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Extranjeros y cubanos, príncipes y mendigos

Kempinski Hoteles, originarios de Ginebra anunció que durante la primavera abrirán el primer hotel cinco estrellas en el histórico edificio Manzana de Gómez que contará con 246 habitaciones de lujo bajo el nombre “El Gran Hotel Kempinski Manzana La Habana”.
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Una amiga que vive en Miami ha viajado a la Isla con sus hijos. De padre cubano, quería que los niños conocieran los familiares que aún quedaban allá. Pospuso el viaje una y otra vez sin saber por qué; algo le decía que podía ser una experiencia llena de contrariedades y desencuentros. Afortunadamente, la relación familiar fluyó con una naturalidad inusitada: los niños y sus parientes cubanos en la Isla se trataron como si se conocieran de toda la vida.

La parte triste del viaje no fue la familia, ni siquiera vivir la odisea de la otrora París del Caribe, hoy ciudad de escombros, sedienta, con basura acumulada en cada esquina. Ella estaba preparada, o al menos enterada, de los apagones, los baches, el olor a keroseno, el jarrito y el cubo de agua para bañarse y las más elementales carencias alimentarias. Para lo que no estaba alerta era para ver cómo los cubanos tratan a sus compatriotas.

Y no lo entiende, entre otras razones, porque solo a 90 millas, los cubanos son “príncipes”. Lo que no podría hacer ningún latinoamericano, ni siquiera un inglés en EEUU, legalizar su estatus migratorio y hacerse ciudadano en poco tiempo, lo pueden hacer los cubanos. En el sur de La Florida controlan la política y la economía. De hecho, ella misma, al casarse con un hijo de esa isla, alcanzó un estatus migratorio diferente que le ha permitido encontrar buenos trabajos y seguir estudiando. Ofender o humillar a una natural de la Isla por causa de su nacionalidad original puede salirle muy caro a los propios estadounidenses.

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Ella dice haber sentido, desde el aeropuerto mismo, un “apartheid” incluso con los cubanos que de Miami —inconfundibles por sus maletas, abalorios y sombreretes— regresaban de visita a su propio país; la sacaron de la fila de chequeo migratorio con sus hijos y la pasaron por delante de otras madres con niños pequeños porque “no era cubana”. Después y de modo ocasional, fue el acoso: los familiares que la acompañaban a las paladares y a las tiendas podían ser potenciales “jineteros”.

Muy observadora, ella hace una acotación cruel: debajo de ese aparente rechazo al propio nacional —que nada puede dar—, y la lisonja al extranjero, el “de afuera” —todo lo tiene, todo lo puede—, los cubanos siguen siendo personas amables, saben querer y entregarse; son como La Habana, una ciudad en ruinas que se cae a pedazos y aun así puede ser restaurada.

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De alguna manera, la capital cubana de estos días reproduce la observación de mi amiga. Las ciudades, sus edificios, parques, teatros, escuelas y hospitales se parecen a sus dueños. Son las personas, su espíritu, quienes hacen el ambiente, y este, recursivamente, quien devuelve a las personas la magia de vivir en paz, las ilusiones. Es lo que cualquiera percibe cuando va a Madrid, a París, a Nueva York o a Ciudad de México: el turismo no es la Gran Vía, la torre Eiffel, el Empire Estate o el Ángel de la Independencia. El turismo lo hacen las personas del lugar; cómo las autoridades tratan con respeto, y a veces mejor, a nacionales que a extranjeros.

Tratando de desaparecer el legado de los Gómez-Mena —cubanos, cuyo delito fue ser millonarios haciendo producir el país—, han sembrado una centenaria compañía extranjera a pocos pasos de la estatua de José Martí en el Parque Central. El lujoso Hotel Manzana, ya no de Gómez, sino de Kempinsky, está rodeado de iconos de la cultura y la política cubana republicana, y también de decenas de edificios y casas apuntaladas a punto del derrumbe. Las inferencias al pasado, aquella bofetada moral de los marines que tanta alharaca produjo, no son meras coincidencias. Puede que padezcamos de siempre un extraño “neuroticismo” —odiar y amar al mismo tiempo— con lo “de afuera”.

El turismo no lo hace un hotel de lujo en medio de una ciudad devastada por la desidia y una población sospechosa de jineterismo. No puede haber turismo de excelencia donde se carece de agua, casi no hay alumbrado público, no hay cuidado del ambiente porque lo “esencial para los ojos” es un plato de comida. Como dijera la amiga en su breve visita a Cuba: lo que más espanta y duele al turista son los seres humanos que viven en la Isla; parecen como destruidos por dentro y al mismo tiempo se percibe que con una adecuada restauración, los cubanos podrían brillar como hoteles cinco estrellas.

Publicado originalmente en Diario de Cuba por Francisco Almagro Domínguez

Written by Diario de Cuba

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