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Cubana que se cortó las venas en cárcel de México: “Aquí somos menos que nada”

A plena luz del día se fugaron otros 25 cubanos del centro de detención de Tapachula. Foto: Twitter
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La cubana Yaquelín Blanco, quien se cortó las venas hace una semana dentro de un centro de detención para migrantes en Tapachula, México, cuenta que siente temor de salir a la calle, pues en cualquier momento puede ser capturada y enviada de nuevo a prisión a pesar de contar con un documento de la Mexicana de Ayuda a Refugiados (COMAR).

Según detalla Diario de Cuba, esta mujer contó como la desesperación, las alucinaciones por la alta fiebre que le provocó una mordida de rata, además de la mala alimentación y el miedo a ser enviada a Cuba, provocó que tomara la nefasta decisión.

“Pasé la enfermedad, tirada en el piso, ardida de fiebre. A toda hora, en mi cabeza daban vueltas la selva del Darién, el cadáver abandonado de un niño y el recuerdo de la anciana cubana muerta en la crecida de un río el 23 abril”.

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La antillana afirma que los funcionarios de la cárcel migratoria no le brindaron atención médica alguna.

Ella y su esposo, a pesar de contar con amparo migratorio, como decenas de cubanos, fueron detenidos mientras caminaban por las calles de Tapachula.

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Después de retenerlos varias horas en una patrulla, miembros del Instituto Nacional de Migración (INM) les informaron que serían llevados a un centro de atención para migrantes.

 Al ingresar a Siglo XXI se percataron de que aquello en nada se diferenciaba de una prisión.

Yaquelin en la selva del Darién / Foto: Cortesìa

Maltrato

Esta mujer expresó que la cárcel es lo más parecido a un infierno.

“Al llegar, un guarda me requisó, me quitó los cordones de los zapatos e introdujo sus dedos en mis partes. Me sentí como una delincuente de la peor calaña”, relata la cubana.

Ella y su esposo fueron separados al cruzar la primera reja de Siglo XXI.

Yaquelín relata que se deprimió cuando pasó a los patios para mujeres.

Yaquelín (derecha) junto a otro grupo de cubanos / Foto: COrtesía

“Vi embarazadas, adolescentes, ancianas y niños recién nacidos hacinados en celdas, tirados en el piso, prácticamente uno encima del otro”.

A ella le entregaron un colchón y una cobija que olía a vómito, sudor y orine. “Estaba claro que la pasaban de emigrante a emigrante sin lavarlas”, señala.

“Uno cree que el llanto no tiene olor, pero los miles de lágrimas de las noches de desespero quedan en las prendas. El llanto huele a frustración, miedo, incertidumbre. Solo quien ha vivido este infierno reconoce su olor”.

Redacción Cubanos por el Mundo

Written by John Márquez

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