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La pulga

Y la pulga salto un metro. Le quitó una pata y repitió lo mismo: la pulga saltó solo medio metro
Y la pulga salto un metro. Le quitó una pata y repitió lo mismo: la pulga saltó solo medio metro

Este era un científico que realizaba experimentos con una pulga. Le ordenó a la pulga:
– ¡Salta, pulga, salta!

Y la pulga salto un metro. Le quitó una pata y repitió lo mismo: la pulga saltó solo medio metro. Así fue quitando zancas a la pulga que cada vez saltaba menos, hasta que el insecto se quedó sin patas. Todo lo iba anotando en su libreta como corresponde a un hombre de talento extraordinario. Cuando la pulga ya no tenía patas, le ordenó que saltara, pero esta vez no saltó. Entonces anotó muy convencido:
–Pulga sin patas, sorda.

¡Vaya moraleja! Así se desarrollan las cosas en Cuba. Quienes dirigen el país son los científicos del desarrollo económico. El pueblo, la pulga que obedece. Hay que saltar aunque ya no queden patas para el impulso, mientras los dirigentes continúan empecinados en hacer creer la infalibilidad de todo lo que conciben como lo correcto, aunque los avances retrocedan y lleguen hasta el inmovilismo.

La gran verdad de este chiste negro no está precisamente en la sordera poblacional ante el repetitivo llamado de un alto funcionario desde un salón con aire acondicionado a que “hay que producir más, trabajar más, duplicar las producciones…”, –como si con la lengua se sembrara el boniato– sino en la ineptitud de aquellos que creen saberlo todo y arrancan, una tras otra, las pocas patas que le quedan al pueblo para saltar. Hasta al definitivo posible salto –el más largo y deseado por una gran masa poblacional de Cuba– Obama le cercenó la pata.

Sin embargo, continuamos viviendo. Claro que en la miseria de las limitaciones, sobre todo alimentaria y salarial. Sobrevivimos al límite, parecido a los sirios, a los iraquíes y a los libios, con la única atenuante de que en Cuba no sufrimos guerra. Por fortuna, las patas de las armas de fuego de la pulga quedaron extirpadas desde 1959. Pobre de los venezolanos donde las armas de fuego están en manos de los “malandros” y el ejército.

En esta Cuba nuestra la población sub vive al elevado costo de los alimentos que, en línea diametral, al otro extremo contrasta con los míseros salarios estatales. La población escapa hacia el “cuentapropismo” porque es la vía expedita menos ilícita para superar la crisis monetaria sin tomar en cuenta que todo el que pase a ese gremio se convierte en otro más de los explotadores del mismo pueblo al que pertenece, en franca competencia con la expoliación estatal de las shopping. Más de medio millón de nacionales ha pasado a trabajar por cuenta propia y se bate en negocios muchas veces turbios, evadiendo el ojo siempre omnipresente del Estado. Paradójicamente, se le facilita una patente de trabajo individual, para luego acosarlo mediante un gigantesco cuerpo de inspectores –muchas veces corrupto– que extorsiona a cambio de dinero o mercancía, pero que al final se convierte en cómplice de las ilegalidades. Es la antropofagia de unos contra otros.

En las ofertas de trabajo estatal ya nadie averigua por un empleo según el salario, sino por alguna “pinchita” en la que haya “busca”. Los trabajadores de servicios en restaurantes, bodegas, merenderos y otras vertientes en general ganan poco más de doscientos cincuenta pesos mensuales, lo que equivale a menos de once CUC (o dólares); o sea, cuarenta centavos diarios en moneda fuerte, como en los lejanos tiempos del machadato. Entonces se ven obligados a “luchar la busca”. Lo peor es que esta lucha es contra la población de a pie, a la que ellos mismos pertenecen. El panadero elabora el pan más pequeño para sustraer la harina con que luego fabricará unos suyos y los venderá a sobreprecio en la calle; el bodeguero, oncitas a oncitas de azúcar, de arroz, de picadillo o mortadela, escamotea sus libras para el hogar. Los empleados de las shopping tienen su “gente” para que, cuando haya rebajas de mercancías, las acaparen sus cómplices y luego las revendan en la calle a sobre precio.

Los más débiles, aquellos que por alguna razón de miedo o de honestidad no hayan caído en los brazos de la rapiña al prójimo, terminan en la calle como alcohólicos o tanqueros. Los primeros durmiendo en los portales y los parques, a merced del destino, y los segundos buceando dentro de los contenedores de basura en busca de algún pomo plástico que luego puedan lavar y vender a otro necesitado o reuniendo latitas desechables de cerveza que dejan los más pudientes, para luego llevarlas a centros de recuperación de materias primas y liquidarlas por unos centavos.

En contraposición a estas miserias, se han otorgado patentes a cuidadores de baños en terminales y otros sitios públicos, que cobran, inmisericordes, un peso al necesitado de vaciar su vejiga; estos “privilegiados” cuentapropistas regresan a su casa con más dinero recaudado en un día, que un médico especialista durante un mes de trabajo. Otro empleo lucrativo por el estilo es el de los parqueadores de bicicletas y motos en centros públicos.
Si tomo como referencia a Camagüey por ser donde vivo, los que arman el muñeco de la economía se olvidan de reparar las calles en pésimo estado, cierran las principales vías con el más elemental pretexto, eliminan sitios de aparcamiento para carros y complican cada vez más el tráfico dentro de la ciudad por la carencia de semáforos y policías de tráfico. Hasta parece que lo ordenan para incomodar a la población y darle a conocer que son ellos los que mandan. Esto ha traído como resultado una de las más peligrosas indisciplinas sociales: circular sin distinción contra el tráfico establecido como si se tratara de una barriada rural. Esta metrópoli con más de trescientos mil habitantes, la tercera ciudad del país, solo cuenta con cuatro semáforos; tres de ellos en la carretera central para que el viajero que cruza perciba una mayor imagen en el desarrollo vial.

Así es Cuba hoy: el espejo triste del cuento de la pulga. Nuestros científicos económicos se reúnen. Solo aquí en la carismática Ciudad de los tinajones se han habilitado muchos sitios para estos menesteres. Basta cruzar cerca de uno de ellos y pueden observarse decenas de vehículos nuevos aparcados, a sus decenas de choferes a la sombra matando el tiempo en conversaciones banales, en espera de que sus importantes jefes culminen las discusiones del evento al que fueron convocados. Dentro del salón, que puede ser un teatro exclusivo o un centro de convenciones reservado para estos oficios, bajo aire acondicionado central y butacones forrados de damasco, decenas de estos expertos de gruesas agendas se reclinan y discuten cómo será posible hacer saltar a la pulga sin patas. Luego de varias horas de debate llegan al consenso final. Todos levantan la mano y aprueban, por unanimidad. No hay abstenciones ni nadie vota en contra. Luego los aplausos. El acuerdo es obvio: la pulga no responde a la orden de saltar sin patas, porque la pulga es sorda.

Pedro Armando Junco

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