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El futuro del socialismo al estilo cubano

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Cuando Fidel Castro proclamó que este modelo de socialismo no sirve ni siquiera para nosotros mismos, cualquiera hubiera pensado que eso bastaría para que sus seguidores se pusieran a buscar otro socialismo que sirva mejor a la nación cubana.

El líder revolucionario liberó a la gente de falsas lealtades recomendando cambiar todo lo que debía ser cambiado. Más tarde, el presidente Raúl Castro lo confirma advirtiendo que estamos caminando hacia a un abismo y el tiempo de variar de rumbo se acaba.

Sin embargo, desde el mismo inicio del proceso de reformas económicas se optó por llamarlo “actualización” del modelo y la lógica pregunta que surge es ¿se piensa “actualizar” un modelo de sociedad cuyo creador calificó de inservible?

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El sistema cubano fue una copia a escala del soviético, el mismo que condujo a la desaparición del socialismo en Europa. Si China y Vietnam prosperaron fue porque transformaron sus economías, un camino que ahora también inicia Corea del Norte.

A pesar de la evidencia, en Cuba algunos mantienen una mentalidad que retrasa los cambios, no los que pretende imponer EE.UU., sino los acordados en los Congresos del PCC y en el Parlamento, refrendados en asambleas por millones de cubanos.

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Pasó un lustro entre un Congreso comunista y otro, recién entonces la población se entera de que solo se aplican el 20% de los acuerdos tomados. Puede que en la prensa la culpa no la tenga nadie, pero en las calles todos apuntan a quienes detentan el poder.

Se dice que hay que avanzar “sin prisas pero sin pausas”, porque ya no queda tiempo para más errores. Sin embargo, un buen día se hace una pausa ilimitada en la apertura al trabajo autónomo, a pesar de que ese es uno de los puntos claves de la reforma.

Legalizar el sector privado no fue una concesión, sino una necesidad del Estado para desinflar sus plantillas, ahorrar en el pago de salarios, aumentar los aportes impositivos a las arcas públicas y administrar eficientemente decenas de miles de pequeños negocios.

Y, sobre todo, porque el Estado no anda muy sobrado de cuadros eficientes, así que necesita poner a trabajar a los que han demostrado ser capaces en las grandes tareas económicas y sociales de la nación, en vez de tenerlos administrando cafeterías.

Raúl Castro aseguró que “quienes apuestan por demonizar, criminalizar y enjuiciar a los trabajadores por cuenta propia escogieron un camino que, además de mezquino, es risible, por insostenible. Cuba cuenta con ellos como uno de los motores del desarrollo futuro”.

Es que sin los autónomos y sin la pequeña y mediana empresa la reforma no puede salir adelante. Eso lo saben todos, los que quieren crear un nuevo modelo de socialismo y los que pretenden continuar con el viejo hasta el fin de los tiempos.

Esa es la razón por la cual la principal batalla política se desarrolla en torno al sector privado de la economía. Por la que la prensa secuestrada sigue hablando de ellos con prejuicios y por lo que les llaman “cuenta propia” contraponiéndolo a “lo colectivo”.

La suspensión de licencias fue un golpe durísimo a las esperanzas de la gente que soñaba con salir de pobre por esa vía, sin emigrar ni delinquir. Conozco a quien logró alcanzar cierta prosperidad con una cafetería en un barrio tan humilde como Vieja Linda en la parte sur de la capital.

Muchos emigrados vieron la posibilidad de ayudar a sus familiares a montar un negocio que les permita dejar definitivamente la mendicidad de la remesa. Otros se repatriaron para invertir sus ahorros y lograr una vida próspera en su propio país.

Es incalculable la cantidad de dólares que han entrado directo al bolsillo de la población para crear negocios e, indirectamente, a la mano de obra contratada y a las tiendas del Estado. Pero para mantener ese flujo inversionista se necesita seguridad.

Cambiar las reglas de juego en medio del partido siempre genera desconfianza, las suspensiones “indefinidas” provocan inseguridad y la imposición de medidas contrarias a las aprobadas en las asambleas populares, tiene un costo en la credibilidad política.

Unos años antes de su muerte, Fidel Castro aseguró que a la Revolución Cubana ya no la pueden derrotar sus enemigos y, al mismo tiempo, hizo una advertencia profética a sus seguidores: “a la Revolución solo la podemos destruir nosotros mismos”.

Publicado originalmente en Havanatimes por Fernando Ravsberg

Written by Havana Times

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