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Cincuenta años de la muerte del Che

La realidad histórica de Guevara no resulta tan positiva ni halagüeña

Este mes se cumplen los cincuenta años de la muerte de Ernesto Che Guevara. Durante este tiempo, ha sido un punto de referencia para la izquierda
Este mes se cumplen los cincuenta años de la muerte de Ernesto Che Guevara. Durante este tiempo, ha sido un punto de referencia para la izquierda

Este mes se cumplen los cincuenta años de la muerte de Ernesto Che Guevara. Durante este tiempo, ha sido un punto de referencia para la izquierda inmortalizado en camisetas, tazas y libros. El Che ha sido incluso comparado con Jesús de Nazaret también, supuestamente, revolucionario, joven y ejecutado por un imperio.

 Sin embargo, la realidad histórica de Guevara no resulta tan positiva ni halagüeña. Basta recordar su discurso de 11 de diciembre de 1964 ante la Asamblea General de las Naciones Unidas: “Nosotros tenemos que decir aquí lo que es una verdad conocida, que la hemos expresado siempre ante el mundo: fusilamientos, sí, hemos fusilado, fusilamos y seguiremos fusilando mientras sea necesario. Nuestra lucha es una lucha a muerte. Nosotros sabemos cuál sería el resultado de una batalla perdida y también tienen que saber los gusanos cuál es el resultado de la batalla perdida hoy en Cuba”.Tampoco puede ocultarse su racismo. De los indígenas, escribiría que eran una “grey hedionda y piojosa”; de los campesinos bolivianos que eran “como animalitos” y de los negros que eran “magníficos ejemplares de la raza africana que han mantenido su pureza racial gracias al poco apego que le tienen al baño”, aserto cuando menos llamativo procediendo de alguien a quien sus compañeros llamaban el Chancho por su poca afición a bañarse.

La violencia revolucionaria estuvo para él antes que la legalidad. Como relataría José Vilasuso, que perteneció al organismo encargado de los procesos judiciales en La Cabaña, en Cuba, las instrucciones del Che habían sido: “No demoren las causas, esto es una revolución, no usen métodos legales burgueses; el mundo cambia, las pruebas son secundarias. Hay que proceder por convicción. Sabemos para qué estamos aquí. Estos son una pandilla de criminales, asesinos, esbirros… Yo los pondría a todos en el paredón y con una cincuenta ratatatatata…”.

Igualmente, en una entrevista concedida a Sam Russell, del London Daily Worker, recogida por la revista Time el 21 de diciembre de 1962, afirmó: “Si los misiles hubiesen permanecido en Cuba, los habríamos usado contra el propio corazón de los Estados Unidos, incluyendo la Ciudad de Nueva York”. No se trataba de una baladronada. En 1968, en Táctica y estrategia de la Revolución cubana, aparecida en Verde Olivo, recalcaba: “El camino pacífico está eliminado y la violencia es inevitable. Para lograr regímenes socialistas habrán de correr ríos de sangre y debe continuarse la ruta de la liberación, aunque sea a costa de millones de víctimas atómicas”.

Guevara nunca fue un genio militar y ni siquiera llegó a táctico discreto. Fue un fanático comunista, machista y racista ansioso de derramar sangre.

Unos meses antes de su muerte, en un artículo publicado el 16 de abril de 1967 en un suplemento especial de la revista Tricontinental, había afirmado: “El odio como factor de lucha, el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones naturales del ser humano y lo convierte en una efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar. Nuestros soldados tienen que ser así; un pueblo sin odio no puede triunfar sobre un enemigo brutal (…) Hay que llevar la guerra hasta donde el enemigo la lleve: a su casa, a sus lugares de diversión; hacerla total”.

Cuesta creer que su muerte no evitó males sin cuento al género humano. A cincuenta años de distancia, con la Historia en la mano, llevar hoy su imagen sólo puede atribuirse a la maldad, a la ignorancia o a la estupidez.

Publicado originalmente en Diario Las Américas por César Vidal

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