Mientras Cuba se enfrenta a una crisis económica y a un panorama tecnológico que cambia rápidamente, su población de edad avanzada se encuentra en una situación cada vez más precaria. La crisis se ha manifestado de diversas formas, desde la escasez de alimentos hasta las complejidades de la banca digital, dejando a las personas mayores particularmente vulnerables.
Las largas colas para cubrir las necesidades básicas se han convertido en algo común en Cuba. Las personas mayores suelen permanecer en estas colas durante horas, con la esperanza de conseguir comida u otros artículos de primera necesidad. Para algunos, la situación es aún más grave; se los encuentra durmiendo en las puertas o hurgando en la basura en busca de sustento.
La brecha tecnológica exacerba el problema. Muchos cubanos mayores luchan con los sistemas bancarios digitales como Transfermóvil y diversos métodos de pago con tarjeta.
La situación se complica aún más por la reciente implementación de controles financieros, comúnmente conocidos como ‘corralito’. Esta medida restringe los retiros de efectivo para evitar posibles colapsos bancarios, pero tiene graves repercusiones para los ciudadanos, en particular para las personas mayores que dependen de sus ahorros y pensiones. El corralito también confirma la falta de confianza en el sistema financiero cubano, lo que podría generar riesgos adicionales como la pérdida inflacionaria de valor.
Además, el impulso a los pagos digitales a través del corralito es problemático para las personas mayores, muchas de las cuales tienen acceso limitado a la tecnología. Las altas tarifas de ETECSA, el principal proveedor de telecomunicaciones de Cuba, añaden otra capa de dificultad para aquellos que ya están en dificultades financieras.
La migración de cubanos más jóvenes en busca de mejores oportunidades ha dejado a muchos familiares mayores solos y en dificultades. Mientras algunos reciben remesas de familiares en el extranjero, otros tienen que valerse por sí mismos. Alfonso, un hombre de 80 años, mencionó que su hijo dejó de enviarle dinero hace aproximadamente un año. ‘Gano unos 1.400 pesos de pensión, que sólo cubren mis facturas de luz y agua. Las raciones de comida también son cada vez más pequeñas’, afirmó.
La falta de políticas efectivas del gobierno cubano para apoyar a su población que envejece es notoriamente evidente. Las calles de La Habana son testigos de este abandono, al igual que las historias de personas mayores como Ermidio, Alberto y Alfonso. La inminente posibilidad de un sistema de racionamiento digital de bienes esenciales no hace más que aumentar la incertidumbre y las dificultades.
A medida que crece la diáspora cubana, es probable que aumente el número de personas mayores que quedan atrás en un estado de soledad y abandono. El sonido de este dolor colectivo es quizás una de las cosas más crueles que uno puede escuchar, un crudo recordatorio de un sistema que les ha fallado a quienes dedicaron sus vidas a él.
La difícil situación de los ancianos en Cuba es un tema apremiante que requiere atención inmediata. A medida que el país enfrenta desafíos económicos y cambios tecnológicos, es crucial considerar a los segmentos más vulnerables de la población, que a menudo son los más gravemente afectados. Sin intervención, los ancianos en Cuba seguirán siendo los más afectados por estas crisis, una situación que es a la vez trágica y prevenible.
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