El general de brigada de la reserva José Luis Mesa Delgado falleció en Cuba este miércoles, según informó la dictadura en sus medios de propaganda. Este esbirro del régimen fue considerado uno de los rostros más oscuros del aparato represivo del castrismo.
Mesa Delgado pasó a la historia no por méritos militares legítimos, sino por haber sido el oficial al mando del pelotón de fusilamiento que ejecutó al general Arnaldo Ochoa Sánchez en 1989, en lo que numerosos analistas y testimonios califican como un crimen político ordenado desde la cúpula del poder comunista.
El régimen cubano confirmó su muerte mediante una nota oficial del Ministerio del Interior (MININT), en la que evitó cualquier referencia al papel represivo que desempeñó Mesa Delgado y, como es habitual, intentó blanquear su trayectoria con menciones a su participación en la revolución, el Partido Comunista y los órganos de seguridad del Estado. La causa del fallecimiento no fue precisada.
Lejos del relato propagandístico del castrismo, José Luis Mesa Delgado fue una pieza funcional del sistema de terror instaurado por Fidel Castro, un sistema que ha utilizado la violencia, los juicios amañados y el fusilamiento como herramientas para eliminar rivales internos y enviar mensajes de miedo a toda la estructura del poder.
Su nombre está directamente asociado a la ejecución de Arnaldo Ochoa Sánchez, uno de los militares más populares de Cuba, junto a los oficiales Antonio de la Guardia, Jorge Martínez Valdés y Amado Padrón Trujillo, fusilados el 13 de julio de 1989 tras un proceso judicial sin garantías reales. Aquellas ejecuciones no respondieron a la búsqueda de justicia, sino a una purga interna diseñada para proteger al núcleo del poder y sacrificar chivos expiatorios.
Durante décadas, el régimen ha presentado aquellos fusilamientos como un acto de “defensa de la revolución”. Sin embargo, para amplios sectores del exilio cubano, historiadores y defensores de derechos humanos, se trató de una operación criminal del Estado, destinada a eliminar figuras incómodas, encubrir responsabilidades mayores y reforzar el control absoluto del liderazgo comunista sobre las Fuerzas Armadas.
Es importante recordar que, el general castrista José Luis Mesa Delgado nunca rindió cuentas ante la justicia por su participación en aquellos crímenes. Murió impune, protegido por el mismo sistema represivo al que sirvió durante gran parte de su vida.
No obstante, su fallecimiento no borra su responsabilidad histórica ni la de una dictadura que ha construido su permanencia sobre la sangre, el miedo y la represión sistemática.
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Redacción Cubanos por el Mundo