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Médicos ‘desertores’: el hombre y su circunstancia

Médicos cubanos en Ecuador regresan
Médicos cubanos fueron enviados para Haití / Foto: Cortesía
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Hace pocos días el Gobierno insistió, nuevamente, en que los llamados “médicos desertores” podían regresar a la Isla, y recuperar su puesto de trabajo, salario y beneficios de seguridad social para ellos y sus familias. El anuncio, a primera vista, o causa risa o puede ser obra de un enfermo mental.

Casi nadie que conoce la libertad, aun en la peor de las circunstancias, da marcha atrás. Pero tal vez el “perdón” oficial es un asunto político en consonancia con la suspensión del programa “parole” mediante el cual el Gobierno norteamericano daba visas de refugiados a los galenos que escapaban del régimen. La supuesta magnanimidad de La Habana puede tener también una arista económica: no hay médicos para tanta gente.

Las llamadas “misiones internacionalistas” o brigadas médicas, no son una invención cubana, ni son únicas en zonas de conflicto, guerras o hambrunas. Tampoco son las únicas subvencionadas y pagadas por los gobiernos. Mucho menos son solo cubanos los mártires en esas difíciles condiciones de trabajo. No por casualidad el régimen ha ocultado con denuedo las muchísimas brigadas médicas voluntarias de otros países que hoy alrededor del mundo trabajan también en lugares remotos y peligrosos. Como suele suceder, la propaganda realza el aporte de Cuba para que parezca sublime, paradigmático, inspirador.

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Hay una gran diferencia entre el comienzo de la colaboración médica cubana —55 colaboradores, 1963, Argelia—, y la actual cooperación médica, llamada “asistencia médica compensada”, léase pagada con dinero o productos. Diferencias que van desde cómo se vivía dentro y fuera de la Isla, los médicos de entonces y las condiciones en las cuales se trabajaba. Los primeros galenos en prestar ayuda internacional eran graduados de antes de la Revolución, o en cursos recientes. Había en ellos una alta dosis de altruismo y sólida formación clínica. Eran bienvenidos en casi todos los lugares, incluso por la oposición. Sus familias en la Isla no necesitaban mucho, y cobraran su salario en pesos cubanos.

En las décadas de los 70 y los 80 la colaboración médica continuó con un tenor un poco menos altruista. El mundo era otro, y Cuba también. Ciertos profesionales no se daban cuenta. Llegaban a países en guerra o en conflictos políticos, y al estar aliados a un bando, eran rechazados por otro sector de la población. Así sucedió en Angola, en Nicaragua, en Etiopía.

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Su trabajo profesional —aún con alto nivel técnico-científico— y entrega hizo que finalmente fueran aceptados. En Cuba eran compensados con un automóvil ruso o un apartamento, según sus necesidades. Pero en el país anfitrión se les pagaba con “dinero de bolsillo”, algo que no alcanzaba para cubrir necesidades económicas de sus familias en la Isla. Los médicos cubanos comenzaron a “inventar”: vendían a los africanos pijamas como trajes “safaris”, y a los nicaragüenses les cambiaban los cigarros y el ron por ropa y electrodomésticos.

El escenario cambió radicalmente con la caída del bloque socialista. El régimen vio en las decenas de miles de médicos y técnicos una fuente segura y fácil de financiamiento. Primero hizo el marketing: Cuba era una “potencia médica mundial”. No importaba que hubiera que trastocar las estadísticas y los resultados reales. Después vendió el producto: cuando el huracán Mitch en Centroamérica, en 1998; y cuando la “revolución bolivariana” de 1999. Ambos eventos reclamaban miles de cooperantes médicos y técnicos de la salud. Surgió entonces la posibilidad de vender o intercambiar medicina por petróleo… o por votos en la escena internacional, igualmente valiosos.

Para entonces la formación masiva y acelerada de médicos y técnicos de la salud iba en contra de la calidad del profesional, y no hubo suficiente personal para cubrir la demanda docente. La verdadera deserción comenzó en la Isla durante el mal llamado Periodo Especial, con cientos de profesores y buenos especialistas jubilados, otros que se fueron a vivir al extranjero, y algunos que en plena tercera edad pidieron cumplir misión médica para sostener a sus familias.

La solución de un régimen que se siente propietario de los seres humanos fue doblemente fatídica: pagar la cooperación con un porciento ínfimo de lo recibido por los servicios en el exterior, y demorar la salida definitiva del país de los médicos y técnicos que la solicitaran por un periodo de tiempo que, dijeron, era de cinco años y, como suele suceder en un país sin leyes ni derechos, se alargaba según las “necesidades de la Revolución” (sic).

Está por escribir y documentar los cientos de separaciones arbitrarias, después de pagar sobradamente sus carreras, que sufrieron profesionales de la salud a los que se les impedía salir de la Isla con sus familiares. Algunas de estas familias nunca volvieron a recomponerse. Pero como titula el famoso documental, entonces “nadie escuchaba”.

Al “desertor” de hoy lo mueven los intereses y los dobleces morales creados por el propio régimen: prometer lealtad para escapar al menor descuido, y dar un futuro mejor a sus hijos. A Cuba solo lo atan los familiares dejados atrás, a quienes no les pagan el trabajo acumulado si el médico decide no regresar. Hay relatos desgarradores de familias retenidas en la Isla a modo de castigo. Para entender mejor hay que parafrasear al filósofo español José Ortega y Gasset en Meditaciones del Quijote: cada cubano “desertor” es solo él y su circunstancia. Y la sentencia remata con una magistral actualidad: y si no la salva a ella —la circunstancia— no se salva él.

Publicado originalmente en Diario de Cuba

Written by Diario de Cuba

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