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DEBES VERLO: Cubana lucha porque su bebé nacido en Urabá pueda ser colombiano

Sin padre, sin patria. Así afronta el pequeño Luis el mundo, solo con su joven madre escondidos para no ser deportados

La cubana que lucha porque su bebé nacido en Urabá pueda ser colombiano Foto: Juan Arturo Gómez
La cubana que lucha porque su bebé nacido en Urabá pueda ser colombiano Foto: Juan Arturo Gómez
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La historia de la crisis migratoria no ha sido fácil de contar y algunas experiencias más duras que otras han acaparado páginas enteras y servirían de guion de película, idea que al aterrizarla se hace más difícil de digerir, cuando recordamos que una persona ha atravesado por tantos momentos duros y complejos.

Peor aun cuando la historia la protagonicen pequeños inocentes, dueños del futuro en cuyo presente, nada les pertenece. Ni la nacionalidad. Tal es el caso de la historia del nacimiento de Luis Alejandro Rocheta Mayo, un cubanito que terminó llegando al mundo para ser ahora un bebé sin patria. Nacido el 12 de octubre de 2016, a las 3 y 20 de la madrugada, este bebé de ojitos achinados, mulato y sin padre, llegó tras tres días de fuertes contracciones vividas por su madre Dayana, en un hospital de Turbo, Antioquia. Hasta el momento, la joven había contado con una buena samaritana llamada Rosa, que le dio albergue y la recibió como si fuese de su familia, a pesar de no compartir ni el acento.

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No fue un parto fácil. Pero lo mejor que pudo haberle pasado a Dayana es sentir el alivio de que su hijo nacía en un país libre, sin importar todo lo que ya ella había vivido durante su embarazo, buscando darle a su hijo el mejor tesoro que podía otorgarle y por el que había cruzado países enteros: la libertad.

 “¡Nació en un país libre, mi niño nació en un país libre!”, recuerda haber dicho en algún momento en la sala de cirugía. Una tierra libre en la que el bebé iba a tener derecho a salud y educación. Eso pensó Dayana.

Tras haber dado a luz, la joven de 22 años y su hijo fueron dados de alta. A pesar de que necesitaba una transfusión sanguínea, en el hospital donde la atendían no contaban con las unidades de sangre de su tipo, así que fue la “tía Rosita” quien con viseras de res, caldo de ojo, espinaca y remolacha la ayudó a recuperarse.

Partió de Cuba en diciembre de 2015. Abandonó sus estudios de economía, saliendo de la isla junto a su hermana con la esperanza de llegar a Estados Unidos así como le ha ocurrido a miles de migrantes que abandonan Cuba buscando escapar del régimen de Castro.

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Las hermanas Rocheta aterrizaron en Sudamérica a través de Guyana. Allí fueron estafadas por coyotes. “Nos ofrecieron llevarnos hasta Capurganá, Colombia, a cambio de 3.000 dólares por cada una. Nos montaron en un bus y en Boa Vista, Brasil, nos abandonaron”, dice.

Separación familiar: frecuente y dolorosa

La hermana de Dayana se quedó a vivir en ese país. Allá dio a luz un hijo. “Le dieron la cédula de extranjería brasilera, el trámite de los documentos solo tardó dos meses y a su hijo le fue reconocida de forma inmediata la nacionalidad brasilera”, cuenta Dayana mientras camina por las calles de un pueblo en el Urabá antioqueño, donde se esconde por miedo a ser deportada.

En Brasil los días transcurrieron difíciles. Fue ahí donde Dayana conoció a un chico venezolano y quedó en embarazo. Pero cuando su nuevo compañero sentimental supo que sería padre, se fue sin decir nada. No se hizo responsable. A comienzos de mayo de 2016, Dayana se despidió de su hermana y decidió continuar su viaje sola. Con su niño en el vientre.

Ahí comenzó una nueva odisea. Gracias a varias chalupas desde Manaos hasta Tabatinga, en Brasil, por doscientos dólares que le había cobrado otro coyote que le juró que la llevaría hasta Túquerres, Ecuador. Pero también le incumplió. La dejó en Mazan, Perú, un pueblito en la mitad de la Amazonía, más o menos cerca de la frontera con Colombia. Varios indígenas ayudaron a Dayana y a otro puñado de cubanos a cruzar la frontera por 30 dólares. Cuando iban por carretera rumbo a La Hormiga, en Putumayo, fueron interceptados por policías Antinarcóticos, quienes ordenaron al conductor del bus devolverles el dinero. Dos días después, Dayana fue deportada a Ecuador.

Logró llegar a Turbo, el 15 de junio de 2016. Formó parte de una crisis migratoria sin precedentes junto a más de mil cubanos que pretendían cruzar hacia Panamá. Por su estado, dos señoras del poblado le dieron cobijo. Amelia Ballesteros y Emelina Córdoba se llaman esas dos mujeres que la socorrieron durante el embarazo y que hoy están con detención domiciliaria acusadas de tráfico de migrantes.  “Es una injusticia porque esas señoras no me cobraron ningún dinero, solo me estaban dando una mano”.

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Ahí continuó su embarazo, donde esperaba Dayana dar a luz a su hijo, en ese lugar que partió su vida en dos. Aun sintiéndose más desamparada que nunca, consiguió manos solidarias que la ayudaron a sobrellevar la carga. Luis se convertía ahora en un nuevo rostro de esos niños que nacen en fronteras mientras sus padres luchan por sacarlos adelante, por darles un futuro mucho mejor que el presente que han vivido ellos.

Sin embargo, fue Migración Colombia quien decidió negarle a la joven Dayana esto que parecía inminente. Luis “no puede ser colombiano”, pues a menos de que su padre sea colombiano, el niño no cumple con los requisitos para ser nacional a pesar de haber nacido en ese territorio.

“Porque la Constitución y la Ley exigen la concurrencia de dos requisitos: haber nacido en Colombia y ser hijo de colombiano. En caso de ser hijo de extranjero, este extranjero debe contar con domicilio legal en el país, lo que supone que se encuentre de manera regular amparado con una de las varias visas que la Registraduría otorga para domicilio legal a los extranjeros radicados en Colombia”, dijo una fuente de Migración.

Dayana rompe en lágrimas cuando recuerda el día en que una funcionaria le dio esa noticia:

“¿Entonces mi hijo es del aire? ¿De dónde es mi hijo? Yo quiero que le reconozcan la nacionalidad y que me den a mí una cedula de extranjería para trabajar y darle lo que necesita”.

Pero ningún papel ampara la permanencia de Dayana en Colombia. De regresar a Cuba, enfrentaría problemas legales o formaría parte de los perseguidos que abandonan la isla. Huyéndole a la deportación, Dayana escapó de Turbo, refugiándose en un caserío llegando a Apartadó.

“De seguro me quitan mi hijo y lo dejan en Colombia y a mí me deportan. Yo sin él prefiero morir”, dice. Al pequeño Luis lo han atacado dos resfriados. Y ha tenido diarrea varias veces.

Mientras Dayana hace maromas, trabajando ilegalmente como mesera o en lo que salga, para garantizarle a su hijo leche y pañales, aun cuando el Estado colombiano debería garantizarle al pequeño la salud y la educación como derechos fundamentales y universales.

“Y aunque no lo diga un papel, para Dayana su bebé ya tiene una patria, esa misma de la que se esconde todos los días”.

Redacción Cubanos por el Mundo / Con información de Semana

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