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Pasaje a lo desconocido: El día que Gerardo Alfonso por poco galletea a Reinaldo “El Tiburón” Taladrid

Gerardo Alfonso estuvo a centímetros de abofetear a Reinaldo Taladrid
Otra de las anécdotas "históricas" en Fama y Aplausos. Gerardo Alfonso estuvo a centímetros de abofetear a Reinaldo Taladrid.
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De no ser por uno de los Pimienta, familia del volleybolista cubano Pavel Pimienta, un negrón de 6 pies de estatura y custodio del Museo Nacional de Bellas Artes, el hombre de las sábanas blancas colgada en los balcones, Gerardo Alfonso, le hubiese explotado la cara al tiburón de Reinaldo Taladrid, en una fecha lejana e imprecisa en mi memoria, que no logró definir si fue en el 2004, 2005 o el 2006.

En eso pensaba ayer, y recordaba, mientras repasaba la escritura de una anécdota que involucra al actual Jefe del Departamento Ideológico del Comité Central del Partido, Rogelio Polanco, en la cual salió a relucir el nombre de Gerardo Alfonso.

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Quiso la casualidad que el día que sucedieron esos hechos que ahora les contaré con lujo de detalles, me encontraba yo en casa de Alexis Morejón, el ex cantante de Moncada, repasando y viendo el videoclip que este le hizo, el primero en su carrera, al cantante Waldo Mendoza.

Allí estaba también ese día, en la sala de la casa de Alexis, David Blanco, el cantante, viendo el video, cuando decidieron bajar a comprar cigarros o comerse una croqueta, y se echaron el pase este completico completico. Bueno, lo que vieron fue a Taladrid salir como una centella del elevador.

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¿Qué fue lo que sucedió? Pues esto que les cuento. Y como mismo sugiere Reinaldo Taladrid, saque Ud. sus propias conclusiones, si es verdad o mentira esto que aquí les narro.

Sitúense en el elevador del edificio de Fama y Aplausos. Dentro iban, Gerardo, junto a su esposa, Susana; el Pimienta custodio, junto a otros familiares, Pimientas todos y conocidos en Fama y Aplausos como “los Pimienta”, emigrantes de Camagüey que Pavel trajo para La Habana; y el tiburón de Taladrid.

Taladrid bajaba contento. Había acabado de sostener una conversación muy animada con una chica a la que por esos días él le caía atrás y llamaba, baboso, a toda hora, cuyo nombre no recuerdo pero sé que vivía en el 3er piso de los altos del mercado de La Isla, en Neptuno esquina a San Miguel; y en ella pensaba hasta que entró Susana en el elevador, blanca, junto a su esposo, Gerardo Alfonso, que no pocos problemas tenía por esa época con la gente racista y que lo miraba mal porque él, negro cubanazo, tenía de esposa a una blancona.

Susana vestía una lycra negra, bien ajustada a su cuerpo, y quien conoce a Susana sabe que se manda tremenda batea.

Aquella silueta ajustada a la prenda, fue demasiado para los ojos del tiburón Taladrid, que no pudo contener su morbosidad y le deslizó una mirada al trasero de Susana, donde se quedó extasiado por varios segundos.

Gerardo, que venía pensando en no se qué canción se dio cuenta de la perra vacilá que le estaba echando Taladrid a Susana, y sin pensarlo dos veces, ahí mismo le formó tremendo aguaje al pirata. La cosa se acaloró, y en menos de diez segundos Gerardo decidió bajarle un piano a Taladrid. Vaya, un galletón.

Quiso la providencia divina que el Pimienta custodio, anduvo fino y atento al movimiento del brazo de Gerardo e intervino, por lo que la cara llena de granos de Taladrid permaneció inmaculada, pero la furia de Gerardo Alfonso escalaba, y Reinaldo Taladrid cada vez más se retraía. Tanto, que me contó David Blanco a mí, que Taladrid agarró la guitarra de Gerardo y se puso en plan “toco el tres”. O sea, que se apendejó todo.

Cuando salió del elevador, desapareció Infanta abajo, mientras Alexis le gritaba “Conejo, Tío Conejo” y David se divertía con “la Pachanga”.

Por supuesto, que yo continué visitando el edificio, ya dije que era amigo de La Mumu y del director de Samplin, pero fíjense que curioso es esto, que yo, que visitaba ese edificio 4 y 5 veces por semana, y que a cada rato me tropezaba con Reinaldo Taladrid, no lo vi más. Y me extrañó. Tanto que pensé que se había mudado. Y le pregunté a la ascensorista.

No hijo no, no se ha mudado; pero ya no sube ni baja en el elevador, ahora coge las escaleras. Tiene un miedo que se caga de encontrarse con Gerardo, que se la tiene pronosticá. La galleta…

Desconozco si Gerardo Alfonso pudo cumplir o no su promesa de galletear a Reinaldo Taladrid, pero si ese día del elevador no lo hizo por la intervención del Pimienta custodio de Bellas Artes, de él y de aquella vacilá que le dio Taladrid a Susana tomó venganza un amigo mío, que un día, meses después de eso, esperaba frente a la Casa de la Música de Miramar un carro.

Pasó Reinaldo Taladrid en el suyo y yo, de verdad, no sé si se conocen, o el socio estaba pidiendo botella,… el hecho es que Taladrid se ofreció para llevarlo.

Parece que Reinaldo Taladrid venía calentón y desaforado, porque a par de cuadras de allí, en el servicentro que está en 31 y 18, no aguantó la tentación, y en el semáforo, cuando pusieron la roja, se agachó para recoger una cosa que había en la alfombra del asiento del pasajero, pero equivocó las coordenadas y terminó entre las piernas del socio, queriendo hacer una prueba de locución a esa hora, seis y piquito de la tarde.

Par de galletones, y un “Maric….” sonoro se escuchó en toda la Avenida 31. El socio se bajó del carro, y Taladrid siguió su camino, con dos galletas. Una, merecida por su intento de violación a un chico de su mismo género. Y otra, la que le debía a Gerardo Alfonso.

Written by Sergio Prado

Sergio Prado es Licenciado en Periodismo por la Universidad de La Habana. Nació en el año 1966 y ejerció importantes funciones dentro del periodismo en Cuba hasta que se marchó del país en el año 2004. Completó en España y México varios doctorados y maestrías.

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