Durante años, una de las afirmaciones más repetidas por la narrativa oficial cubana fue aquella de que el país había logrado formar “uno de los pueblos más cultos del mundo”, una frase atribuida a Fidel Castro y sostenida como pilar simbólico del proyecto revolucionario. Sin embargo, en el ecosistema digital cubano de los últimos tiempos, dos fenómenos aparentemente dispares están funcionando como un desmentido empírico, constante y difícil de ignorar. Desde registros distintos, pero con efectos convergentes, El Lumpen, proyecto satírico dirigido por Siro Cuartel, y los videos callejeros de Leodanis Sotomayor, conocido en redes como @lilleoovni, están exponiendo grietas profundas en la formación cultural, la lectura crítica y la relación de la sociedad cubana con el lenguaje, el conocimiento y el poder.
En el caso de Sotomayor, el método es directo y frontal. Sus videos, grabados en calles de La Habana y otras zonas del país, consisten en acercarse a personas reales y plantear preguntas básicas: definiciones elementales de la lengua, nociones simples de geografía, historia o cultura general.
Lo que aparece con frecuencia —y no de forma anecdótica— es un desconcierto llamativo: personas que no logran identificar qué es una vocal o una consonante, que no distinguen un verbo de un sustantivo, que no pueden ubicar países, fechas o hechos mínimos de la historia patria. No se trata de una puesta en escena ni de actores; es la calle tal como es, sin edición conceptual ni mediación ideológica.
El efecto acumulado de esos registros no es humorístico, aunque a veces se consuma como tal: es el retrato de una precariedad cultural que contradice frontalmente el relato de excelencia educativa que el Estado cubano se ha atribuido durante décadas.
Por ejemplo, este cubano, no conoce siquiera quién descubrió la isla de Cuba (América) Y como este ejemplo, hay cientos más.
El impacto de esos videos no reside solo en lo que muestran, sino en su repetición. Un caso aislado podría explicarse por nervios, azar o mala selección. Decenas, cientos de ejemplos construyen otra cosa: una evidencia de que la alfabetización formal no se tradujo necesariamente en comprensión, memoria ni capacidad de razonamiento elemental.
Sotomayor no editorializa ni teoriza; se limita a mostrar. Y al hacerlo, deja al descubierto un vacío que resulta incómodo tanto para defensores del sistema como para quienes prefieren pensar la crisis cubana solo en términos económicos o políticos.
En un registro completamente distinto, El Lumpen llega a una conclusión similar, pero desde el texto, la sátira y la lectura. El proyecto de Siro Cuartel no expone carencias a través de preguntas directas, sino mediante noticias falsas escritas con una fidelidad extrema al lenguaje institucional cubano.
Aunque, por citar solo dos ejemplos, en días recientes habló en un post de Weyler (Valeriano) y de Pepe Antonio y la toma de La Habana por los ingleses, y allí salieron algunos a preguntar quién era uno y quien el otro. Desconocer quiénes fueron estas dos figuras dentro de la historia de Cuba es altamente desconcertante.
El efecto de los post en El Lumpen es más corrosivo y no tan específico como los videos de @lilleoovni. Los textos que escribe El Lumpen, leídos con atención, revelan sobre todo el absurdo estructural del discurso oficial durante décadas. Son textos que, leídos de forma literal o superficial, generan confusión, indignación o acusaciones de engaño. La reacción de muchos lectores frente a El Lumpen —incapaces de detectar la parodia, el tono, el chiste que surge apegado a la historia o a un personaje concreto dentro de ella años atrás, o la lógica llevada al límite— funciona como un segundo termómetro de la misma crisis: la incapacidad extendida para leer más allá de la literalidad. Incluso hay quien le reprocha que intenta burdamente confundir a la gente, cuando en realidad El Lumpen no pretende confundir a nadie, sino exponer lo confusa que es, sobre todo, la realidad cubana.
En ese sentido, El Lumpen no solo parodia al poder; pone a prueba al lector. Y los resultados son elocuentes. Cada vez que una nota exige razonamiento, contexto o familiaridad con el lenguaje burocrático, una parte significativa del público reacciona como si se enfrentara a una falsedad burda. La lectura crítica falla. La ironía no se reconoce. El texto se toma al pie de la letra o se descarta como “mentira”. La conclusión es inevitable: se enseñó a leer palabras, pero no discursos; a repetir, pero no a interpretar.
A esta dimensión cultural se suma otra, quizá aún más reveladora: El Lumpen se ha convertido, quizás, en el mayor termómetro del descontento político cubano en redes sociales. Ningún otro medio, ni siquiera aquellos que se dedican explícitamente a la denuncia política, logra concentrar en sus espacios de comentarios reducidos, un rechazo tan masivo y tan explícito al socialismo cubano y a sus aliados regionales. En publicaciones de El Lumpen que no requieren interpretación compleja, es habitual encontrar miles de comentarios de rechazo frontal al sistema, frente a una presencia casi simbólica de defensores. La desproporción es abrumadora.
Ese rechazo no se limita a Cuba. En los comentarios aparecen de forma recurrente figuras como Miguel Díaz-Canel, Nicolás Maduro y Daniel Ortega, asociados en un mismo campo semántico de fracaso, autoritarismo y desgaste histórico. El Lumpen, sin proponérselo explícitamente, ha logrado algo que décadas de periodismo opositor consiguieron con la misma intensidad: concentrar, visibilizar y normalizar el rechazo popular al socialismo realmente existente en el ámbito cubano y regional.
Visto en conjunto, lo que revelan Sotomayor y El Lumpen es más profundo que la simple burla o la crítica coyuntural. Ambos desmontan, desde lugares distintos, el mito fundacional de la cultura cubana como logro cerrado y definitivo. Lo que muestran es una sociedad con déficits serios de formación básica, pero también con un nivel de hartazgo político que no necesita intermediarios sofisticados para expresarse. En los videos de la calle y en los comentarios digitales aparece el mismo fondo: desorientación cultural por un lado, y rechazo al poder por el otro.
No es casual que estos dos fenómenos hayan ganado centralidad al margen de los medios tradicionales. Funcionan porque no explican, no corrigen y no educan. Se limitan a mostrar y a exponer. En un país donde durante décadas se explicó todo, se orientó todo y se cerró todo sentido posible, esa ausencia de guía resulta devastadora para el relato oficial. El pueblo culto, formado y consciente que la propaganda celebró durante años no resiste la prueba de la cámara ni la del texto satírico.
Más que influencers, Sotomayor y El Lumpen están actuando como espejos involuntarios. No crean la realidad que muestran, pero la hacen visible. Y lo que reflejan es una combinación incómoda: una base cultural erosionada y un rechazo político masivo – en el caso de El Lumpen – que ya no necesita metáforas para manifestarse.
En ese cruce, el mito se rompe. Y lo hace no desde la teoría ni desde el discurso académico, sino desde la calle y desde el comentario, allí donde la realidad suele ser menos indulgente.