Rancho Destino Reality
Con una factura muy pobre, un contenido vulgar obsceno y sin ningún interés, asi marcha, entreteniendo a miles, este rancio destino.

Rancio Destino: Esto no es lo que necesitamos, Presidente

Jan 23, 2026

Se veía venir. Este miércoles el periodista independiente Adelth Bonne Gamboa se preguntaba desde la isla si el reality Rancio Destino, perdón, el reality que se está desarrollando en el intestino de un rancho, “es lo que queremos exportar como sociedad” y si “esto es lo que somos”, al referirse a la comunidad cubana. Las preguntas tienen su lógica si tenemos en cuenta que la mayoría de los involucrados en este audiovisual son de origen cubano.

Adelth publicaba un fragmento de uno de los capítulos, en el cual nos enteramos que Dianelys Cartaya, “La Diosa”, escupió a no se quién; y que el “influencer” Oyacito, en respuesta escupió a La Diosa.

Destino, conductor del reality sanciona ipso facto a cada uno con cinco mil puntos, y justo ahí estalla Oyacito y saca desde su interior lo mejor de sí: un par de “pines” en forma de grito que a más de uno seguramente dejó descolocado, mientras que otro grupo – sospecho – se frotó las manos, rió, aplaudió y hasta se quedó con ganas de ver más.

Tal vez… un par de bofetones, empujones, halones de pelo. Tal vez alguien termine “expulsado” con música dramática y cámara lenta, aunque el show sea, en esencia, una transmisión 24/7 por YouTube donde la vida privada se convierte en material de consumo y las discusiones vienen con marcador. Ahora mismo, mientras se escribe esta nota, hay mil 984 personas viendo tal metralla. Perdón, la pantalla. Se han escrito, si mis cálculos no me fallan, más de 500 noticias sobre lo que sucede allá dentro. Suman miles, en Facebook, los post en referencia.

Lejos de todo interés positivo, El Rancho de Destino no es un reality cualquiera, sino un producto diseñado para que el conflicto no sea un accidente sino un recurso de entretenimiento: convivencia bajo cámaras todo el día, retos, alianzas y roces convertidos en clips listos para circular, con un premio que se ha promocionado como 50 mil dólares en efectivo y un Corvette, tras su arranque el pasado 4 de enero, en Miami, en una propiedad que varios medios sitúan en Homestead, y patrocinado fundamentalmente por la cadena de Supermercados Presidente.

La mecánica del elenco también ayuda a entender por qué la pregunta de Adelth no es gratuita. La producción se vende como “casting diverso”, pero en el ruido real —el que da tráfico— pesa la comunidad cubana, que no llega como invitada decorativa sino como centro de gravedad: ahí están nombres que circulan en las notas de promoción y en la conversación de redes, como Kenny Robert y Brayan El Joker, junto a otros creadores e invitados de distintos países.

Y entonces se entiende mejor por qué el episodio del escupitajo no se percibe como “una escena fuerte”, sino como un síntoma. No pasó en un pasillo sin cámaras: ocurrió en la transmisión oficial, se recortó, se amplificó, y el propio dispositivo narrativo lo convirtió en unidad de entretenimiento.

En la reconstrucción que han hecho medios y clips virales, la bronca sube de tono tras una noche con música invitada —se menciona un concierto de Kola Loka— y termina con La Diosa escupiendo a Gino Montalvo, Oyacito; luego, según el fragmento que circula, Oyacito responde con otro escupitajo. La sanción, repetida en publicaciones de redes, se expresa como castigo de “cinco mil puntos”, que no es solo una cifra: es una manera de decirle al público que aquí el civismo también se administra como puntuación. Si yo fuese jurado, ahí mismo que quitaba diez mil a Destino y cerraba el show, pero… como el reality le pide a sus participantes que se vuelvan “personajes” sin dejar de ser ellos mismos; les pide que compitan y que convivan, que sean “auténticos” y que entreguen show; que se sientan ofendidos, pero que lo hagan en cámara; que se arreglen, pero solo después de que el clip haya hecho su recorrido, seguimos en la manigua. El programa es una fábrica de reacción: la ofensa como combustible, la vergüenza como moneda, el escándalo como garantía de continuidad.

Por eso la pregunta de “¿esto es lo que somos?” no apunta a la moralina fácil, sino a algo más incómodo: la identidad convertida en exportación. El Rancho de Destino se anuncia como “fenómeno” y se compara con otros formatos de alto impacto digital en el Caribe, como La Casa de Alofoke, otro desastre que tuvo durante semanas a la gente entretenida y a gente donando dinero a los que no lo necesitan.

Lo más triste del fragmento que compartió Adelth no es el escupitajo. En ese escenario, la pregunta de exportación no es retórica: es logística. Si lo que sale de ahí es un paquete fácil de consumir —cubanos gritándose, escupiéndose, midiendo la dignidad en puntos—, entonces el problema no es que lo vean. El problema es que se diseñó para que eso fuera lo más visible. Para que así seamos reconocidos.

Esto permítaseme decirlo, no es lo que uno asociaría y esperaría de Presidente´s Supermarket. De ahí uno esperaría alimentos, perecederos o no, pero no estas guayabas.

Una de las frases que dentro del mundillo cubano en Miami suele escucharse a cada rato es “Otaola tenía razón”. La frase, dicha por cualquier motivo relacionado con algo que haya dicho el controversial influencer ante las cámaras, no pocas veces ha desencadeno una respuesta contraria, proveniente de aquellos que insisten en quitarle “la razón al 100 por ciento” al también llamado Rey del Rancho. Sin embargo, esas mismas voces parecen ponerse de acuerdo ahora, luego de que Alexander Otaola decidiera romper públicamente con el reality El Rancho de Destino y lo calificara, sin rodeos, como una “asquerosidad” y un “asco” donde, según él, y con todo la razón del mundo, “ninguno tiene nada que ofrecer”.

En su programa El Mañanero, Otaola no solo atacó el formato, sino que desnudó lo que considera la lógica interna del show: una guerra de bandos construida alrededor de La Diosa, a quien situó como objetivo central de los demás participantes por haber ocupado el primer lugar en la competencia. En su lectura, el resto “se le viró” no por principios, sino por cálculo, por la necesidad de bajarla del trono dentro de una narrativa que necesita villanos, traiciones y caídas para seguir respirando.

El presentador fue todavía más lejos al describir el espacio como una vulgaridad sin valor cultural ni creativo, un producto sostenido por figuras que, a su juicio, carecen de talento real y se limitan a explotar el escándalo como único recurso. Su diatriba no se dirigió solo a Destino como creador del formato, sino al conjunto de participantes, a quienes retrató como parte de una maquinaria de ruido sin sustancia.

Sus palabras llegaron apenas horas después del episodio que desató el incendio: los escupitajos cruzados entre La Diosa y Gino, la intervención de Kenny, los gritos, las sanciones y la viralización inmediata del conflicto. Para muchos de los que antes defendían a Destino frente a Otaola, ese momento funcionó como punto de quiebre. No porque el caos fuera nuevo, sino porque esta vez dejó de parecer un accidente y empezó a sentirse como el corazón mismo del formato. Y es ahí donde, casi sin quererlo, vuelve a escucharse la frase que recorre Miami como un eco incómodo: Otaola tenía razón.

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