El Lumpen regresa y lo hace a lo grande, pero curiosamente nadie habla sobre eso

Dec 23, 2025

En los últimos 28 días, entre el 25 de noviembre y el 22 de diciembre, el proyecto de humor político vinculado al periodismo conocido como El Lumpen no solo volvió, sino que entró por la puerta grande de nuevo, como cuando surgió por allá por el “ya lejano” 2014.

Lo hizo con números que, si se tratara de cualquier influencer con una selfie subida a Instagram, o de cualquier artista con una reflexión dominguera en Facebook, ya tendrían tres notas, dos paneles y un hilo entero de análisis, en no pocos periódicos digitales cubanos.

Las capturas hablan solas: 35.284.308 visualizaciones en ese período (sí, 35 millones), con un salto que, comparado con los 28 días anteriores en que estuvo paralizado, luce directamente obsceno.

No es un crecimiento discreto, es un verdadero golpe de mesa. Son 4.064.824 espectadores únicos. Y lo más interesante, para cualquiera que tenga instinto periodístico y no solo orgullo de gremio, es este detalle: el 98,8% de ese alcance lo logró con personas que no son propiamente seguidores de la página. O sea, el contenido está rompiendo burbujas, entrando a públicos que no estaban destinados a ver el feed, encontrando gente nueva. En teoría, eso es oro. En teoría, eso es noticia. Y sirve para gain.

Y sin embargo, existe un silencio sobre lo conseguido por El Lumpen.

Ese silencio que en Cuba no siempre es censura directa, pero sí tiene forma de costumbre, de escuela, de “eso no se toca”, de “eso no es serio”, de “eso no es periodista”, de “eso no conviene”. Por demás, es un silencio que casi siempre ha acompañado a la página, con personas que no dan like, ni comparten ni comentan nada en público, actitud perfectamente comprensible si se entiende que son personas que están, en su mayoría, dentro de la isla.

Sin embargo, también hay un problema de fondo: buena parte del periodismo cubano, incluso el que se hace fuera de Cuba y el que presume de modernidad, sigue operando con una idea de prestigio que lo amarra al piso. Le fascina hablar del algoritmo cuando le conviene, pero le da vergüenza admitir que el algoritmo es parte del mundo real y que la conversación pública también se mide en atención.

Por lógicas de esta vida que nos ha tocado vivir, muchos se han pasado la vida quejándose de que no hay recursos, de que no hay apoyo, de que la gente no lee, de que no alcanza, y es verdad y es entendible; pero al mismo tiempo dejan pasar, por “principio”, por “estética”, por “seriedad”, fenómenos que traen vistas, discusión, calle digital. No se suben a la ola porque les parece que el agua no es lo bastante pura para ellos.

La paradoja es ridícula: se produce una noticia grande y visible, pero se decide no mirarla porque viene de un medio al que no se le concede legitimidad. Entonces pasa lo que pasa siempre con Cuba: se confunde gusto con criterio, se confunde etiqueta con realidad, se confunde “lo serio” con lo solemne.

Al final, el que pierde no es El Lumpen. No. El Lumpen tiene y tendrá su público, sus noticias únicas, irreverentes y graciosas que ellos mismos consumen “en casa”. El que pierde es el periodismo que se queda hablando solo, sin tráfico y sin conversación, en una especie de burbuja del elitismo y después se sorprende de que la audiencia esté en otra parte.

Las propias tablas de rendimiento compartidas a Cubanos por el Mundo por el administrador de la página, lo muestran con una claridad que debería dar vergüenza. Hay publicaciones que rebasan el millón de vistas con facilidad. La de Cosmonauta Arnaldo Tamayo Méndez, “Debí haberme quedado…”, está por encima del 1,5 millón de visualizaciones y roza el millón de espectadores en menos de 20 horas de subida a Facebook.

Eso, en cualquier ecosistema mediático, se convierte automáticamente en un hecho a cubrir, con el rigor y la verdad que lleva: no por el contenido en sí, sino por el impacto, por el debate, por la señal social que emite. ¿Por qué no hacerse eco de la noticia, explicar “de qué va”, etc.?

