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La dura y gran tarea de ser un cuentapropista en Cuba

Gilberto “Papito” Valladares, uno de los cuentapropistas más populares de La Habana (foto: revista.creadoresamano.com)
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La pregunta se responde sola. Es el emprendedor en contra del desafiante régimen que busca poner trabas a ver quién las aguanta. Sin embargo, los cuentapropistas han sabido abrirse camino ganándose el reconocimiento de propios y ajenos.

Cuando de revisar logros se trata, los cubanos no van a señalar a las banderas del régimen castrista como la agricultura o la construcción. Sin embargo, la gastronomía si resalta y ha logrado cautivar a figuras tan importantes como el presidente saliente Barack Obama, que en su viaje a Cuba se dio cita en un paladar, en compañía de su esposa.

Pero no todo es color de rosa. Un reportaje de Cubanet, se hace grandes preguntas a la hora de pensar en emprender en la isla: ¿cuánto cuesta abrir una cafetería o un restaurante en Cuba? ¿Son las instituciones bancarias estatales las que financian estas inversiones? ¿Puede un ciudadano sin ayuda económica del exterior convertirse en propietario de un negocio de elaboración y venta de comidas?

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Prácticamente la totalidad de estos negocios han sido financiados desde el exterior. El testimonio que recoge el portal, es de Dinorah, una propietaria de una concurrida cafetería en el municipio Playa:

“No es posible acudir a un banco y solicitar un crédito por la cantidad que se necesita para abrir un negocio, ni siquiera pequeño como este. No existen créditos por esas cantidades. (…) Te hablo de más de 10 mil dólares para adquirir lo esencial para comenzar, mesas, sillas, equipos de cocina, los carteles, la decoración, platos, vasos (…). Faltaría el alquiler del local, el pago a los empleados, la compra de los productos a precio normal (no mayorista) y todo lo que pasa cuando el negocio no es estatal (…), ya sabes, inspectores todos los días, las quejas de los vecinos”.

Otro de los consultados, identificado como Medardo también propietario de una “paladar” tipo ranchón en el municipio Cotorro comenta que necesitó la ayuda económica de su familia, radicada en los Estados Unidos, para fundar su restaurante:

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“Gracias a mi hermano que me trajo las cosas. Entre él y mi ahijado también pusieron el dinero para levantar el ranchón y la cocina. Con eso compramos los muebles, las lámparas y los aires del reservado, más toda la bebida, las neveras, mandamos a hacer los uniformes (de los meseros) (…). Yo vendí un carro para completar (dinero) (…). Por supuesto que después he tenido que ir pagando lo que me prestaron, pero eso no se recupera en un par de días (…). Los bancos no te dan préstamos para estas cosas. ¿Qué hago yo con 20 mil pesos (unos 800 dólares)? Nada. Para abrir una paladar tienes que echarle más de 20 mil dólares y te quedarías corto”, opina Medardo.

Según Pablo Sánchez, funcionario de la ONAT (Oficina Nacional de Administración Tributaria) que trabaja en la fiscalización de varios establecimientos gastronómicos de La Habana, hasta los negocios más sencillos necesitan inversiones que los bancos cubanos no pueden o no se arriesgan a respaldar, continúa el reportaje.

 “Hay paladares (restaurantes) que tan solo por la zona donde están y por la magnitud de la inversión te indican que no son negocios hechos con lo que alguien ahorró. Son inversiones a veces de hasta medio millón de dólares, quizás más, algo que para cualquiera aquí (en Cuba) es inimaginable. Inversiones que nadie hace porque es familia tuya o porque le caíste bien, y son negocios que sin dudas rinden porque si no ya hubiesen cerrado. (…) ¿Entonces, cuánto recaudan a diario o al año? ¿Recuperan la inversión? Solo los dueños, los verdaderos, lo saben porque en la ONAT se declara tan solo esa parte a la que están obligados por la ley. (…) Supongo que más de la mitad de ese dinero no pasa por los bancos cubanos. Pero tampoco tendría que pasar porque no fue de ahí que salió el capital”, comenta Sánchez.

Dentro de los miles de negocios gastronómicos privados contabilizados hasta la fecha, habría que considerar, además, que la mayoría no requirieron tanto capital inicial, de modo que no clasificarían en otros países como verdaderas “empresas” sino como “puestecitos” de venta callejera.

Son esas parodias de “cafeterías” que cualquiera puede abrir a la puerta de la casa, en medio de la sala, con solo colocar una tablilla de ofertas y un cartel.  No obstante, a diferencia de lo que sucede en otros lugares del mundo, en el contexto cubano hasta un  puesto callejero supone una inversión costosísima que puede superar cientos de veces los ingresos mensuales por concepto de salario estatal.

Redacción Cubanos por el Mundo / Con información de Cubanet 

@mafermusa

Written by María Fernanda Muñóz

Periodista venezolana. ¿La mejor arma? Humanidad. Pasión se escribe con P de periodismo

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