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ARIEL HIDALGO: «La revolución cubana se acabó hace cinco décadas»

Ese centralismo monopolista de Estado no tiene nada que ver con revolución alguna, salvo que fue el resultado final de una revolución traicionada por los líderes que sobrevivieron…

Edificio de apartamentos en La Habana vieja / Foto: Cortesía
Edificio de apartamentos en La Habana vieja / Foto: Cortesía / Imagen referencial

ARIEL HIDALGO

El próximo primero de enero se cumplirán en Cuba 57 años… ¿de qué?… digamos que de un proceso al que casi todo el mundo llama “revolución”, algo que ha durado seis décadas y que ahora, según muchos creen, terminará con la desaparición de su máximo líder. A quienes se han opuesto a ese régimen se les llama “contrarrevolucionarios” y lo curioso es que muchos de esos opositores han aceptado para sí mismos ese calificativo. Incluso, cuando hoy se habla de transformar radicalmente el orden social actualmente vigente, se menciona sólo la palabra “cambios”. Casi nadie se atreve a calificar esos cambios con el término “revolución”, porque para muchos cubanos se ha convertido en una mala palabra y se la deja sólo para denominar al régimen que quieren hacer desaparecer.

Pero el concepto se aplica a un proceso de cambios profundos que alteran la esencia del status quo, a diferencia de la reforma, que se entiende como un cambio de formas, un reordenamiento, un conjunto de modificaciones que no alteran esa esencia. ¿Se están produciendo esos cambios profundos en la Cuba actual? Para nada. En cincuenta años sólo ha habido reformas, como la que se hizo en los 90 durante el período especial y como la que ha realizado Raúl Castro desde que asumiera los dos cargos más importantes del país, la presidencia y la Secretaría General del Partido.

El cambio revolucionario se realizó desde 1959 en que se empieza el proceso de intervenciones de las grandes propiedades, empezando por la Reforma Agraria, hasta 1968 en que se lleva a cabo lo que se calificó de “ofensiva revolucionaria”, la intervención de las pequeñas propiedades. ¿A quiénes? Se decía que a la “pequeña burguesía”. En realidad se estaba despojando de sus modestos medios laborales a los trabajadores independientes. Porque para los dirigentes del nuevo Estado la independencia era un pecado. Todo en el país tenía que estar controlado. Y ahí terminó la revolución.

¿Qué hubo después? Pues un Estado monopolizador de todas las riquezas del país, necesitado, por tanto, de una casta burocrática que por su exorbitante poder, se convirtió en una nueva clase social dominante y corrupta. Ese centralismo monopolista de Estado no tiene nada que ver con revolución alguna, salvo que fue el resultado final de una revolución traicionada por los líderes que sobrevivieron a la lucha insurreccional. En consecuencia, si hoy hubiera que calificar a algunos de contrarrevolucionarios no sería exactamente a los opositores sino a los responsables de haber desviado el rumbo de aquel proceso desde posiciones de poder hacia un régimen de control absoluto de la sociedad y de todas las riquezas. ¿Cómo se llama esto? Sólo tiene un nombre: totalitarismo. ¿Y cómo se llama a la prolongación indefinida del poder de unos pocos? Pues dictadura vitalicia.

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