Si una “fulana influencer” sube una foto y acumula diez mil reacciones, se hace una nota sobre la foto, otra sobre la reacción, y una tercera sobre “lo que esto dice del momento”. Pero si una pieza satírica sobre un símbolo nacional se mueve en centenas de miles y millones, ahí se activa el freno moral, el gesto de mirar para el lado, la excusa que en ocasiones he escuchado: “no le vamos a dar promoción de gratis a esta gente”. Que conste, yo lo he vivido. Lo he escuchado en boca de no pocos “ilustres” en Cuba y acá en Estados Unidos. En la prensa plana, en la radial y en la TV.

Ese reflejo tiene historia. Desde los tiempos en que se escuchaban “orientaciones” de no citar a CiberCuba cuando apareció, o de no citar a Cubanos por el Mundo, o de no mencionar a Otaola, 14ymedio, Cubanet, etc., Cuba ha tenido un periodismo con vocación de aduana. Un periodismo que no solo decide qué es verdad, sino qué merece existir. Y como toda aduana, termina pareciéndose más a un trámite de poder que a una práctica de información. Vaya, el caudillismo de toda la vida aplicado al periodismo.

Con Siro Cuartel, amigo de esta plataforma, se ha visto y vivido de forma casi caricaturesca: cuando su trabajo resultaba útil, algunos hicieron malabares para usarlo sin tragarse el orgullo (entiéndase foto de Felipe Pérez Roque parado frente al edificio del FOCSA), y a la hora de nombrarlo, se le discutía hasta el derecho al rótulo de periodista, o se objetaba el nombre, como si el problema real fuera la fe de bautismo y no el valor de lo que estaba aportando. Y al mismo tiempo, en ese mismo ecosistema, se citaba con naturalidad a Yusnavy Pérez como periodista, se le presentaba como tal, aunque no lo fuera y aunque su nombre real fuera Eduardo Rodríguez y todos lo sabían. Ahí, permitáseme decírselos, no hay ética alguna; más bien es conveniencia y afinidad.

Pocas referencias mediáticas existen en la prensa tradicional sobre Siro Cuartel y el fenómeno de El Lumpen, y de ellas el mérito mayor lo tienen medios como El Nuevo Herald. Fue en ese diario donde Jorge Dávila Miguel publicó en enero de 2016 un texto titulado La verdad del humor y la mentira, dirigido precisamente a analizar el proyecto satírico de El Lumpen y su lugar en la cultura cubana contemporánea, reconociendo en el humor un terreno donde se juega con la verdad y la construcción de sentido público desde la ironía. Además, el propio Miami Herald ha cubierto distintos aspectos del fenómeno cubano en Miami y sus narrativas mediáticas, lo que convierte sus páginas en uno de los pocos espacios en la prensa formal donde figuras como Cuartel y sus métodos han sido discutidos con cierto nivel de contextualización más allá de los muros de Facebook o Twitter, más allá de la entrevista que, para 14ymedio, le hiciera Luz Escobar.

La rendidera entre periodistas

A eso se suma otra escena que muchos fingen no ver y que, cuando se menciona, incomoda como si les tocaran la cartera: la rendidera interna. El modo en que ciertos medios se citan solo entre ellos y se aúpan mutuamente, se premian, se invitan, se celebran y se colocan coronas unos a otros. A veces incluso pierden la compostura en público con frases que suenan demasiado a guataconería cubana: “mira, ahí está fulano, director de tal”, “ahorita viene fulano”, como si el periodismo fuera una fiesta con lista VIP y no un oficio que se supone que mire hacia fuera, no hacia arriba. En ese circuito, lo importante no siempre es qué está pasando, sino quién lo dijo, de qué familia mediática viene y si pertenece al club correcto. No por admiración profesional, sino por cálculo. No por jerarquía intelectual, sino por conveniencia, que es lo mismo.

A esa dinámica se suma otra práctica menos visible, pero igual de extendida: cuando la noticia es demasiado relevante como para ignorarla, pero proviene de un medio o de una persona que no pertenece al “círculo correcto”, no se cita, se reescribe. Se buscan o se inventan fuentes secundarias que dicen exactamente lo mismo, con otras palabras, para poder contar la historia sin reconocer su origen. No se corrige la información, no se discute su veracidad: simplemente se le borra la autoría incómoda. Es una forma elegante de plagio simbólico y una manera muy cubana de resolver el conflicto entre la utilidad de la noticia y el orgullo de no citar a quien no se quiere citar.

