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Desarraigo: el legado de la revolución cubana

Jóvenes cubanos. Foto: Fusión.net
Jóvenes cubanos. Foto: Fusión.net

Entre los logros más visibles de la revolución cubana, no podemos dejar de pensar en un concepto que día a día se hace más perceptible y patente: desarraigo.

Jóvenes cubanos. Foto: Fusión.net
Jóvenes cubanos. Foto: Fusión.net

Aún más representativa que “exilio”, porque éste se puede aplicar por igual a ausentes y a presentes de la isla, y no está determinada con la ambigüedad del propio término “ausencia”, tan relativo, tan del sentir y del recuerdo. Y que da un paso adelante, ya que atañe a lo visible y a lo invisible, a esas raíces ocultas, torcidas y renegadas, que están presentes en las almas de tantos hijos de Cuba.

Su definición se concreta a primera vista en los efectos más evidentes: el éxodo que no cesa y continúa creciendo; en el decaimiento de nuestras ciudades, de la apariencia y vestimenta del ciudadano cubano; en su conducta social. Pero también en su maltratado sentido de pertenencia a su propio país.

El cubano se siente (y se sabe) excluido en la organización y administración de sus intereses más directos. El efecto de esa política de extremo control se refleja en indiferencia por su propio entorno, en actitudes tan temerosas son la reproducción de un sistema institucional inmoral que lo induce a la inmoralidad continuamente.

La firma del desarraigo está en los jóvenes que se deslumbran con todo lo que provenga de “afuera”: un auto, un equipo electrónico, una ropa, una película, una bandera, un modo de vida que destile libertad económica, de acción, de pensamiento. Cosas que son naturalmente atractivas a cualquier ser humano consiente.

Ese estigma está en la falsa indolencia por el acontecer político (inducido por el acorralamiento sostenido del régimen), no la política oficial que inunda los medios sino la extraoficial, la quienes que se han atrevido a romper la hipnosis y a reaccionar, reclamando su legítimo derecho a opinar sobre el destino de su país. El carácter apolítico de los cubanos, especialmente en los jóvenes, es una de las peores secuelas del desarraigo.

Y su expresión más aterradora es el hecho de que se hayan podido mantener, aun a mínima escala, los actos de repudio, como la degeneración de un concepto de nacionalismo que se les inculcó de manera intencional deformado.

La prohibición de la religión fue una de las restricciones más dañinas, desterró valores universales que ayudan a sostener el equilibrio de la ética en el tejido social. Reemplazada por un sistema de valores escueto que, siendo concebido para manipular y controlar a través de la expresión del egoísmo, no puede proyectar virtudes sino vicios: intolerancia, miedo, odio, envidia… Un sistema de valores que no genera evolución, sino involución.

Con información de Diario de Cuba

 

Written by Edu Ascanio

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