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El caso Gurriel y el racismo en Cuba

Dos niños jugando junto al puerto de La Habana. (CRISTINA PIZA)
Dos niños jugando junto al puerto de La Habana. (CRISTINA PIZA)
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Las recientes transmisiones de la Serie Mundial provocaron el renacer de la pasión beisbolera en la ciudad de Santiago. Conocer el desenvolvimiento de los cubanos, y más allá de eso, ver los juegos de las Mayores, resulta más atractivo que seguir la magra Liga Nacional.

El hotel Libertad, frente a la popular Plaza de Marte, se conviertió en centro de reunión de muchos en cada transmisión televisiva, generando polémicas posteriores en la ya famosa peña deportiva. La controversial sanción a Yulieski Gurriel levantó apasionadas discusiones acerca de si hubo o no falta de respeto.

Los santiagueros no entienden cómo decir «chinito» a alguien, o achinarse los ojos, puede ser una ofensa. En un país supuestamente libre de racismo y sin regulaciones estrictas al respecto, referirse a una persona por sus características físicas no es considerado un insulto.

Para los cubanos de la Isla, llamar a alguien «negro», «jabao», «gorda», «chino», o «mulato», entre otros calificativos, puede significar un apelativo cariñoso, sin nada de irrespeto. Es recordada la funesta reflexión del difunto Fidel Castro, en la que llamó a Obama «el presidente negro» casi como una muletilla.

Solo el popular «negro de mierda» es considerado y usado como ofensa, incluso por la Policía Nacional y otros cuerpos de seguridad. Otra cosa no se puede esperar de años de paternalismo en una sociedad predominantemente blanca, cuyos patrones europeizantes no han sido cambiados en medio siglo de revolución.

Ejemplos tenemos cada día. En una parada de guagua dos amigas conversan. Una le dice a la otra: «Oye, ¿hablaste con tu negrón ayer?», y ambas son negras. Es común en nuestras calles que un hombre le pida a otro: «Negro, ¿puedes decirme la hora?»

¿Por qué es frecuente llamar a una persona negra o mestiza por su color y no a un blanco? ¿Por qué los así llamados lo aceptan sin protestar?

Sentirse ofendido al ser llamado por el color de piel es casi un pecado y los racistas inconscientes se sienten agredidos cuando se les señala. La respuesta corriente es que es un apelativo cariñoso, que nada tiene que ver con el racismo.

Pero sí tiene que ver. Es demostrativo de la supervivencia de la idea de la superioridad de una raza sobre otra. Es el paternalismo contenido en la frase: «Es negro, pero… Todos somos diferentes y merecemos respeto».

En una sociedad cerrada como la cubana estos asuntos no se discuten. Son nimiedades que afectarían la unidad nacional, según la lectura del régimen.

Gurriel fue víctima de la educación del «hombre nuevo» y de una sociedad pacata, negada a hablar de su diversidad. Tan es así que los comentaristas cubanos han obviado el tema. Lo más seguro es que el pelotero no lo haya hecho a propósito, fue algo espontáneo. Simplemente olvidó, en su júbilo, que no estaba en Cuba, donde no hubiese sido sancionado por algo así.

Para la demagógica democracia socialista cubana, que no habla abiertamente del tema y se niega a implementar leyes que eduquen y respeten las diferencias, esta debería ser una lección de la falta de derechos cívicos y pérdida de valores que padece su «perfecta» sociedad.

Publicado originalmente en Diario De Cuba por Maricel Nápoles

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