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La muerte de una revolución

Esa cruzada convirtió a Castro en el jefe indiscutido de su país durante 47 años; cuando no pudo más se lo dejó a su hermano. Es raro pensar que en un mundo donde casi todo se ha movido tanto hay un país —un solo país— que tiene el mismo gobierno hace más de medio siglo

Fidel Castro | archivo
Fidel Castro | archivo

Y al final se murió. Durante años y años tantos esperaron —y tantos temieron— la muerte del doctor Fidel Alejandro Castro Ruz como el momento en que todo cambiaría en su país. Ya es tan tarde que es probable que no: que los cambios más visibles sean simbólicos. Él mismo, a esta altura, ya era un símbolo. Se discute de qué; yo creo que Fidel Castro simboliza el fracaso más brutal de aquella idea de revolución que también simbolizó.

Sesenta años son sesenta años son sesenta años. Es difícil pensar sesenta años. Para mí, por ejemplo, son todos menos uno; para muchos lectores son más que los que cuentan. Para el mundo mundial es el tiempo que corrió entre los tocadiscos de 78 rpm y la informática hipercomunicada, pasando por la aparición de la píldora anticonceptiva, el rock and roll, el hombre en el espacio, los transplantes de órganos, la televisión a color, el fútbol por televisión, la ingeniería genética, la amenaza ecológica, el matrimonio homosexual, la caída soviética, el liberalismo triunfante, la unión europea, el boom chino, los coches sin chofer, las muertes de Marilyn Monroe, Kennedy, Churchill, Guevara, De Gaulle, Perón, Franco, Mao, Reagan, Thatcher, Mandela, Picasso, Miró, Bacon, Lennon, Marley, Sinatra, Jackson, Cortázar, Borges, García Márquez, Hitchcock, Fellini, Brando, Gassman, Hepburn, Bergman, Sartre, Beauvoir, Sontag, Lacan, Foucault y unos miles de millones más.

Esa cruzada convirtió a Castro en el jefe indiscutido de su país durante 47 años; cuando no pudo más se lo dejó a su hermano. Es raro pensar que en un mundo donde casi todo se ha movido tanto hay un país —un solo país— que tiene el mismo gobierno hace más de medio siglo. Es difícil encontrar algo más inmóvil, mejor conservado. Y todo en nombre del cambio por excelencia: de la Revolución.

El balance es cruel: aquellos militantes quisieron producir una sociedad “revolucionaria”, capaz de sacudirse la opresión y valerse por sí misma, e hicieron exactamente lo contrario: armaron una en la que confían tan poco que nunca le permitieron gobernarse. Si en más de medio siglo no construyeron una colectividad que pudiera crear sus propios mecanismos, cambiarlos, mejorarlos, su fracaso es profundo.

Y hubo un día en que ese fracaso se hizo chiste triste. Hace doce años Fidel Castro se cayó en un acto y se rompió el brazo y la rodilla; cuando lo iban a operar —dijo el parte oficial— el comandante “explicó a los médicos que dadas las circunstancias actuales era necesario evitar la anestesia general para estar en condiciones de atender numerosos asuntos importantes”. De esa manera, seguía el parte, “todo el tiempo continuó recibiendo informaciones y dando instrucciones sobre el manejo de la situación”.

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Written by @norismarnavas

Productora de contenido en Cubanos por el Mundo. Locutora certificada. Profesora universitaria. Investigadora

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Fidel Castro/archivo: Roberto Chile, cubadebate

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