuera la está pasando mal”, etc, etc. No abrí la boca, por si las moscas. Pero se percibe mucho malestar y desgano. Son como robots, no sé cómo explicarlo, y me da pena.
En La Habana estuvimos dos días. La parte restaurada preciosa. Pero las calles que no han sido restauradas, están destruidas, las casas y edificios también. Caminando, a las 4 de la tarde, nos metimos por una calle donde la gente estaba tomando ron a pico de botella. Los paladares, todos buenos.

Comimos en tres paladares. Doña Eutimia, en el Callejón del Chorro, Habana Vieja. El dueño salió a saludarnos y casi lloró cuando supo que yo hacía 54 años no iba a Cuba. Otro paladar fue El Litoral, en Malecón entre L y K, Vedado. La camarera, elegantísima, vestida de negro, contó que el dueño era un cubanoamericano de mucho dinero. El último, La Antonia, en la calle Mazón, cerca de la Universidad de La Habana, era más familiar, pero también era bueno.

Fuimos al Museo Napoleónico, bien conservado y muy interesante. Instalado en la hermosa residencia de Orestes Ferrara, que él bautizara con el nombre de La Dolce Dimora y fue diseñada en 1928 por los arquitectos cubanos Govantes y Cabarrocas.

En La Habana vimos varios hoteles en construcción. La Rampa, sucia, los depósitos de basura repletos de botellas, papeles, un asco, en una esquina, en el semáforo, un señor con un trapo pedía propina para limpiar el parabrisas de cada automóvil. Pensé que eso pasaba solo en los países pobres, no en Cuba, donde se supone no existe pobreza.

Mi sensación fue que yo estaba dentro de una película surrealista. Por un lado, los turistas derrochando dinero; por otro lado, una ciudad que parecía pegada con alfileres, y por el otro, la gente que sin perder su sentido del humor, ha perdido en parte su autoestima. Pero hacer ese viaje fue algo pendiente que yo tenía en mi vida.

El último día fuimos a la casa que fue nuestra, de las pocas que se encuentran en buen estado. Los actuales inquilinos no son los mismos de 1962, cuando salimos de Cuba. Los que ahora viven en ella nos atendieron bien, se dedican a vender ropa en el portal. Las calles del barrio están sin asfaltar.

Fui al colegio donde estudié hasta segundo de bachillerato, que entonces se llamaba La Inmaculada, en San Lázaro 805 entre Oquendo y Marqués González, en La Habana. Hoy es la sede de la congregación religiosa Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl. Fue como entrar al túnel del tiempo, todo igualito, los mismos muebles, la capilla, mucha emoción.

Termino con algo increíble: en los sitios oficiales de cambio, por un dólar, te dan 0.86 cuc. El peso convertible, la divisa de Cuba, vale más que la moneda de la primera potencia del mundo. Si no lo veo, no lo creo!

Publicado en Havana Times

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