Un voto a favor de Hillary Clinton y en contra de Donald Trump, según ha sugerido la campaña de Clinton abiertamente, no solo es un voto a favor la candidata demócrata y en contra del candidato republicano, sino un voto a favor la seguridad en vez del riesgo, a favor de la competencia en vez de la imprudencia jactanciosa, a favor de la estabilidad psicológica en la Casa Blanca en vez de pasiones ingobernables.
Este tema ha sido muy exitoso para Hillary, tanto en sus debates como en la campaña, y con toda razón. Los peligros de la presidencia de Trump son tan peculiares como el mismo candidato, y es más probable, en comparación con cualquier administración normal, que un voto a favor de Trump produzca una larga lista de consecuencias desastrosas: el desmoronamiento del sistema de alianza occidental, un ciclo de radicalización nacional, un colapso económico accidental, una crisis entre civiles y militares.
De hecho, Trump y sus seguidores casi admiten todo esto. En esencia, el lema de su campaña es: “Ya intentamos la opción de la cordura, así que ahora queremos optar por la locura”. Algunos de sus partidarios más elocuentes hacen una analogía entre el voto a favor de Trump y secuestrar un avión, con todo y la probabilidad de estrellar el avión.
Pero no querer al candidato que pretende estrellar el avión no significa que deban ignorarse los peligros de su rival.
Los peligros de la presidencia de Hillary Clinton son más familiares que las incertidumbres autoritarias de Trump, pues ya están enraizados en la política de Estados Unidos.
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