Amelia Calzadilla cogió la escoba y barrió a Arleen Rodríguez
Lo que Amelia le dio a Arleen no solo fue una barrida. ¡Chapeó bajito con ella!. Foto Generada con la IA

Amelia Calzadilla barre el piso con la cara de Arleen Rodríguez “La Derivada”

Jan 27, 2026

Arleen Rodríguez, una figura mediática del aparato oficial, y asociada además al podcast oficialista Chapeando Bajito, no ha tenido reparos en usar a José Martí a modo de ejemplo insostenible por las evidencias históricas que le han saltado a la cara desde ayer, para pedir resignación ante el apagón cotidiano en la isla

Un fragmento de una entrevista de la periodista Arleen Rodríguez “La Derivada” con el expresidente ecuatoriano Rafael Correa se ha vuelto viral en redes, entre cubanos, tras esta pronunciar una frase que muchos interpretaron como intento de normalizar los apagones en Cuba: “José Martí no conoció la luz eléctrica”, dijo ella, para luego rematar que era un genio y escribía “como los dioses”, sugiriendo que el talento y la vida podían funcionar sin ese “lujo” contemporáneode la luz. Correa la cortó en seco con una línea que terminó por convertirse en el resumen del episodio: “Pero Arleen, estamos en el siglo XXI”.

La respuesta de Amelia Calzadilla a este dislate, no se quedó en la burla del momento ni en el placer fácil de ver a una figura del oficialismo interrumpida por un invitado.

En un video difundido en redes, la activista leyó esos 29 segundos como una síntesis política: ignorancia, soberbia e intolerancia. Su argumento central fue que Arleen no solo dijo algo falso o incompleto, sino que intentó usar a Martí como coartada cultural para justificar una realidad que hoy es material, concreta y desesperante para millones.

Calzadilla tomó el camino más incómodo para una comunicadora que ha ocupado posiciones visibles en el ecosistema mediático oficial, incluida su vinculación con espacios como Chapeando Bajito: no le discutió con “sensaciones”, sino con lecturas y citas martianas sobre la electricidad y el progreso, recordando que Martí vivió en un tiempo de expansión tecnológica y escribió con asombro sobre inventos, exposiciones y alumbrado.

En esa corrección – me refiero al video de Amelia – hay dos capas. La primera es literal: desmontar la idea de que Martí era ajeno a la electricidad, porque la mención y la reflexión martiana sobre avances científicos existen y están disponibles.

Según el fragmento compartido por la propia activista, recordó que Martí escribió sobre los avances científicos de su época y citó crónicas y pasajes donde aparece la luz eléctrica como símbolo de modernidad, incluido un texto sobre Edison y referencias en La Edad de Oro a exposiciones y alumbrado.

Buena parte de ellos, los resumió la periodista cubana Darcy Bo en una publicación que les comparto.

La segunda es más política: Calzadilla plantea que el propósito de la frase de Arleen no era una curiosidad histórica, sino un mecanismo de conformidad que pretende influir en millones.

La electricidad no aparece en boca de la sátrapa oficialista como un derecho básico del presente, sino como una ambición “exagerada”, y en esa inversión está lo que Calzadilla llama falsa austeridad: el intento de convertir un deterioro contemporáneo en virtud moral, como si el apagón fuera una escuela de carácter y no una evidencia de colapso.

¿Se acuerdan de “el arroz no es cubano” y “no deberíamos comer tanto arroz”? Es lo mismo.

Ahí es donde la crítica deja de ser académica y se vuelve social. Calzadilla conecta el argumento con la vida cotidiana: comida que se echa a perder, niños pequeños, enfermos, centros médicos, estrés doméstico, y ese cansancio que en Cuba no tiene el dramatismo de una película, sino la repetición de lo mismo todos los días. Su punto no es que “antes se vivía peor” y ahora se vive mejor, sino que nadie debería pedirle a un país que retroceda como método de gobernanza, menos aún en nombre de Martí. Por eso insiste en que el problema de Arleen no es solo una frase: es el tono, la postura, la seguridad con que se dictamina desde un estudio lo que la gente debe aceptar.

Y en el cierre de su intervención aparece el filo que más duele: el de la desigualdad. Calzadilla afirma que Arleen habla desde una posición privilegiada, que no enfrenta los apagones como los enfrenta el cubano común, y que por eso puede vender la austeridad como una lección cívica.

Ese señalamiento no se centra en una sola anécdota, sino en una idea: cuando un vocero del sistema predica resignación, suele hacerlo desde un lugar donde la resignación no se practica. En ese marco, la frase sobre Martí no es un error inocente, sino un recurso: si convences a la gente de que la precariedad es normal y hasta edificante, ya no tienes que explicar por qué el país no puede garantizar lo básico.

El choque, entonces, no es entre una activista y una periodista. Es entre dos nociones de ciudadanía. Una que pide electricidad como condición mínima del siglo XXI (casi que Correa lo sugirió) y otra que pide paciencia como identidad. Calzadilla, al “chapear bajito” a Arleen a ras de suelo con Martí en la mano, no solo la corrige: la devuelve a la pregunta que su frase intentaba evitar. Quién puede decir “se puede vivir sin corriente” y seguir hablando como si nada.

Ante lo dicho por Amelia, quizás la próxima edición del podcast comunista, se llame no “Chapeando Bajito”, sino “me chapearon bajito”. Digo yo.

Y es que sí. Amelia la chapeó y bien bajito a esta mujer que desde niña vio como los dólares entraban a su casa gracias a su padre, trabajador de la Base Naval de Guantánamo que, por acuerdos entre La Habana y Washington recibía un estipendio. Tras su muerte, el estipendio siguió llegando y se repartía, vitalicio, entre tres hermanos. Tras el fallecimiento de uno, quedan dos. Ella y otro, cuyo nombre no recuerdo.

Y sí, la joven activista cubana no solo corrigió a esta lamebotas del castrismo, sino que le quitó el aire de superioridad y la devolvió al terreno incómodo de los datos y la lectura, con Martí como evidencia y no como coartada.

Nos quedará, durante días, obvio, el ruido generado, pero más que todo nos quedará la forma en que el episodio expuso el tono con que una parte del oficialismo servil, del que forma parte “La Derivada”, aborda el malestar: no como urgencia, sino como pedagogía de la conformidad.

Esa lectura es precisamente la que Calzadilla impugna cuando dice que el “hombre nuevo” ha sido entrenado para no leer o para repetir sin comprobar, y coloca a Arleen como ejemplo de una élite comunicacional que habla desde arriba, con Martí en la boca y el país apagado debajo.

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