Una foto reciente compartida en Facebook por la página Dporto Sports MEDIA volvió a poner en circulación el nombre de Andrés Aldama, el matancero que marcó una etapa del boxeo amateur cubano entre finales de los años 70 y principios de los 80.
En la imagen, Aldama aparece junto al periodista George Carlos, a quien el propio administrador del perfil atribuye la “gentileza” de haber enviado la instantánea, presentada como un reencuentro con una figura que muchos seguidores recuerdan por su estilo técnico y su condición de zurdo.
Aldama no es una nostalgia menor. Su lugar en la historia del deporte cubano está asociado a dos Juegos Olímpicos con desenlaces opuestos y, a la vez, coherentes con su carrera: en Montreal 1976 alcanzó la final y terminó con medalla de plata tras caer ante Sugar Ray Leonard.
Cuatro años después, en Moscú 1980, regresó al mismo escenario olímpico para conquistar el oro en la división welter, imponiéndose en la final al ugandés John Mugabi. Entre ambos hitos, también ganó el oro panamericano en 1979, en San Juan, derrotando en la final al jamaicano Mike McCallum, otro nombre que más tarde tendría trayectoria destacada.
La publicación detonó una cadena de comentarios donde se mezclan memoria, afecto y ajustes de precisión: algunos lo describen como “vieja escuela”, “estilista” y “muy técnico”, otros subrayan el gancho de izquierda y la zurda como sello, y no faltan quienes, desde la diáspora o desde Cuba, se preguntan por qué glorias como él pasan temporadas largas fuera del foco público.
En ese coro, también aparecen confusiones comunes —por ejemplo, atribuirle rivales o finales que no fueron—, pero el dato central permanece intacto: el hombre de la foto es el mismo que subió dos veces a un podio olímpico y que, en su mejor versión, representó una era en la que Cuba convertía el ring en una escuela.