Así, el problema deja de ser la verdad de lo que se publica y pasa a ser quién lo publica. El periodismo se convierte en un juego de procedencias aceptables, donde lo importante no es llegar primero ni llegar mejor, sino no deberle nada a nadie fuera del propio ecosistema.

Y lo más incómodo: la lógica utilitaria disfrazada de “criterio editorial”. Esa forma de negar colaboración a personas que tienen información real, que se juegan el pellejo o el exilio, que construyen credibilidad, y sin embargo consumir lo que publican gratis en Facebook como si fuera un buffet abierto.

El caso del periodista camagüeyano y coterráneo, José Luis Tan Estrada, es un ejemplo demasiado limpio para ignorarlo. Tiene credibilidad, tiene fuentes, tiene seguidores, publica con regularidad desde Camagüey, y sus denuncias han demostrado algo que no se consigue con talleres ni con grants: capacidad de provocar respuesta del oficialismo. No porque el Estado sea noble, sino porque a veces le duele lo que Tan denuncia y salen a refutarlo con acciones.

Eso debería ser una llave para cualquier medio que quiera informar de verdad y, sí, también crecer. Nadie está obligado a contratar a Tan Estrada, que conste. Ni nosotros mismos acá lo hemos hecho. Nadie está obligado a darle un puesto. Pero hay algo moralmente feo —y estratégicamente torpe— en esta lógica de “pa’ qué te quiero si tú me das la info de gratis”. Sobre todo cuando se trata de un joven prácticamente desterrado, que necesita trabajar, y que además, por su propio alcance, garantiza vistas. Ahí no solo hay mezquindad: hay una incapacidad de entender el valor del trabajo ajeno.

De vuelta a El Lumpen… Reconozcamos que es un termómetro más que un “medio gracioso”. Su regreso, medido en números, no es un chisme de redes: es un dato de la conversación pública cubana. Es una prueba de que la audiencia busca otras formas de relato, otros tonos, otras maneras de decir lo que no se dice en clave solemne. Y es, también, una prueba de que parte del periodismo cubano sigue atrapado en una noción antigua de jerarquía: la idea de que lo serio es lo que ellos deciden que es serio, aunque los números —y la calle digital— estén gritando otra cosa.

También de que busca otras promesas. No solo otros formatos, otros tonos o otras formas de decir lo que no se dice en clave solemne, sino otros relatos que vuelvan a poner en circulación la idea de un futuro posible, aunque sea de manera incómoda o incluso fallida. En ese sentido, El Lumpen no solo mide temperatura: también produce “promesas” falsas, exageradas o deliberadamente torcidas, que funcionan como espejo de una cultura política entrenada para vivir del mañana. No promete soluciones ni redención, pero sí expone, mediante la sátira, el cansancio de un país donde el futuro ha sido durante décadas un recurso narrativo más que un horizonte real. La audiencia no solo busca información o burla: busca sentido, incluso cuando ese sentido viene en forma de parodia.

Ahí es donde conecta, aunque desde un registro distinto, con lecturas como la que propone Jorge de Armas en su texto sobre Ignacio Jiménez: desplazar la atención del personaje al contexto que lo hace posible. No preguntarse tanto quién promete, sino por qué todavía se escucha a quien promete. En Cuba, la promesa ha sustituido a la política. Desde Martí, donde la esperanza era proyecto y exigencia; pasando por Fidel, donde se volvió promesa permanente y disciplina; hasta figuras como el español Jiménez, donde opera como consuelo en un país exhausto, el hilo no es moral, es funcional.

El Lumpen trabaja sobre ese mismo terreno, pero desde el desmontaje: no ofrece alivio ni horizonte, sino la exposición del mecanismo o al menos deja pistas en lo que redacta. Y eso también explica su alcance. No porque dé respuestas, sino porque señala, con humor seco, una verdad incómoda: que en ausencia de instituciones creíbles y de presente habitable, la expectativa —incluso cuando es falsa— y la risa siguen ocupando el lugar de la política.

Al final, lo “curioso” no es que El Lumpen tenga alcance. Lo curioso es que haya medios que todavía actúan como si el alcance fuera una vulgaridad, como si vivir del click fuera indigno, como si entender lo trending fuera rebajarse.

¡Y después se quejan! Se quejan de que no hay dinero, de que no hay audiencia, de que el público se fue. El público no se fue. El público está mirando. Lo que pasa es que está mirando donde le hablan sin pedirle permiso para interesarse. Y eso, por más que les duela, querides, también es una noticia.

No es la primera vez que ocurre. Cuando CiberCuba empezó a publicar notas sobre influencers, artistas y figuras públicas, explorando con inteligencia esa zona del deseo cubano por saber vida, obra y gracia de las celebridades, no pocos medios “serios” y periodistas “serios” lo miraron con desdén. Se cuestionó ese enfoque como frívolo, menor, indigno del periodismo.

Lo mismo pasó con las bromas del Día de los Inocentes y con cualquier intento de conectar con una audiencia más amplia desde registros no solemnes. Años después, muchos de esos mismos medios hacen exactamente eso: notas de farándula, perfiles ligeros, piezas diseñadas para circular dentro del mundo digital y garantizar un posicionamiento decente y con jerarquí dentro de los buscadores. No porque hayan cambiado de convicciones, sino porque el público nunca dejó de estar ahí y comprendieron que ese tipo de noticias también es válida y sobre todo garantiza una cosa: reproducciones (views), tráfico…

La diferencia es que algunos llegaron tarde. Y en lugar de reconocer que subestimaron a la audiencia, prefieren seguir fingiendo que lo popular no cuenta, salvo cuando ya no queda más remedio que imitarlo. El problema no es que ahora hagan farándula. El problema es que durante años despreciaron a quienes entendieron antes que el deseo, el click y la conversación también forman parte del ecosistema informativo.

Algo parecido ocurrió con el humor. Cuando El Lumpen demostró —con datos, no con teorías— que el humor político y satírico no solo era viable, sino que garantizaba vistas, conversación y circulación, varios medios considerados “serios” incorporaron ese registro a su vitrina. El Toque, La Joven Cuba y otros comenzaron a coquetear con el humor como formato, no como reflexión sobre su sentido, sino como recurso para atraer audiencia. Lo hicieron – quién lo sabe – sin mirar hacia el origen, sin diálogo, sin reconocer la fuente. No porque fuera ilegal, sino porque en ese ecosistema el problema nunca ha sido copiar ideas, sino admitir de dónde vienen. No importa. Eso también es válido. Imagino.

La escena se repitió con variaciones. Cuando Siro Cuartel empezó a comentar en su perfil de Facebook noticias que estaban trending, usando la décima como forma de lectura política inmediata, el gesto fue recibido primero como rareza, luego como acierto.

No pasó mucho tiempo antes de que OnCuba llamara no a Siro, sino a Alexis Díaz Pimienta, un hombre que por sí solo es un monolito dentro de la décima, para hacer algo formalmente similar, pero despojado del origen incómodo, algo que el propio Siro celebró con alegría infinita. El patrón es reconocible: no se valida al que experimenta desde los márgenes, se legitima la fórmula cuando ya puede ser asumida por una figura consagrada y neutralizada de conflicto.

El colmo llegó cuando la televisión miamense incorporó por unos días al set del Canal41 a un personaje enmascarado, claramente inspirado en la estética y el gesto de El Lumpen. Lo que empezó como guiño terminó en apropiación completa. Sin crédito, sin distancia, sin ironía. El personaje fue absorbido por el aparato y convertido en otra cosa, hasta desembocar en esa figura que hoy muchos conocen como “Martí to Durako”. No se trató de homenaje ni de diálogo creativo, sino de una operación clásica: tomar lo que funciona, vaciarlo de filo y presentarlo como novedad institucional.

En fin, este texto solo pretende recuperar una frase una vez dicha por Jorge Luis Sánchez Grass en el Diario de las Américas: “A El Lumpen, lo que es del Lumpen”

Leave a Reply

Your email address will not be published.

Lanzador cubano, Raidel Martínez, viajó a Pinar del Río para ayudar a su comunidad
post anterior

Lanzador cubano, Raidel Martínez, viajó a Pinar del Río para ayudar a su comunidad

Joven de 20 años está desaparecida en La Habana
próximo post

Joven de 20 años está desaparecida en La Habana

Latest from Actualidad Noticias de Hoy

Ir aArriba

Don't Miss